jueves, 23 de junio de 2016

La cuestión del arbitrio municipal sobre el Muelle Chico, 1923

En la época de Primo de Rivera, la fiscalidad sobre el muelle municipal se llevó al Pleno del Cabildo Insular de Fuerteventura

>> Ayer miércoles, día 28 de noviembre de 1923, asistí a una de mis últimas sesiones corporativas. La convoqué con carácter extraordinario a petición del Coronel Jefe del Batallón Cazadores de Fuerteventura 22, José Rueda Elías, quien dijo que actuaba en calidad de Delegado Especial del Gobierno de Su Majestad y en cuyo nombre nos traía el mensaje de los nuevos tiempos que se vislumbraban bajo los espadones de Primo de Rivera.

Todos acudimos al edificio de la calle Fernández Castañeyra donde el Cabildo y el Ayuntamiento comparten inmueble para sus respectivos quehaceres. Y hasta allí, mirando al mar y al muelle chico, fueron llegando los consejeros convocados: Antonio Bordón Melián, Manuel Morales García, Marcial Jordán Cabrera, Esteban López Rodríguez, Juan Peñate López, Fausto Carrión Arráez, Juan Torres Hernández, Juan Cabrera Aguilar, Cristóbal Cabrera, Luis Rodríguez Vera y yo, que estuve a punto de no acudir, pues razones de salud y achaques de la edad me obligan a guardar reposo.

Allí aguardamos a que llegara el delegado gubernativo durante casi media hora y eso que muchos de los consejeros venían desde Pájara, de Gran Tarajal, de Tuineje, de Antigua, de La Oliva, de la Villa y, los más cercanos, de Tetir y de Casillas del Ángel... todos esperábamos.

Hace diez años –oí comentar- que se constituyó el Cabildo por primera vez y nunca nos había presidido un militar, al menos con su uniforme de brega.

Al poco fuimos entrando a la sala de sesiones, donde el Coronel, para justificarse, nos mostró el oficio de su nombramiento como tal Delegado Especial, autorizado para presidir las instituciones de Fuerteventura, y largó, poco más o menos, la siguiente perorata:

"…un saludo a la Corporación haciendo un llamamiento a todos ustedes, señores consejeros, considerándolos igualmente respetables para que deponiendo posibles rencillas de agravios particulares y remotas disensiones de intereses privados, aporten todas sus energías a la obra patriótica, cuyo deseo representa mi modesta personalidad, cumpliendo el deber de salvaguardar los intereses legítimos españoles en el orden político y en el económico, como un conglomerado de hombres sensatos dispuestos a poner dique a la demasía de los de arriba como a la posible avalancha de ambiciones bastardas de los de abajo…"

Yo me quedé atónito. Escuchaba con respeto aquellas palabras que no dejaban de sorprenderme:

"…ha sonado la hora –siguió la autoridad militar- de la concordia no de la discordia nacional. Y la concordia en esta isla, rincón de España querido de todos, muy digno de sus respetos como todo cuanto cobija el glorioso pabellón español, requiere en primer término la solución del asunto que nos reúne, verdadera piedra angular o caballo de batalla en las sensibles disensiones que le han procurado el honor de venir investido de facultades extraordinarias y no ingerentes sino tan legítimas como dignas…"

Y lo soltó. El tema que nos concitaba aquí era abordar nada menos que el equilibrio de la fiscalidad insular: la exclusión del municipio de Puerto de Cabras de la exacción del arbitrio del Cabildo Insular y el fundamento del dicho ayuntamiento para percibir los arbitrios que viene aplicando por el uso del muelle de su puerto.

Entonces me levanté para, en el ejercicio de mis funciones como presidente, pedirle que me devolviera la vara, no sin agradecerle el alto honor con que nos regalaba al presenciar este acto como delegado gubernativo para mediar en lo que se presentía un choque de banderías localistas, y no se equivocaban. En especial le agradecí la cortesía, mesura y discreción, tan distintas y generosas como encrespadas fueron las de quien vino a disolvernos a finales de septiembre.

Y sabiendo la discrepancia que suscitaría en los representantes del sur, manifesté que el presupuesto del Cabildo ya se había aprobado con exclusión de Puerto de Cabras en el arbitrio de la Institución insular, reconociendo así la peculiaridad de la capital de Fuerteventura con su muelle.

Pero no tardó el señor Coronel presidente en contradecirme alegando que la superioridad no había aprobado el presupuesto con tales exenciones. Y leyó una Real Orden de 1918 para dejar clara su postura contraria a privilegios.

Lo mismo hizo Juan Peñate López, de Tiscamanita, agriando el debate contra Puerto de Cabras, a quien –dijo- además, no le asiste el derecho a cobrar por un muelle que era propiedad del Estado y que si se aplicaban beneficios a Puerto de Cabras, lo mismo debía aplicarse a otros de la isla que también tienen muelle, en clara alusión al pueblo de Gran Tarajal, perteneciente a la jurisdicción de Tuineje.

Y a la postura de Peñate se unieron otros del Sur y el propio Fausto Carrión, de Casillas del Ángel, siempre contrario a las desmesuradas apetencias de quienes gobernaban el Puerto, con mayúsculas.

Yo, como presidente, me mantuve firme en defensa de Puerto de Cabras y de su exclusión de la tarifa insular, frente a lo cual se opuso Esteban López, de Gran Tarajal, invocando, desde el respeto a los consejeros que nos habían precedido, una interpretación errónea de la Real Orden de 1918. Le apoyaron los otros representantes del sur.

Y como esperaban los que promovieron aquella reunión, fui finalmente derrotado al terciar el Coronel Presidente avisando que pondría el asunto en conocimiento del Gobernador Civil, y él mismo –dijo- defendía el final de la tributación del muelle de Puerto de Cabras como arbitrio municipal.

Así terminó aquella reunión, reabriendo la brecha del desequilibrio norte-sur, abono para futuras rivalidades.<<

Estampa del movimiento portuario en el muelle chico. La foto de los veleros del cabotaje en la bahía de Puerto de Cabras se recogía en el especial Bicentenario de la ciudad, publicada por el diario Canarias7, 1995
 
Quien me contó aquel episodio había presidido la Corporación Insular entre 1920 y 1924. Se llamaba Secundino Alonso y Alonso, fallecido en el ejercicio del cargo poco más de un mes después de la citada reunión, la víspera del Día de Reyes de 1924.

Se fue con su firme creencia en que cuanto defendía se ajustaba a derecho. A todos recordaba cuando podía que la imposición del arbitrio municipal a la importación y exportación por Puerto de Cabras databa de 1877; era anterior al muelle municipal, a cuya construcción contribuyeron varios comerciantes de la localidad.

