lunes, 19 de junio de 2017

El Charco. Entre el carenero y las fábricas de cal

Notas sobre el desarrollo de El Charco.
Puerto del Rosario.
 

En el único mapa del Puerto de Cabras del siglo XIX, ya se observa el carenero de El Charco y las casas que lo rodeaban, hornos incluidos. Es, por ahora, la única expresión cartográfica de la trama urbana cuyo diseño se atribuye a uno de sus primeros pobladores, Diego Miller, y es el dibujo del germen de lo que hoy es Puerto del Rosario: sus calles y edificios singulares, sus playas. Se levantó, como sabemos, en 1885... Pero demos un salto en el tiempo para centrarnos en lo que, de verdad, convulsionó las expectativas de crecimiento urbano en aquella zona.

Acabada la Guerra Civil española, en 1940-1941 se asentaron en Puerto del Rosario los acuertelamientos militares junto a la entrada y salida del muelle grande que se iniciara en la década anterior, como punto estratégico de comunicaciones y suministros ya que la infraestructura aeroportuaria se ubicó por entonces en los llanos de Tefía.

Y el sitio elegido para los cuarteles fue loma que se situaba a poniente de la Laja Negra, donde, de antiguo, había lonjas y viviendas de pescadores procedentes, en su mayoría, del término de La Oliva y que, finalmente, fueron desplazados más al norte-naciente por las residencias de oficiales y suboficiales que se construyeron en 1944.
 
 

Aquel primer desplazamiento de habitantes originó la Barriada de Señor Ruperto, Las Lonjas o Las Lojas, que se construyeron por el Ayuntamiento alineadas a las que para los militares se hicieron al norte del cuartel, y con fondos del Mando Económico de Canarias, en la prolongación de la que hoy es calle Cte. Díaz Trayter.

También los hornos y almacenes sufrieron un desplazamiento hacia Punta Gavioto, con la consiguiente prolongación de viales para llevar la piedra y acarrear la cal hasta los muelles. Y permanecieron, en cambio, los cuartos de los carpinteros de ribera junto al charco.

La primera dotación de equipamientos que se hizo a favor de aquellas gentes del barrio fue el Grupo Escolar Primo de Rivera, de 1945.

Y a las viviendas de la barriada citada se fueron arrimando las de quienes procedentes del norte de la isla continuaron llegando a esta parte de la ciudad en un flujo que con intermitencias se mantuvo a partir de la década de 1950. Médico, juez y empresarios fueron sentando las primeras viviendas que irían pergeñando la prolongación de la avenida Ruperto González Negrín en lo que hoy se llama calle Almirante Lallemand y antaño fue simplemente "calle del Charco", por laorilla. Entre 1955 y 1960 sobrepasaron el medio centenar de casas.

Atentos a la demanda de servicios de esta población y a las necesidades de la intendencia militar, se abrieron establecimientos comerciales mayoristas como "El Consorcio", de Miguel Gil Martel y algunas tienditas de ultramarinos, como la de Andrés Fabricio, que junto a Las Salinas del Viejo (1953), el Matadero de Los Pozos (1956) y la multitud de pequeños comercios, paliaron las necesidades de un vecindario en continuo crecimiento.

La segunda promoción pública de viviendas en El Charco vino de la mano del Instituto Social de la Marina, con treinta y seis casas en la conocida como "barriada de los pescadores", el la década de 1960.

El cine también llegó al barrio a finales del 1960 gracias a la promoción de Casto y Guillermo Martínez Soto bajo denominación de "Cine Marga" (por su padre, Casto Martínez Gallego), y sirvió durante varias décadas al resto de la ciudad y de la isla.

Y sobre el Charco las industrias llamadas a cubrir las infraestructuras básicas para Puerto del Rosario y Fuerteventura: tanto la planta potabilizadora como la planta eléctrica empiezan a funcionar sobre el suelo de la antigua Salina del Viejo, en la década de 1970.
 
 

Cubiertas las necesidades básicas el ya Barrio, con mayúsculas, se organiza en asociaciones vecinales, la Virgen del Mar (1983), la de Las Lojas (1986), y abre un pequeño oratorio al culto católico en honor y advocación de la Virgen del Mar.

Allí abrieron sus puertas el Centro Cultural del Charco y la sociedad Herbania construye su sede trasladándose desde la barriada de las 56 viviendas hasta la orilla del mar, junto al popular carenero y carnadero del viejo Puerto de Cabras, al que también se asoma el Centro de Arte Juan Ismael que se construyó en el solar y respetando la fachada del recordado Cine Marga.

Entre sus valores arquitectónicos patrimoniales aún podemos ver el Cuartel, las casas sencillas fruto de la autoconstrucción de las décadas de 1950 y 1960 y los hornos de Punta Gavioto. Elementos todos que siguen ahí esperando su integración a través del paseo marítimo y de las nuevas infraestructuras culturales programadas.

En el populoso barrio de El Charco, pues, nos encontramos con cuatro fábricas de cal con distinto grado de conservación. Se ubican en el entorno de las calles Teniente Coronel Benedicto, Gregorio Marañón, Miguel de Unamuno y Tomás Morales, presentando el más antiguo (de Los Suárez) vestigios de una rampa que se prolongaba en el marisco, y comparte su edad con otro cercano del que no tenemos datos. Los otros dos son de mayor porte.

 

1, horno de los Berriel, 1946, dos hornillas y aljibe en la esquina sur-naciente. Tenía otras estructuras de viviendas y oficinas hoy derruidas. Aunque no se conservan los tinglados de carga a camiones, dadas las cimentaciones contiguas, supongo que las debieron tener similares a las de don Federico o Punta de Gavioto; lo que si es claro que en ambos se utilizaron vagonetas sobre raíles que unían la hornilla con los almacenes de carga. Por la rampa trasera (que se desarrolla en grandes proporciones) subían los camiones para volcar el carbón de antracita y la piedra junto a las bocas, donde se partían y en carretillas se echaban para cocerlas. El aljibe era la estructura indispensable para abrir la cal viva.

Este, como el de don Federico o el de Punta Gavioto utilizaban camiones para trasladar la cal al muelle comercial.

 

2, horno de los Suárez, quizás el más antiguo, presenta una estructura circular con dos escalerillas de piedra que desde la rampa trasera de aproximación del combustible y la piedra entera, llegaba a la boca del vaso, donde con perolas y a hombros se vertían para cocimiento.

Presenta igualmente estructuras de vivienda-oficina asociadas, posiblemente construidas mucho después que el horno en sí. Es el único que presenta vestigios de una rampa que desciende al marisco, por lo que no me extraña que aquí se utilizara el "saqueo": de la hornilla a los sacos y estos, en carretilla, hasta la rampita para, a hombros acercarlas a los lanchones que las llevaban al velero. Fue el sistema utilizado en La Guirra y que decayó ante las nuevas estructuras mucho más industrializadas, con empresas que en sus propios camiones acercaban la cal al muelle para su embarque.

Como singularidad la estructura presenta dos estribos que flanquean la hornilla y sustenta el peso de la estructura dado el desnivel en que se ubica.

 

3, horno sin datos, el siguiente, al norte del de Los Suárez. También es bastante antiguo, de estructura circular desarrollada en círculos concéntricos que se van reduciendo en altura, próximos a la boca del vaso. Debió cargarse, si no a hombros, si con carretillas; dadas sus dimensiones no parece que los camiones trepasen por la rampa trasera. Presenta vestigios de almacén y vivienda-oficina contigua. Es el que peor se conserva como puede verse en las fotos.


4, horno de don Federico, "el rey de la piedra de cal", en Punta de Gavioto. El más complejo y diversificado, pues conserva vivienda, oficina, tinglados de carga y almacenes a escala industrial. En origen tuvo dos hornillas y, por consiguiente, dos vasos, (como el de los Berriel), pero se amplió al costado norte de aquellas con una nueva hornilla con un diámetro de vaso dos veces superior al de las otras dos. Allí se empleó ladrillo especial, posiblemente refractario como puedes ver en los detalles exteriores de las hornillas, aunque en su interior están enfoscadas. La curiosidad que éste y el de los Berriel presenta es el empleo de hormigón y cemento.