Nos dejó recordando que dichos comerciantes pactaron unas bonificaciones en las operaciones portuarias, de suerte que no sabía si se habían recuperado de la inversión realizada.

Aún presidiendo el Cabildo, creía verdaderamente en la importancia de aquel arbitrio en la Hacienda Municipal del Puerto de Cabras, sin el cual posiblemente quebraría.

Y reconocía que el mantenimiento de aquella infraestructura era demasiado costosa para el municipio, razón por la cual, decía, en 1908 lo cedieron al Estado para su conservación. Y nada se dijo entonces de la exacción de los arbitrios que pesaban sobre el movimiento de mercancías en el malecón de nuestra ciudad.

Después vino la Ley de Cabildos de 1912, su Reglamento del mismo año y la Real Orden de 1918, que lo contrariaban al ver cómo la institución insular reclamaba aquellos arbitrios como fuente de su propia financiación y como fórmula para redistribuir equitativamente los beneficios entre todos los municipios, que era su verdadera función.

Dos años después de su muerte, don Secundino sería rescatado para el callejero de Puerto de Cabras por don Ángel González Brito, que logró convencer a la Comisión Permanente del verdadero sentido de la lucha de aquel presidente insular.
 
¡Entendido... me quedé Colorao!

domingo, 5 de junio de 2016

En el 40 aniversario del asesinato del alcalde de barrio de Guisguey

Pablo Espinel de Vera, alcalde de barrio de Guisguey de 1971 a 1976,
Fuerteventura, (1976-2016)

En el callejero de Puerto del Rosario encontramos un vial perpendicular a la avenida de Manuel Velázquez Cabrera, en el barrio de El Charco, donde podemos leer el rótulo CALLE PABLO ESPINEL, aprobado por el ayuntamiento para perpetuar la memoria de este representante de la administración municipal, abatido en su propia casa por desertores de La Legión cuando a la isla llegaban las tropas en los delicados momentos del proceso de evacuación del Sahara durante la transición a la Democracia.
A su memoria y a la de cuantos ejercieron este cargo de la administración local dedicamos estos apuntes del Cuaderno de Puerto de Cabras.
 
Los alcaldes de barrio y las Entidades Poblacionales de Puerto de Cabras/Puerto del Rosario en la organización del municipio.

En la actualidad son dieciséis los pueblos de la demarcación de nuestro municipio fruto, como sabemos, de la agregación de los colindantes Casillas del Ángel y Tetir. Precisamente de los antecedentes del proceso de agregación datan los primeros "alcaldes de barrio" nombrados por la Alcaldía del entonces Puerto de Cabras desde la década de 1890.

Sin entrar por ahora en la forma en que aquellos municipios clasificaron y catalogaron sus pueblos y pagos, conviene acercarnos a lo que dijeron las diferentes leyes municipales sobre las entidades locales menores o de ámbito territorial inferior al municipio.

Acercarnos también al origen de la tipología de estos asentamientos poblacionales y los diferentes nombres que fueron adquiriendo en función de los servicios que en ellos se prestaban con evidentes consecuencias en la categoría administrativa de los mismos. Así vemos como desde que fueron surgiendo las parroquias por segregaciones de la matriz de Betancuria, en sus sedes fueron apareciendo representantes civiles en forma de pedáneos dependientes del alcalde ordinario o mayor de la Villa.

De la diferenciación que actualmente hace la ley entre barrios y pedanías se deriva la distinta regulación de los alcaldes de barrio y los pedáneos, respectivamente. Y concluiremos con que, en la Fuerteventura contemporánea no se dieron alcaldías pedáneas sino de barrio.

Alcaldes de barrio de Puerto del Rosario y familiares en reciente homenaje público ofrecido por la Alcaldía de Puerto del Rosario.
Comencemos recogiendo lo que dice el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (DRAEL) para definir la pedanía: "lugar anejo a un municipio y regido por un alcalde pedáneo" y, en una segunda acepción "territorio bajo la jurisdicción de un juez pedáneo".

De los barrios, recoge el DRAEL que son cada una de las partes en que se dividen los pueblos grandes o sus distritos, con una segunda acepción que lo identifica con arrabal de las afueras de una población; también como grupo de casas o aldea dependiente de otra población, aunque estén apartadas de ella. Recoge la tradición de la figura creada por el Rey Carlos III en 1768 en principio para la demarcación de Madrid y que luego se generalizó proyectándose en la normativa del XIX.

El propio DRAEL introduce dos acepciones del alcalde pedáneo: 1, el de barrio, designado para aldeas o partidos rurales en municipios dispersos; 2, el de un lugar o aldea que solo podía entender en negocios de escasa cuantía, castigar faltas leves y auxiliar en las causas graves al juez letrado. Como conclusión vemos que identifica ambos términos; pero la legislación de régimen local los define y distingue por su forma de elección, por su ámbito de actuación y por sus funciones.

La Real Cédula de 6 de octubre de 1768 establecía, entre otras cuestiones los alcaldes de barrio de Madrid, que se dividió en barrios o cuarteles, norma que luego se aplicó igualmente en las distintas ciudades con más o menos perdurabilidad (realmente en Madrid y en las ciudades donde residían Chancillerías y Audiencias Reales, aunque después se aplicó a otras poblaciones…

Los alcaldes de barrio se dedicarían a matricular a todos los vecinos, celar la policía, alumbrado, limpieza de calles, orden público… entre otras tareas. Su carácter era honorífico y su elección era anual por los vecinos del barrio… hasta 26 de enero de 1801 en que se derogó la Real Cédula de 1768 en lo tocante a elecciones libres que ésta postulaba. Acabaron entonces las elecciones populares seguramente por miedo a los fraudes y como forma de poner freno a las oligarquías locales y caciquiles.*

Los alcaldes pedáneos y los alcaldes de barrio.

Existían alcaldías pedáneas en las parroquias y poblaciones rurales previamente designadas, siendo la ley de 8 de enero de 1845, de organización y atribuciones de los ayuntamientos y diputaciones provinciales, la que reguló el cargo de un modo definitivo. El nombramiento se hacía por el Gobernador de la Provincia, a propuesta del Alcalde del distrito, debiendo recaer en un elector o en uno de los contribuyentes del lugar; entonces era un cargo honorífico, gratuito y obligatorio por un periodo de dos años. Según esta ley tenía como funciones, entre otras, las de cuidar de la policía y el orden, inspeccionando y vigilando los establecimientos públicos, representando al vecindario del lugar en juicio y fuera de él y arrestando a los delincuentes; a él correspondía las primeras diligencias dando cuenta al alcalde de distrito, del que eran delegados en el vecindario o pedanía.

Por su parte, la Ley de organización y administración municipal de 1856, en sus artículos 158 a 164 enmienda la ley de 1845 diciendo que en cada barrio habría un alcalde del mismo (ya no habla de pedáneo) que, como delegado del alcalde constitucional y bajo la dependencia y dirección de éste, ejercería la parte de funciones administrativas que le delegase. Que estos alcaldes serían nombrados por el constitucional y presidente del ayuntamiento, de la terna propuesta por los electores del mismo barrio.

La misma filosofía se recoge en la Ley municipal de 21 de octubre de 1868, en sus artículos 83 a 87 y 89, aunque sin aclarar quién y ante quién se formula la propuesta en terna para el nombramiento. [Me da la impresión que es el alcalde constitucional quien propone la terna para que sea el Gobernador de la Provincia quien lo nombre].

La Ley Municipal de 20 de agosto de 1870 y la de 2 de octubre de 1877 establecían en sus respectivos artículos 35 y 36 que cada distrito se dividía en barrios cuanto tuviesen más de 4.000 habitantes. Los barrios de cada distrito serían próximos en cantidad de población y cada barrio quedaría comprendido en un solo distrito. Y añadía que todo arrabal separado del casco de la población, así como cualquier otra parte del término municipal apartado del mismo casco, debía constituir un barrio, cualquiera que fuese el número de sus habitantes.

En cada barrio habría un alcalde del mismo, nombrado por el alcalde (del distrito municipal) de entre los electores que tuviesen su residencia fija en la demarcación. El propio alcalde municipal podría separar libremente a los alcaldes de barrio.

El artículo 58 de la ley de 1877 decía que tras la elección para la renovación del ayuntamiento por mitades, el alcalde nombraría entre los electores a los alcaldes de barrio; y los nombrados desempeñarían el cargo hasta la siguiente renovación municipal si antes no fueran separados por el alcalde municipal.

El artículo 59 de la misma Ley de 1877 recoge que el alcalde municipal daría conocimiento a su corporación en la sesión inmediata de los nombramientos de alcaldes de barrio a que se refería el artículo 58 del mismo texto legal. Y este fue el precepto que iluminó las actuaciones de la alcaldía de Puerto de Cabras cuando, tras la anexión de los territorios de Tetir en 1885, pasó a designar alcaldes de barrio para las poblaciones en ellos contenidas: fueron los casos de Los Estancos, La Asomada, el Time, Guisguey y Rosa de Lagos-Puerto Lajas.

El artículo 116 de la Ley de 1877 decía que los alcaldes de barrio estarían a las órdenes de los tenientes y ejercerían la parte de funciones que éstos les delegasen. Pero en el caso de Puerto de Cabras, con un solo distrito municipal, la dependencia de aquellos era directamente del alcalde municipal quien solía mantener informada a la corporación de cuantas incidencias se producían con estas figuras de la administración local. Así, obedeciendo cuanto disponía el artículo 118 del texto legal que nos ocupa, el alcalde municipal cuando autorizaba ausencias de más de un día a los de los barrios, las comunicaba al pleno, con el nombre de los sustitutos.

El Estatuto Municipal de 1924 en su artículo 3 decía que la representación legal del municipio correspondía al ayuntamiento, y la de las entidades locales menores o de ámbito inferior al municipio, a su junta vecinal. Y la propia ley daba capacidad plena tanto al Ayuntamiento como a la junta vecinal. En el caso de Puerto de Cabras, como iremos viendo, cuando aplicó esta norma a los municipios limítrofes de Tetir y de Casillas del Ángel, sencillamente invocó la agregación forzosa por carecer éstos de medios para subsistir y suministrar los servicios mínimos exigidos. Y ni Tetir ni Casillas se plantearon siquiera mantener su personalidad en forma de junta vecinal dentro del nuevo municipio, simplemente cada uno acordó disolverse extinguiendo así su autonomía administrativa.

El artículo 101 del propio Estatuto de 1924 incluso abría posibilidades a aquellos municipios diciendo que los términos que tuviesen población diseminadas en parroquias o entidades locales análogas, los alcaldes delegarían en un concejal, vecino a ser posible de cada parroquia, las atribuciones de inspección que les corresponden sobre los servicios de policía judicial y rural, vigilancia, guardería forestal, distribución de aprovechamientos comunales, etc., sin detrimento de las funciones propias de la junta vecinal.

La Ley municipal de 31 de octubre de 1935 no definió expresamente las figuras que nos ocupan; reconocía en cambio capacidad jurídica plena similar a la del municipio para las entidades locales menores. Por lo que es de suponer que muchas de las definiciones y funciones del Estatuto se sobreentendieron vigentes.

La Ley de Bases de Régimen Local de 1945, que retomó la figura de los alcaldes pedáneos frente a la de los alcaldes de barrio: los primeros presidirían la junta vecinal de una Entidad Local Menor, siendo nombrados por el Gobernador Civil a Propuesta del alcalde municipal. En cuanto a los alcaldes de barrio podían ser nombrados por el alcalde del distrito municipal en aquellos pueblos que sin ser Entidad Local Menor, constituyesen barriadas separadas del casco urbano; quizá fue éste el precepto que iluminó a don Miguel Velázquez Curbelo para abrir el libro de registro de los "alcaldes pedáneos de Puerto de Cabras", entendemos que de forma inapropiada puesto que aquí no funcionaron juntas vecinales en ninguno de los pueblos del término; y donde pudo haberse conservado -Tetir y Casillas-, nada sobrevivió de su antigua autogestión administrativa pues en 1925 y 1926 sus plenos decidieron disolverse y extinguir el municipio.

La Base 4ª se ocupó en aquella Ley de 1945 en dejar claro que las Entidades Locales Menores podrían ser suprimidas cuando no contasen con medios económicos suficientes para sostener los servicios mínimos de policía urbana y rural exigidos o se apreciase la necesidad o conveniencia económica de su disolución. Abría también la posibilidad de que determinadas áreas, poblados, aldeas, barrios o caseríos pudieran solicitar su constitución en Entidad Local Menor, circunstancia que tampoco se dio en nuestro municipio.

Pero visto lo apuntado y lo que recoge la Base 33ª sobre Hacienda de las Entidades Locales Menores, cabe afirmar que en Puerto del Rosario (y seguramente en toda Canarias) no hubo alcaldes pedáneos sino alcaldes de barrio.

El Reglamento de Organización, Funcionamiento y Régimen Jurídico de las Entidades Locales de 17 de 1952 se ocupó del alcalde pedáneo en su sección 3ª, artículos 23 y 24, y de los alcaldes de barrio en la sección 4ª, artículos 25 a 28 inclusive. En cualquier caso parte del reconocimiento de las Entidades Locales Menores y de las juntas vecinales como órganos colegiados por las que éstas se rigen, invocando una similar filosofía a la de las leyes anteriores.