El apagón de los hornos y de la industria calera:
Cuando en 1974 don Manuel Castañeyra Schamann solicitaba al ayuntamiento permiso para el derribo de local de oficinas y archivo de la empresa Hornos de Cal Risco Prieto, posiblemente estuviera cerrando una etapa económica que propició años atrás la proliferación de hornos de cal por el entorno de Puerto del Rosario.

En las década de 1940 y 1950 se construyeron hornos de tipo industrial en todo nuestro litoral, a la vez que, por el muelle comercial (el muelle grande de antaño) se exportaba piedra caliza hacia las islas Gran Canaria y Tenerife. Fue aquella la etapa de la "carga blanca", por ser la piedra de cal y sus derivados la mercancía que mayoritariamente se exportaba.

Pero los hornos ya estuvieron entre nosotros de los primeros tiempos de Puerto de Cabras, registrándose datos de exportaciones puntales de calizas desde los primeros momentos de la ocupación europea de Fuerteventura.

Y ahí siguen, desafiando al abandono y al tiempo unas estructuras industriales que tal vez encuentren algún día la protección que merecen y por la que apostamos.

La documentación se empeña en rescatar las figuras de empresarios e instalaciones a través de un censo de 1954 en el que se recogen 20 hornos:

 
- Federico González Luís (el Rey de la Piedra de Cal), con 3 hornos
- Santiago Morales Saavedra, con dos
- Manuel Bordón Falero, con 3
- Julio Vega Hormiga, con 2
- Carlos Suárez Ruiz, con 1
- Juan Pedro Armas Chacón, con 1
- Juan Berriel Jordán, con 2
- Jacinto Lorenzo Rodríguez, con 2
- Vicente Felipe Domínguez, con 1
- Juan Martín Alonso, con 2
- Claudio Travieso Mederos, con 1

A día de hoy, sólo los hornos de la Guirra, en el término municipal de Antigua, han merecido la figura de protección dispensada por la Ley de Patrimonio Histórico de Canarias, y suponemos que el Cabildo incoó su expediente en momentos inmediatos a la construcción del Centro Comercial Atlántico, pasando una vez construido éste, a integrar parte del paseo marítimo de la zona.

miércoles, 7 de junio de 2017

Gerardo Jorge Machín (1933-2017) en 1964, [foto del archivo digital de Paco Cerdeña]
 
Se apagó otra de las voces importantes de Fuerteventura,

Murió Gerardo Jorge Machín

 

Medalla de Oro de Canarias (2004), Cronista Oficial de Fuerteventura (2005), Medalla de la Ciudad de Puerto del Rosario (1995). Gerardo pertenecía a una de las familias más antiguas del viejo Puerto de Cabras; por partida doble, por los Jorge y por los Machín.

Retirado hace unos años de la vida pública, a sus espaldas llevó por muchos años la responsabilidad de ser la "La Voz de Fuerteventura" en los medios informativos locales, regionales y nacionales. Y aunque se le otorgase el título de Cronista Oficial de la Isla, él, de facto, lo fue siempre, y como él mismo llamó al compañero y amigo en las tareas informativas, Juan José Felipe Lima, cuando falleciera en enero de 1969, Gerardo Jorge Machín, LA VOZ DE FUERTEVENTURA, se apaga y, con ella se nos va un montón de páginas de la historia de Puerto de Cabras…

Pero en el recuerdo imperecedero quedará su memoria que es la memoria de la isla durante más de cuarenta años: Orgulloso se sentía de haber cubierto la estancia del canciller alemán Willy Brandt en la isla y frustrado cuando la censura apagó la noticia, su trabajo, sobre el accidente paracaidista de Tefía en la operación "Maxorata 72". Sus crónicas, sus reportajes, sus entrevistas y sus opiniones quedan ahí, en los periódicos en los que escribió; su voz en los archivos de radio, y su imagen, en los archivos de RTVE, como un reto para que los estudiosos le coloquen en el puesto que merece estar. Una biografía, la del Cronista Oficial de la Isla, que está por escribirse.