Por su proximidad a la fecha de apertura del registro de alcaldes de barrio en nuestro municipio (1950), convendrá exponer aquí lo dispuesto en este reglamento que no es más que la aplicación de la Ley de Régimen Local de 16 de diciembre de 1950.

Según esta norma el cargo de alcalde pedáneo sólo podría recaer en los vecinos cabezas de familia con residencia en la Entidad Local Menor; su nombramiento corresponde según este precepto legal, a Gobernador Civil, a propuesta del alcalde del ayuntamiento. En consecuencia, siempre que se produjera cambio de alcalde municipal, éste podía proponer la designación de un nuevo alcalde pedáneo, como también, en casos graves de orden público, proponer su cese.

Y del alcalde de barrio decía que su designación correspondería al alcalde municipal para cada barriada o núcleo poblado separado del casco urbano siempre que no constituyesen entidad local menor. También para aquellas localidades cuyos servicios lo requiriesen y con las funciones que expresamente el alcalde les delegase. La duración del cargo de alcalde de barrio se recoge en el artículo 27 de este reglamento, diciendo que estaría sujeta a la del mandamiento del Alcalde que lo nombró, quien podrá también separarlo cuando lo juzgue oportuno.

La pervivencia de las Entidades Locales Menores en la normativa del régimen local desde el Estatuto Municipal de 1924 supuso que, en las sucesivas leyes, se regulase la figura de un órgano unipersonal con la figura del alcalde pedáneo y de un órgano colegiado como la junta vecinal o asamblea de vecinos. Así hasta la Constitución de 1978 que, aunque no las recoja expresamente, sí deja pábulo a su desarrollo en aras de la descentralización y de la participación ciudadana. Y es por ello que la Ley 7/1985 reguladora de las Bases del Régimen Local trata de estas entidades locales de ámbito inferior al municipal en su artículo 45; como también lo haría el Real Decreto 781 que aprueba el Texto Refundido de las Disposiciones Vigentes en materia de Régimen Local. A ambas disposiciones se refieren supletoriamente las leyes que las distintas autonomías se han dado sobre el tema, como la nuestra.

Así la Ley Canaria 8/1986, de Régimen Jurídico de la Administración Pública Canaria, reformada por la Ley 14/1990, de 26 de julio, se refiere a las Entidades Locales Menores como Entidades Inframunicipales, restringiendo las Juntas Municipales de Distrito o de Barrio a los municipios con una población de derecho superior a los 50.000 habitantes.

Y al referirse a las Entidades Territoriales Inframunicipales se pliega a cuanto dispone la Ley 7/1985 y, consecuentemente al Decreto Legislativo 781/1986 que recoge el Texto Refundido de las Disposiciones Vigentes en Materia de Régimen Locales en cuanto a constitución y funcionamiento de las mismas, ya que los artículos 91 a 95 del texto canario se refieren fundamentalmente a las competencias y a la hacienda de estos entes incidiendo en las transferencias que deben contemplarse en el presupuesto del Ayuntamiento y que equivaldrán, como mínimo al montante de las cuotas de la Contribución Rústica y Urbana correspondientes a los inmuebles radicados en dichas entidades.

Por lo tanto, en cuanto a su constitución, las Entidades Locales de ámbito territorial inferior al municipal se plegarán a cuanto dispone el artículo 42 del Decreto Legislativo 781/1986, con los siguientes requisitos:

Se iniciará el expediente con la petición escrita de la mayoría de los vecinos residentes en el territorio que haya de ser base de la Entidad Local Menor o, alternativamente, con acuerdo del Ayuntamiento; se procederá a su información pública vecinal, a informe del Ayuntamiento, y la resolución definitiva corresponderá al Consejo de Gobierno de la Comunidad Autónoma. En cualquier caso esta petición no podrá referirse al núcleo territorial en que resida el Ayuntamiento.

Y una vez constituida, la Entidad Local Menor o inframunicipal se organizará en una serie de órganos unipersonales y ejecutivos, como la figura del alcalde pedáneo, y colegiados, como la junta o asamblea vecinal, que será presidida por aquél. Para su nombramiento se estará a lo dispuesto en la Ley 5/1985 Orgánica del Régimen Electoral General, en cuyo artículo 199-2 dice que los alcaldes pedáneos serán elegidos directamente por los vecinos de la correspondiente entidad local por sistema mayoritario mediante la presentación de candidatos por los distintos partidos, federaciones, coaliciones o agrupaciones de electores. Y, en su apartado 3, que las juntas vecinales estarían integradas por el Alcalde Pedáneo, que las preside, y dos vocales en núcleos con población inferior a 250 residentes y por cuatro en los de más, siempre que su número no supere el tercio del de concejales que integran el ayuntamiento*.

Y en cuanto a los barrios se siguió siempre refiriendo de forma supletoria a la normativa básica del Estado, en concreto al artículo 45 de la Ley 7/1985, de 2 de abril, reguladora de las Bases del Régimen Local, en cuyo punto 1 dice que las Comunidades Autónomas regularán las Entidades de ámbito territorial inferior al municipio para la administración descentralizada de núcleos de población separados, bajo denominación tradicional de caseríos, parroquias, aldeas, barrios…, para concluir en relación con el artículo 20, 1 diciendo que en cada uno de los poblados y barriadas separadas del casco urbano y que no constituyan Entidad Local Menor, el Alcalde del Municipio podría nombrar un representante personal entre los vecinos residentes en el mismo. Y ésta última fue la modalidad seguida por la alcaldía de Puerto del Rosario en la década de 1990, cuando ya no se nombran alcaldes de barrio sino representantes personales de aquella autoridad en el pago o núcleo respectivo.

Hemos de concluir diciendo que a lo largo de la historia de nuestro municipio no se dieron en puridad los alcaldes pedáneos sino, más bien, los alcaldes de barrio y los representantes personales de la alcaldía en los distintos pueblos del término. Aunque la terminología empleada en el lenguaje administrativo se utilizara la palabra pedáneo, incluso para abrir un libro de registro de alcaldes de barrio en 1950.

Las distintas leyes municipales dejaron y dejan bien claro que el alcalde pedáneo era un órgano unipersonal ejecutivo en las Entidades Locales Menores que pudo ser nombrado por el Gobernador Civil a propuesta del alcalde del municipio o directamente por éste. Pero ni en Puerto del Rosario ni en Fuerteventura se constituyeron este tipo de Entidades Inframunicipales con una estructura de órganos colegiados y unipersonales, aunque es posible que, a raíz de la Real Cédula de 1768 se diese algún embrión de vecindario que delegase su representación en un personero o alcalde, especialmente en la primera década del XIX y en los instantes de la Junta Suprema de la Isla; en todo caso poco antes de la Constitución de Cádiz y de la creación de los municipios contemporáneos. No nos consta que a las circulares del Jefe Superior Político de 1849 contestase algún ayuntamiento de Fuerteventura indicando los núcleos de su término en los que fuese necesario el nombramiento de alcaldes pedáneos.

Las palabras pedáneo y pedanía tienen su atractivo, y de forma indiscriminada solemos emplearla para referirnos a nuestros entrañables alcaldes de barrio en los distintos pueblos o núcleos del municipio, y cuya misión era llevar los ojos y los oídos del alcalde del ayuntamiento a los mismos; en todo caso fueron parte de la organización municipal que ha desaparecido por el nombramiento de concejalías delegadas de barrio.

Ceferino Guillermo Martínez Soto fue el alcalde que nombró a don Pablo Espinel de Vera en 1971 como alcalde de barrio de Guisguey y aún presidía el ayuntamiento cuando se lo mataron en 1976.

Cuando Pablo Espinel de Vera cayó abatido en su propia finca de Guisguey por desertores de la Legión, murió un representante de la administración municipal, pues ejercía el cargo de alcalde de barrio desde su nombramiento por el alcalde del municipio de Puerto del Rosario, Ceferino Guillermo Martínez Soto, en 1971, y los dos estaban en sus funciones cuando se produjo el asesinato en abril de 1976.

Relación de alcaldes de barrio de Guisguey desde la alcaldía de Miguel Velázquez Curbelo a la alcaldía de Guillermo Martínez Soto, 1950-1976...:

Alcaldes de barrio de Guisguey Nombramiento Cese
Rodríguez Domínguez, Lázaro ¿? 17-03-1955
Rodríguez Perdomo, José 17-03-1955 ¿?
Alonso y Alonso, Vicente 06-07-1961 21-06-1967
González Torres, Fortunato 21-06-1967 31-08-1971
Espinel de Vera, Pablo 31-08-1971 27-04-1976 (asesinado)
Cerpa de León, Juan 31-08-1979 13-06-1983
González Calero, Ángel 13-06-1983 06-06-1989

miércoles, 17 de febrero de 2016

El Ministro Eduardo Cobian en Puerto de Cabras, 1905

Eduardo Cobian y Rufignac, Ministro de Marina de Alfonso XIII en Puerto de Cabras, 1905
Si tuviéramos que describir el Puerto de Cabras de 1905 bien podríamos acudir a la descripción que nos hiciera un año antes el periodista conejero Isaac Viera:

Eduardo Cobián Rufignac, el Ministro de Marina que visitó Puerto de Cabras en mayo de 1905.


"Es un pueblo costeño, con rudo rostro de viejo lobo de mar en que todas las casas quieren asomarse a ver las olas. Las de la parte baja no tiene delante nada que las estorbe; el resto de las viviendas diríase que se empinan detrás de sus camaradas para atisbar la bahía.- Nada tan típico como la calle principal, que lleva el nombre de León y Castillo; es anchísima... la ascensión al pueblo, que se compone de veinte calles y una bonita plaza, junto a la cual se levanta un hermoso templo consagrado a la Virgen del Rosario... El muelle de Puerto de Cabras pertenece al municipio, es un rinconcito abrigado donde se recuestan a la baja marea las barcas... mientras algún pailebot duerme fuera del espigón, como corresponde a su dignidad naviera..."

Tiempo después sería el semanario local La Aurora quien en su edición de 29 de mayo de 1905, se hacía eco de la visita que hiciera aquel Ministro al archipiélago Canario, centrándose, por supuesto, en su estancia en nuestra capital.

Cañonero de la Armada Española "Álvaro de Bazán", escolta de "la Numancia".
 
Y es que nunca se vió tanto alarde de periodistas, cronistas y séquito: habían de cubrir la primera visita de un ministro español a Fuerteventura. Comisionados de todos los ayuntamientos, representantes de las corporaciones civiles y militares, una dispendiosa comida y de nuevo al barco.

La flotilla venía de Gran Canaria, la integraban un cañonero y una fragata. Llegarían a la bahía de Puerto de Cabras entre las 9 y las 10 de la mañana del día 7 de mayo, que para comunicarlo se había adelantado el cañonero Álvaro de Bazán que con su bocinazo despertó a la población del viejo Puerto; todavía no había llegado aquí el telégrafo, así es que la noticia mejor confirmarla a las autoridades locales y a las guarniciones de la plaza para que todo estuviese preparado.

Y se sucedieron los acontecimientos:

A las nueve y media ya fondeaba en la bahía "La Numancia", aquel remodelado buque del que Pérez Galdós recreó la vuelta al mundo. Al recibimiento se sumaron el alcalde de la localidad, el Teniente Coronel del recién creado Batallón Fuerteventura, Santiago Cúllen Verdugo, un capitán, el subdelegado de Marina, Juan Castro, y el director de La Aurora, José Castañeyra Carballo.

La fragata "Numancia", donde viajó Eduardo Cobián en su visita a Canarias, 1905. [Foto Paco Cerdeña, tomada en el Museo Naval de Las Palmas de Gran Canaria]
 
En cubierta les recibió el Gobernador Civil e hijo adoptivo de Puerto de Cabras, Joaquín Santos Ecay, que les presentó al Ministro de Marina.

Castañeyra, orgulloso de su periódico, cumplimentó a su amigo Ricargo Ruiz y Benítez de Lugo para que le presentara a los corresponsales que cubrían la visita ministerial a Canarias: Fernando Soldevilla, de "La Correspondencia de España": Clodoaldo Peñal, del "Ejército y Armada"; Francisco Barler, de "El Imparcial"; Rafael Maroto, del "Diario Universal"; Ricardo Flores, de "La época"; Prudencio Rovira, de "El Correo Español", de Buenos Aires, y Domingo Tejera, del "Diario de Las Palmas".

La lejanía de la metrópoli, periferia de la periferia, los cronistas se inspiraron... De aquella visita datan las primeras postales de Puerto de Cabras y las primeras fotos que trascendieron con vocación artística y, por supuesto, documental.

Les avisó el Ministro Cobian que la estancia sería corta, que el Rey viajaba al extranjero y quería pasarse por Lanzarote lo antes posible, para despedirse allí de Canarias. Así que a los botes -les dijo.

En el primero de aquellos botes saltaron a tierra el propio Ministro junto a su hijo, el General de marina señor García Vega, su secretario particular y un ayudante, el Teniente Coronel de la Guardia Civil, Cónsul francés, Gobernador Civil, Santos Ecay y el señor Gutiérrez Sobral; les acompañaba el alcalde accidental anfitrión y el teniente coronel Santiago Cúllen Verdugo. El otro bote venía atestado con los periodistas mencionados, junto a un capitán de infantería del Batallón Fuerteventura que no cupo el primero.