A don Gerardo Jorge Machín, las gracias por haber servido muchas veces de fuente escrita para el estudio del Puerto.

A sus hijos, a su familia y amigos, mi más sentido pésame por la irreparable pérdida.

lunes, 3 de abril de 2017

La lucha por la ampliación del muelle en 1957

Otro de los episodios que puso de relieve la apuesta por el muelle de Puerto del Rosario fue protagonizado por don Miguel Velázquez Curbelo (1911-1980).
 
En las fiestas del Rosario de 1957 fui testigo de otros de los episodios que enfrentaron a Gran Tarajal y Puerto del Rosario, un hecho que se repetía desde que en la década de 1890 los del Puerto hicieron su muellito municipal. En esta ocasión fue don Miguel Velázquez Curbelo, en calidad de alcalde del municipio (1950-1958) y consejero del Cabildo (1955-1958).

Don Miguel, último alcalde Puerto de Cabras y primero de Puerto del Rosario, había asumido la presidencia municipal en 1950 y desde entonces le cupo protagonizar importantes obras públicas en el área de vivienda, de abastecimiento de aguas, edificios institucionales, prisión... y también estar presente en la pugna por las ampliaciones del muelle de Puerto.

Como capítulos importantes relacionados con la industria y la agricultura aparecían en la economía insular, entonces alejada del monocultivo del turismo: la piedra de cal, el tomate y la alfalfa. Una fuente de ingresos para los empresarios de aquellos sectores y también para el Cabildo Insular, por el monto de arbitrios sobre importación y exportación.

(foto del libro "Los Presidentes del Cabildo de Fuerteventura. 1913-2013"
 
En una importante sesión del Cabildo Insular de Fuerteventura, don Miguel Velázquez Curbelo, alcalde de Puerto del Rosario, pedía la ampliación, en cien metros, del muelle de la capital; el consejero don Juan Guerrero García, defendía al de Gran Tarajal, argumentando que por éste salía toda la exportación de tomates.

La sesión se celebró el pasado miércoles… bajo la presidencia del titular, Istmo. Señor don Roque Calero Fajardo y con la asistencia de los consejeros don Manuel González Rosales, don Juan Rodríguez Pérez, don Miguel Cabrera Méndez, don Miguel Velázquez Curbelo y don Juan Guerrero García.

La moción del alcalde de Puerto:

Detalle del muelle de Puerto del Rosario, (foto aportada por Paco Cerdeña)
Don Miguel Velázquez Curbelo vino a decir que creía que era una facultad del Cabildo prestar apoyo a las realizaciones que tengan rango de mejora insular. Que el Ayuntamiento de Puerto del Rosario pidió al Director General de Puertos se ampliara en cien metros el muelle existente (el muele grande o comercial, pues ya Puerto tenía dos muelles), basándolo en estos razonamientos: Las realizaciones en un futuro próximo del Plan Trienal por el que se adoptó a Fuerteventura, entre las que figuraba la construcción de un embalse con capacidad para tres millones de metros cerca de la capital; el sistema de engaviado y enarenado del Plan Trienal; los proyectos de tipo industrial, entre ellos el de la firma Sansó, de Barcelona, para fabricar cemento, la proliferación de hornos e industrias de la cal próximas a la bahía; las condiciones técnicas de la ensenada de Puerto del Rosario y su situación estratégica militar.

Defendía el consejero y alcalde que el Puerto del Rosario es el punto geográficamente indicado para realizar operaciones de exportación directa en barcos de gran tonelaje (como lo demostraron los fruteros que se acercarían en la década siguiente para cargar tomate con destino a Europa) y que "mirando a los intereses de los majoreros, y no a los particulares de un pequeño núcleo ( en referencia a Gran Tarajal), o los de absorción nefasta para ellos de alguna otra isla del Archipiélago, hay que hacer que se vuelque en ese puerto toda iniciativa de ese orden". Afirmaba don Miguel que "no se podía pensar que la riqueza de la isla sería siempre la misma, y que lo mismo que ocurrió con la cochinilla y la barrilla, podría ocurrir con otros cultivos de hoy. Que era ridículo pretender que hubiese tantos puertos como playas, y que si la experiencia demuestra que está la isla predestinada a tener un solo puerto ese debe ser el del Rosario".

Acabó su intervención "pidiendo que el Cabildo se adhiriese a la petición del ayuntamiento que presido para que se amplíe el muelle de esta capital en cien metros más, y se oponga a cualquier gestión que por persona o entidad irresponsable se lleve a efecto para mejorar el desembarcadero de Gran Tarajal"

Remató su intervención pidiendo que tan pronto se pudiera utilizar el camino vecinal de Casillas del Ángel a Betancuria por Valle de Santa Inés, se gestionara la suspensión definitiva de la escala que los vapores correos hacían hoy en Gran Tarajal. Idea que hirió rotundamente a los representantes del sur de la isla.

La respuesta de los representantes del Sur:
 
Respondió al alcalde de Puerto del Rosario, el consejero don Juan Guerrero García, quien planteó que "el problema no se puede presentar como una opción entre prolongar cien metros el muelle de Puerto del Rosario o en cincuenta el de Gran Tarajal, sino cuál de los dos es realizable en un futuro próximo y si es posible que el Puerto del Rosario absorba para su embarque toda la producción de la isla".

 
(Foto del libro "Los Presidentes del Cabildo de Fuerteventura. 1913-2013")
 
Y añadió que los intereses insulares de que habla el alcalde de la capital son tan particulares como los que defienden los de Gran Tarajal, es decir, "son intereses económicos de bienes de la isla y por tanto intereses generales de Fuerteventura".

El Seños Guerrero hizo un planteamiento topográfico de la isla para concluir que la isla está dividida en tres zonas claramente delimitadas, "Norte, Centro y Sur y que las lluvias son mucho más frecuentes en las zonas Centro y Sur, donde existe también mayor número de pozos y está el mayor número de tierras de regadío".

Invocó don Juan Guerrero a la partición de bienes comunales protagonizada por los hermanos Velázquez Cabrera a fines del siglo XIX en el sur de la isla, frente al mantenimiento de latifundios en el norte: "como consecuencia de esta diferencia resulta que la amplia zona sur es lo contrario de la zona norte.

Y afirmaba que el Hinterland del Puerto de Gran Tarajal llegaría hasta Antigua, insinuando proyectos como el tren que defendían los "Caballeros de la Orden del Sur" para sacar la producción agrícola por aquel puerto. Además, remató el señor Guerrero García, Gran Tarajal se encuentra a 25 millas de la capital provincial.
 
Foto del antiguo muelle de Gran Tarajal, con su pescante, (foto aportada por Paco Cerdeña)
 
Aunque entonces el asunto se dejó sobre la mesa, Puerto del Rosario siguió logrando en sucesivas ampliaciones lo que hoy es el puerto capital de Fuerteventura.
La cuestión dejó ver, una vez más la competición que se dio por mucho tiempo entre los dos principales puerto de Fuerteventura. Unos enfrentamientos que trascendieron y se canalizaron en otras esferas de la vida insular , como los enfrentamientos deportivos entre ambas localidades.

miércoles, 18 de enero de 2017

La Barriada de las 56 viviendas cumple sesenta años


LA BARRIADA DE LAS CASAS BARATAS DE ARRIBA

O DE LAS 56 VIVIENDAS. PUERTO DEL ROSARIO.

 

Las primeras viviendas económicas o casas baratas se llevaron a cabo en Puerto de Cabras en la década de 1940. Unas fueron en forma de barriadas obreras, como las de la Barriada del Carmen; otras fueron experimentos de organización agraria, como la Colonia Rural García Escámez; otras se hicieron ex profeso para militares, junto a los cuarteles, como la Barriada Militar de El Charco; y otras fueron de realojo de pescadores, expulsados por las obras del muelle y de las residencias de oficiales del ejército, como La Barriada del Señor Ruperto o Las Lojas. Todas esas viviendas se realizaron a través del Mando Económico de Canarias, presidido por el Capitán general de la Región.