Las pitadas de ordenanza sonaron a sus espaldas, provenientes de La Numancia. En el muelle la compañía con bandera del Batallón Fuerteventura rindió los honores al son de la sociedad filarmónica que allí tocaba la marcha real bajo la batuta de Claudio López Hernández o Juan Peñate Quevedo. Todos arropados por el gentío que pudo llegar a las inmediaciones para recibirles: hacia ellos se adelantaron en la Explanada con la mano tendida, los señores Presidente de Cruz Roja, Ramón Fernández, el médico civil, Domingo Hernández González, y el sacerdote, luego primer párroco, Teófilo Martínez de Escobar y Luján.

Se oyeron vivas y silvaron los voladoras hasta estallar en un cielo que escuchaba el bullicio de aquella novelería, justo cuando los botes arrimaron a las escalinatas del muelle chico.

El muelle y la explanada mostraban adornos de flores y palmas donde, entre banderas, se divisaban consignas que mostraban el aparente contento de todos. Y banderas que pendian de las ventanas a ambos lados de la calle León y Castillo, por donde la comitiva subió hasta la plaza de Nuestra Señora del Rosario, donde Iglesia y Ayuntamiento compartían un mismo edificio para sus respectivos quehaceres.

En la casa prevista para el breve reposo del Ministro, departió con el alcalde Puerto de Cabras o,mejor dicho, por quien le sustituía, José Castañeyra, pues a Juan Domínguez Peña ni se le vio, y con el representante municipal de Tuineje, y allí al ladito, en la redacción de La Aurora, hicieron lo propio la gente de la prensa, haciendo tiempo para pasar al comedor donde se ofreció un banquete para cuarenta comensales, si descontamos los comisionados de La Oliva, que llegaron algo tarde.

No hubo brindis, tan solo un agradecimiento del Ministro que, a las doce, se puso en pie para salir corriendo para el muelle donde el gentío y la tropa volvió a repetir lo de un par de horas antes mientras los botes se acercaban a las amuras de La Numancia que inmediatamente levó anclas para abandonar nuestra bahía seguida del Álvaro de Bazán, rumbo a Lanzarote y, desde allí, hacia Cádiz.

Puerto de Cabras en los albores del siglo XX. [foto facilitada por Jesús Hormiga Hormiga, 1994]
 
Y Puerto de Cabras se volvió a adormecer otros doce meses más, acunando entre las aguas de su bahía a los veleros de travesía y del cabotaje de siempre, a los vapores que esporádicamente recalaban por aquí para dar trabajo a los lanchones de don Agustín Pérez, a los la Viuda de Martín e Hijos...

Volvieron a humear los hornos de cal y yeso y el olor del millo tostado y de las moliendas se escapaba por los resquicios de los molinos... El pueblo volvió a replegarse y las fuerzas vivas a especularon con el verdadero sentido de la visita que acababan de cerrar: el año que viene -se decían- nos visitará El Rey.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

La Calle "Guanchinerfe"

Puerto del Rosario cuenta en su callejero con este curioso nombre. Se ubica en el vial que, en rampa, se sitúa a la salida del muelle comercial o muelle grande, uniendo las calles de Ruperto González Negrín y Almirante Lallemand con la del Comandante Díaz Trayter.

Ingeniero de Caminos que diseñó el primer frente marítimo del Puerto, uno; militares los otros dos. En medio, El motovelero "Guanchinerfe".

Perteneciente a la flotilla del armador chicharrero oriundo de Fuerteventura, Rodríguez González, este buque fue el beneficiario de cuantos transportes marítimos hizo la Comisaría de Abastecimientos y Transportes en tiempos del Mando Económico de Canarias, década de 1940, cuando la gente se alimentaba con las cartillas de racionamiento y cuando surgió un buen número de comerciantes que ampliaron sus negocios en torno a los organismos derivados del abastecimiento a la isla, aún terminadas las funciones de aquellas instituciones a partir de 1953, alrededor del Consorcio cuyo almacén se situaba en la calle León y Castillo, cerca de la Explanada del Muelle Chico.

 
El "Guanchinerfe" fue uno de tantos veleros que, a lo largo de la década de 1920, fueron aparejados con motor para darles mayor rapidez y para seguir haciendo lo de siempre: el cabotaje entre islas y el cabotaje interior en unas islas con pésimas carreteras y donde era más fácil utilizar camellos que llevaran las mercancías desde los lugares de producción a los embarcaderos y viceversa. Y en las playas se vio recortar las velas de todos estos buques en lo que denominaban "escalas", pues si el manifiesto de la singladura era, por ejemplo desde cualquiera de los puertos de Tenerife con Puerto de Cabras y escalas, la principal se hacía en La Luz y, desde allí Jandía (por Morro Jable), Matas Blancas, Tarajalejo, Gran Tarajal, Las Playas, Pozo Negro, La Torre, Las Salinas y el Puerto… y regreso por los mismos sitios cuando para ello se los requería.

El protagonismo insinuado para el caso del "Guanchinerfe" tiene especial relevancia en la memoria colectiva porque especialmente se movió en las condiciones dichas cuando la gente de verdad pasó hambre en Fuerteventura, soportando mas de cinco mil militares de los batallones expedicionarios en sus pueblos, y ver recortarse la silueta de aquel velero en las bahías suponía reponer abastos, utilizar la cartilla de racionamiento, llenarse los almacenes del Consorcio e incrementar el movimiento de las tienditas con cartillas adscritas… Pero también la salida del queso, del pescado salado, de las viejas secas y del marisco; del estiércol, de la tierra blanca, de la piedra cal, la cal y el yeso…

Pero la estela del "Guanchinerfe", como la de los Correíllos y otros vapores que nos visitaron, no debería ocultar otros muchos barcos que hicieron exactamente las mismas funciones, como el "Taburiente", "la Inés", "el Arlequín", "la Enriqueta", "la Juanita", "la Dolores", "María del Rosario", "La Rosa", "El Telémaco", "El Rosario", "el Asterope", "la Bella Lucía", "el Diana", "la Estrella", "el Cazón", "La Evelia", "la Estelena", "el Capitán Pírez", "El Marte", "El San Miguel" y tantos otros… especialmente los vinculados a los también oriundos de Fuerteventura "Cotillo-Oliva" o el "Pájaro", este ultimo de Manuel Saavedra. Todos con cargas generales pero, la mayoría, relegados a la carga de la piedra de cal y sus derivados. Todos renquearon haciendo posible las comunicaciones cuando las carreteras ni se imaginaban… ¡Bueno! Algunas sí, que para algo sirvieron los presos de la compañía del Batallón de Castigo en la isla, pero eso es otra historia.

miércoles, 12 de agosto de 2015

El guardacostas "Uad-Ras", se pierde en la baja de Caleta de Fuste, 1930

Se trataba de uno de los buques, de 547 toneladas, comprados por España a Inglaterra después de la Primera Guerra Mundial, en 1922.

Se adscribió a la Armada Española que lo destinó a tareas de vigilancia en la costa de la parte española del Protectorado de Marruecos. Pero intervino además de en la guerra de la zona, en tareas de rescate de distintios accidentes aéreos como el acaecido en junio de 1930, poco antes de su percance en las costas majoreras.

En el momento del accidente lo mandaba el teniente de navío José Luis Miranda, que lo conducía al abrigo de nuestras costas desde Cabo Juby, donde se averió, hasta el Puerto de la Luz (Gran Canaria), para reparar las averías detectadas en sus máquinas.
 
Buque similar al Uad-Ras, siniestrado en diciembre de 1930. [Foto de Paco Cerdeña, tomada en el Museo Naval de Canarias]
 
El día 22 de diciembre de 1930, cuando daban las cuatro de la tarde, el buque encalló, como lo hicieron otros tantos buques a lo largo de la historia marítma de Fuerteventura, en la baja de Caleta de Fustes.

Nada más llegar la noticia a Puerto de Cabras, se desplazaron al Castillo la autoridades marítimas de Fuerteventura y en distintos puntos se apostaron dotaciones de la fuerza militar que guarnecía la capital majorera.

La propia dotación del barco, casi sin víveres, hizo cuanto pudo, que fue poco, esperando la llegada del correillo La Palma, desplazado desde la Luz con intención de arrancarlo del veril, sin conseguirlo.

El correo dejó allí uno de sus lanchones donde se depositarion los proyectiles explosivos del guardacostas de la Armada.

El día 23 salía del Puerto de la Luz el remolcador de la Oceánica, a cuyo bordo viajaban el Comandante de Marina, capitán de corbeta, Ángel Rizo y el ingeniero de la Armada, Juan Fontán; traían tres bombas de achique, focos, cemento, compresor y equipo de buzo. Llegaron al lugar del naufragio al día siguiente.

El 25 de diciembre el secretario de administración local Claudio López, contaba a la prensa que ya estaba en la zona el cañonero Bonifaz, que se unió alremolcador y a las dos gabarras de fondo plano cedidas por las compañías The Gran Canary Coalling y Miller, con las que intentaban flanquear al buque siniestrado para mantenerlo a flote.

Y lo mismo hizo el correillo Viera y Clavijo durante todo el día veinticinco de diciembre, intentando tirar del guardacostas para arrancarlo de los bajos, sin conseguirlo.
 
En la imagen el Correíllo La Palma, que jugó un importante papel en las tareas de salvamento del Uad-Ras, junto al Viera y Clavijo, el Bonifaz y el motovelero Herbania.
 
Pero el remolcador ya sufrió averías en la hélice y el timón el mismo día veinticuatro, a pesar de los sondeos practicados y los consejos del partrón del motovelero Herbania, quien hizo algunas declaraciones sobre el estado del naufragio:

"El buque aparece a simple vista inclinado hacia la izquierda, mirando de propa a popa, pero en la apariencia no parece haber sufrido mucho y en su cubierta se nota el constante atareo de la tripulación... El citado guardacostas debe tener avería en el costado sobre el que desacansa que es el de babor, y el agua ha inundado la cámara de calderas y de máquinas, habiendo recibido también el casco, por la otra banda, ligeras averías que fueron provisionalmente reparadas por el buzo."

"El día 26 -según apreciaciones del patrón de El Herbania- volvió a intentarse un acercamiento al Uad Ras con el remolcador y resultó también averiado en una de estas maniobras el bote automóvil que dejaron los correíllos para ayuda de salvamento, y el mismo día por la tarde, se suspendieron estos trabajos al parecer, aunque a bordo se nota actividad... No se pierde la esperanza de salvar el buque si el tiempo sigue en el cuadrante del norte unos días, lo que es de esperar, puesto que en invierno el sur es muy raro..."

Noticias aparecidas en la prensa a finales de enero de 1931 confirmaban el abandono del salvamento del Uad-Ras, retornando a la Baja de Caleta de Fustes el remolcador Ricardo para devolver las gabarras al Puerto de la Luz, en la isla de Gran Canaria, una de las cuales rompió las amarras perdiéndose a la deriva hasta ser recuperada al sur de aquella isla.

El incidente del Uad Ras, uno de tantos que se produjeron en la zona desde tiempo inmemorial, movió el ánimo de muchos a pedir a la Dirección General de Navegación la colocación de un faro que avisara del peligro de la Baja y su señalamiento en la carta geográfica. Pero dada la frecuencia de accidentes que se siguieron produciendo y la circunstancia de que muchos no actualizaron las cartas de navegación, aquella innovación de apoyo marítimo no se produjo, y los hechos siguieron repitiéndose en casos como el del Alfeite, de que ya hemos hablado en otra ocasión.

jueves, 23 de julio de 2015

El Grupo Escolar "Primo de Rivera" en Puerto de Cabras

Desde la década de 1920 andaba por los presupuestos un proyecto de Grupo Escolar para Puerto de Cabras. Pero feneció la dictadura de Primo de Rivera, pasó la II República y la Guerra Civil y, en la posguerra, mientras el mundo se debatía en su II Gran Guerra del siglo XX... Mientras Canarias sobrevivía bajo el Mando Económico presidido por el Capitán General de la Región, bajo el racionamiento y la austeridad; además de fortificar la Fuerteventura, de acoger en su suelo prisioneros y deportados del bando republicano, de construirse pistas de aterrizaje y cuarteles, presas y "barriadas obreras", se construyó el colegio que nos ocupa.