 

En la década de 1950 las promociones públicas de viviendas protegidas tuvieron otro signo y se las identificó con otros emblemas y con otros nombres que aún hoy se cuestionan. En Puerto del Rosario fueron dos, una de 25 casas, la Barriada del Rosario o Casas Baratas de Abajo, y otra de 56, La Barriada de José Antonio o Casas Baratas de Arriba.

 
Vista aérea de la zona de las Casas Baratas de Puerto del Rosario en 1967, con la escuela hogar y las viviendas de maestros ya construidas. Foto del Archivo Digital de Paco Cerdeña.

A vista de pájaro aquellos grupos que entonces se construían a las afueras de la población, se nos muestran hoy en zonas céntricas de la ciudad, engullidas por los sucesivos ensanches, pero conservando sus recuerdos, la memoria de las barriadas históricas de Puerto del Rosario.

 

Sobre dos fotos de ayer y de hoy, viejos símbolos, nuevo nombre. Al amparo de la Ley 52/2007 de Memoria Histórica, reflexionamos sobre los cambios de la barriada Islas Canarias en su sesenta cumpleaños.

 
Bendición de la barriada en verano de 1957. Foto del libro "Puerto del Rosario, cien años en la memoria"

Cambió su simbología, pues la fisonomía y la estética, las líneas arquitectónicas se desdibujaron hace ya más de treinta años, posiblemente en aras de la lógica del bienestar y porque las familias adjudicatarias simplemente crecían.

 

Los solares fueron un conflicto. Era y suele ser frecuente que la administración municipal facilitase el terreno a la administración superior; ya fuera cediéndolos de sus bienes de propios, ya comprándolos a algún vecino con ganas de vender, para facilitarlos luego la corporación local al Estado. Así funcionaban las cosas, y la década de 1950, con el ayuntamiento en manos de miembros de Falange, se ocupó en proporcionar edificios públicos, infraestructuras públicas, experimentos de colonización agraria… Se pensaba que la ciudad se estaba haciendo, inventando, y, hasta su propio nombre y el del municipio cambiarían en aquellos años.

 
Al amparo de la Ley de Memoria Histórica de 2007, la Barriada cambia su nombre.

La promoción de viviendas a través del Sindicato único también se dio aquí y, para los solares, se acudió a doña Angeles Fajardo Merino para que vendiese al Ayuntamiento por sí y por sus hijos, una trozada de terreno para lo que calificaba el Consistorio como "Campo de Deportes Municipal". Pero nos asalta la duda de si la cabida de aquella compraventa contenía más terreno del escriturado: ¿y si el solar que compraba el Ayuntamiento fuera de una superficie mayor que llegase, por ejemplo, desde la carretera de La Oliva por Tetir a las paredes de la Rosa de don Vicente Felipe? No me extrañaría nada que éste fuera el caso de lo escriturado en 1952-53 para la construcción de las 56 viviendas prometidas a Puerto de Cabras.

 

Fuera como fuese, tan pronto asumió la alcaldía un falangista, igual que aconteció en la presidencia de otros organismos de la isla desde 1938, los responsables municipales hicieron suyo el empeño de la Obra Sindical del Hogar y Arquitectura y de la Obra Social de Falange, para lograr que de las cuatrocientas y pico viviendas del Plan Sindical de la Vivienda de 1956, se adjudicaran a Puerto de Cabras 56.

 

Tenían pues el terreno. Tenían los dineros de la Sindical. Tenían el empeño de seguir con la tónica de barriadas obreras para todos los municipios. Tal vez le faltara demanda social, algo por estudiar.

 
Una leyenda similar a esta marcaba la partida de nacimiento del barrio en un murete de su minúscula plaza.

Y en abril de 1956 se sacó a subasta la construcción del grupo de viviendas que nos ocupa, cuando aún se trabajaba en la Barriada del Rosario, las casas baratas de abajo en Puerto de Cabras/Puerto del Rosario. Las obras se adjudicaron al contratista majorero Juan Martín Martín, por dos millones y pico de pesetas.

Trabajaron como descosidos, de sol a sol, en un intento de tener acabadas las casas para las inauguraciones del 18 de julio del año siguiente. Y así fue. Aunque nos queda la duda sobre si el acto fue en el 57 o en el 58, apostamos por la primera fecha.

Una vez terminadas las obras, la sorpresa fuñe mayúscula: ¡no había gente para tantas casas en el Puerto! Ni siguiera se cubrieron los cupos de reserva para funcionarios, militares y mutilados de la guerra civil, y difícilmente se justificó el proyecto.

Pero en poco menos de un año se levantaron las 56 viviendas prometidas, cuyos viales fueron bautizados por el Ayuntamiento como calles Tenerife, Hierro, Lanzarote, Gran Canaria y las traviesas de Herbania, La Palma y Gomera.

Y en la minúscula plazoleta ubicada al comienzo de la fila de casas comprendida entre las calles Lanzarote y Gran Canaria, frente a la tienda del barrio, se levantó, a un metro de la pared, un murete de unos dos metros de largo por uno y medio de alto, donde una cartela con los escudos de Falange y de CNS recogían la fecha de nacimiento de la Barriada, punto en el que se bendijo en el verano de 1957.

 

Desde el punto de vista del orden en las adjudicaciones, podríamos afirmar que éstas comenzaron por hilera de casas comprendidas entre las calles Tenerife y El Hierro, las más próximas a las paredes de la Rosa de don Vicente Felipe. Militares y funcionarios ocuparon las casas de aquellas calles.

Y los majoreros. Muchas familias numerosas, lo que se estilaba entonces, que ocuparon las viviendas en las otras dos calles de subida, más próximas al campo de deportes que el Ayuntamiento cedió al Club Deportivo Herbania para su uso y gestión, pero quienes los mantenían "engrasado" fueron los chiquillos de la barriada.

Y como pasó en las otras promociones de viviendas de la década de 1940 en Puerto de Cabras el incremento natural de la población provocó la estampida pues, ni con literas se solucionaba el problema de espacio necesario para las familias ya que la altura de las casas era más bien cortita.

Muchos se fueron, menguó la población al emigrar o embarcarse los hijos mayores que se casaban o simplemente, se iban en busca de trabajo: ahí enfrente estaba el Sahara y la explotación de los fosfatos y de la pesca captó a nuestra gente joven con ganas de hacer perras e independizarse. Así surgió buena parte del barrio de Fabelo.

 
La Barriada con los restos de las casas de los trabajadores a fines de la década de 1960. Foto del libro "Puerto de Cabras-Puerto del Rosario, una ciudad joven"

Sesenta años después, en este año, cumple la barriada, como el que suscribe, las seis décadas de vida. Una buena efeméride para reflexionar y hacer un poco de memoria que compartir e insertar en la historia local de nuestro pueblo.

En fin, al margen de personalizaciones y personalismos, brindemos por la barriada, por el conjunto de memorias que describen y justificarán que somos lo que fuimos.

jueves, 23 de junio de 2016

La cuestión del arbitrio municipal sobre el Muelle Chico, 1923

En la época de Primo de Rivera, la fiscalidad sobre el muelle municipal se llevó al Pleno del Cabildo Insular de Fuerteventura


>> Ayer miércoles, día 28 de noviembre de 1923, asistí a una de mis últimas sesiones corporativas. La convoqué con carácter extraordinario a petición del Coronel Jefe del Batallón Cazadores de Fuerteventura 22, José Rueda Elías, quien dijo que actuaba en calidad de Delegado Especial del Gobierno de Su Majestad y en cuyo nombre nos traía el mensaje de los nuevos tiempos que se vislumbraban bajo los espadones de Primo de Rivera.