El "Grupo escolar Primo de Rivera", Puerto de Cabras 1946 (Foto publicada en la revista La Voz de Fuerteventura, 1987-88)
Lo recordamos como Colegio del Charco, en el barrio del mismo nombre, en Puerto del Rosario. Y fue inaugurado el 4 de julio de 1946 por el entonces Capitán General de Canarias y Jefe del Mando Económico de la Región, Francisco García Escámez e Iniesta, con asistencia del Teniente Coronel y Comandante Militar de Fuerteventura, Antonio González Sánchez, del Presidente del Cabildo, Lorenzo Castañeyra, del transitorio alcalde, Teodomiro Pérez Martín, y de Ceferino Erdozain Elizalde, Jefe Insular de Falange Española y de las JONS, entre otras personalidades.
La Barriada Militar surgida para alojar los mandos y cuadros del Cuartel recién construido, aconsejaron la construcción de este centro escolar y de algunas plazas que supusieron el ensanche definitivo de Puerto de Cabras/Puerto del Rosario que daría origen al hoy populoso barrio de El Charco.
Desde marzo de 1945 la Capitanía, el Cabildo y el propio ayuntamiento de Puerto de Cabras, afrontaron este proyecto de construcción escolar para el que el municipio aportó un solar donado por el armador Andrés Rodríguez González (de ANDROGON), no sin resolverse la tercería de dominio bosquejada por Antonio Abad Martín Alonso en favor del primero, al que hubo de hacérsele un aljibe de las mismas características del que había en aquel solar y que había usado para la aguada de sus barcos.
El grupo escolar de El Charco, identificado con una rotulación en azulejos bajo el hastial que enmarcaba el escudo preconstitucional, funcionó durante algunas décadas, hasta que fue demolido en la década de 1990.
Varias generaciones de majoreros que forjaron el barrio, estudiaron en sus aulas durante varias décadas, a cuya memoria se dedica este recuerdo.

viernes, 1 de mayo de 2015

Percances aéreos en Fuerteventura



Desde que los hidroaviones de la década de 1920 sobrevolaron Fuerteventura y la escuadrilla de la compañía francesa Latecoere amerizó en la bahía de Puerto de Cabras; desde que el primer avión en tomar tierra lo hiciera en los llanos de El Viso en 1930; desde entonces se han producido incidentes que, no por sonados, resultan casi olvidados en la historia de la aviación en nuestra isla.


No están todos, seguramente, pero éstos son algunos de los que conviene recordar; no todos directamente relacionados con los aeropuertos, aeródromos o pistas de aterrizaje porque se produjeron en el contexto de unas maniobras militares, no siempre cerca de aquellas instalaciones.


De tiempos del Mando Económico de Canarias, cuando se idearon los planes de defensa de la isla y su fortificación en el contexto de posguerra civil y guerra mundial, datan las dos pistas de Jandía, una de las cuales, coincidente con la propia carretera del faro y del Puertito de la Cruz, aprovechaba aquella luz de señales marítimas para operar; la otra obedeció al empeño de Winter. Una y otra llegaron a utilizarse por jerifaltes del régimen en Gran Canaria, aficionados a la caza y a la pesca en nuestra isla.

De aquellos años también data el primer aeródromo que se abrió al tráfico civil en Tefía y que, dado el peligro y la persistencia de los vientos, se trasladó a Los Estancos, donde funcionó durante casi dos décadas, cortes puntuales de carretera incluidos, pues la pista la atravesaba perpendicularmente y los coches debían ceder el paso. Muchos recordarán la cadenita que nos hacía parar para convertirnos en espectadores de las operaciones de tráfico aéreo.

La foto publicada en grantarajal.es ilustra el accidente sufrido por un JU-52 de la Fuerza Aérea en Rosa los James (Tarajalejo), el 19 de diciembre de 1968.

La historia de la aviación en Fuerteventura recuerda distintos accidentes, alguno especialmente grave, muertos incluidos (tragedias de 1972 en Tefía y 1994 en La Herradura).

Los hubo civiles, frecuentes y de escasa entidad, cuando los junkers trimotores se salían de pistas o les fallaban los motores en Los Estancos, provocando que algún asustado pasajero saliese corriendo del aparato sin escalerilla ni nada. No hay que olvidar que Los Estancos se concibieron inicialmente como pista de socorro y en él efectuaron emergencias los aviones que cubrían la ruta Sahara (Ifni y El Aaiun)-Gando…

Andando el tiempo, también en el aeropuerto internacional de El Matorral, se salió de pista un DC-9 de Iberia que no llegó a asomarse al barranco de Río Cabras porque ya anochecía.

Y desde El Matorral a Suiza, otro DC-9 de Iberia fue secuestrado por tres desorteros de la Legión que lo capturaron recién llegado de Gran Canaria, reteniendo a la tripulación, parte del pasaje y las limpiadoras que fueron liberadas en Lisboa. Fue el primer secuestro aéreo de Canarias, un episodio que se escribió en agosto de 1979.

Pero hubo muchos otros, la mayoría, protagonizados por aparatos militares, sin olvidar los bombardeos que se llegaron a efectuar en sitios tan cercanos a Puerto del Rosario como los Valichuelos, los Lomos de Lesque o la Montaña de Las Veredas que nos separan del actual vertedero que llaman de Zuritas, donde los DC-3 y los cazabombarderos "saeta" dejaron caer sus bombas en la década de 1960.

El primero de que tenemos noticia se produjo el 17 de agosto de 1952, cuando un JU-52 que había despegado logró regresar a Los Estancos al notar su tripulación un fallo en dos de sus motores, acabando el peligro sin mayores consecuencias.

De similares características fue la avería que provocó el aterrizaje forzoso de otro JU-52 del Ejército del Aire que tuvo que echarse sobre la panza en el valle de Tarajalejo para deslizarse sobre su propio fuselaje hasta la Rosa de los James el 19 de diciembre de 1968. El aparato viajaba desde El Aaiun hasta la Base Aérea de Gando y, en esta ocasión, sí hubo heridos leves que fueron trasladados a Gran Tarajal y desde allí evacuados a Gran Canaria.

En octubre de 1969 el incidente fue protagonizado por un caza T-6 de las Fuerzas Aéreas Españolas con base en Gando, cuando viajaba en escuadrilla desde Lanzarote a Gran Canaria. Detectada la avería de su único motor, el piloto optó por forzar el aterrizaje sobre Los Jablitos, cerca de Lajares (La Oliva), resultado herido y trasladado a la Clínica Virgen de la Peña, hospital viejo del Puerto, y desde allí evacuado a Gran Canaria.

A finales de 1994, el 16 de noviembre, fue un helicóptero de la Base de Los Rodeos, en Tenerife, el que tuvo la mala suerte de caer enredado en los cables del tendido eléctrico en el barranco de La Herradura, al noroeste de Puerto del Rosario. Debido a las graves heridas, allí perecieron sus siete tripulantes, en sufragio de cuyas almas se ofició una misa de campaña en el patio de armas del acuertelamiento de La Legión.
 

Antonio Félix, uno de los pioneros del vuelo libre en Puerto del Rosario (Foto publicada en "La Voz de Fuerteventura", 1987-1988)

 Y no podemos cerrar este artículo sin un recuerdo a un pionero del deporte del vuelo libre en Fuerteventura, Antonio Félix Pérez Barrera, que falleció con su pasión de volar cuando su ultraligero se precipitó al suelo en las pistas del viejo aeropuerto de Los Estancos, alboreando el año 1988.