Todos acudimos al edificio de la calle Fernández Castañeyra donde el Cabildo y el Ayuntamiento comparten inmueble para sus respectivos quehaceres. Y hasta allí, mirando al mar y al muelle chico, fueron llegando los consejeros convocados: Antonio Bordón Melián, Manuel Morales García, Marcial Jordán Cabrera, Esteban López Rodríguez, Juan Peñate López, Fausto Carrión Arráez, Juan Torres Hernández, Juan Cabrera Aguilar, Cristóbal Cabrera, Luis Rodríguez Vera y yo, que estuve a punto de no acudir, pues razones de salud y achaques de la edad me obligan a guardar reposo.

Allí aguardamos a que llegara el delegado gubernativo durante casi media hora y eso que muchos de los consejeros venían desde Pájara, de Gran Tarajal, de Tuineje, de Antigua, de La Oliva, de la Villa y, los más cercanos, de Tetir y de Casillas del Ángel... todos esperábamos.

Hace diez años –oí comentar- que se constituyó el Cabildo por primera vez y nunca nos había presidido un militar, al menos con su uniforme de brega.

Al poco fuimos entrando a la sala de sesiones, donde el Coronel, para justificarse, nos mostró el oficio de su nombramiento como tal Delegado Especial, autorizado para presidir las instituciones de Fuerteventura, y largó, poco más o menos, la siguiente perorata:

"…un saludo a la Corporación haciendo un llamamiento a todos ustedes, señores consejeros, considerándolos igualmente respetables para que deponiendo posibles rencillas de agravios particulares y remotas disensiones de intereses privados, aporten todas sus energías a la obra patriótica, cuyo deseo representa mi modesta personalidad, cumpliendo el deber de salvaguardar los intereses legítimos españoles en el orden político y en el económico, como un conglomerado de hombres sensatos dispuestos a poner dique a la demasía de los de arriba como a la posible avalancha de ambiciones bastardas de los de abajo…"

Yo me quedé atónito. Escuchaba con respeto aquellas palabras que no dejaban de sorprenderme:

"…ha sonado la hora –siguió la autoridad militar- de la concordia no de la discordia nacional. Y la concordia en esta isla, rincón de España querido de todos, muy digno de sus respetos como todo cuanto cobija el glorioso pabellón español, requiere en primer término la solución del asunto que nos reúne, verdadera piedra angular o caballo de batalla en las sensibles disensiones que le han procurado el honor de venir investido de facultades extraordinarias y no ingerentes sino tan legítimas como dignas…"

Y lo soltó. El tema que nos concitaba aquí era abordar nada menos que el equilibrio de la fiscalidad insular: la exclusión del municipio de Puerto de Cabras de la exacción del arbitrio del Cabildo Insular y el fundamento del dicho ayuntamiento para percibir los arbitrios que viene aplicando por el uso del muelle de su puerto.

Entonces me levanté para, en el ejercicio de mis funciones como presidente, pedirle que me devolviera la vara, no sin agradecerle el alto honor con que nos regalaba al presenciar este acto como delegado gubernativo para mediar en lo que se presentía un choque de banderías localistas, y no se equivocaban. En especial le agradecí la cortesía, mesura y discreción, tan distintas y generosas como encrespadas fueron las de quien vino a disolvernos a finales de septiembre.

Y sabiendo la discrepancia que suscitaría en los representantes del sur, manifesté que el presupuesto del Cabildo ya se había aprobado con exclusión de Puerto de Cabras en el arbitrio de la Institución insular, reconociendo así la peculiaridad de la capital de Fuerteventura con su muelle.

Pero no tardó el señor Coronel presidente en contradecirme alegando que la superioridad no había aprobado el presupuesto con tales exenciones. Y leyó una Real Orden de 1918 para dejar clara su postura contraria a privilegios.

Lo mismo hizo Juan Peñate López, de Tiscamanita, agriando el debate contra Puerto de Cabras, a quien –dijo- además, no le asiste el derecho a cobrar por un muelle que era propiedad del Estado y que si se aplicaban beneficios a Puerto de Cabras, lo mismo debía aplicarse a otros de la isla que también tienen muelle, en clara alusión al pueblo de Gran Tarajal, perteneciente a la jurisdicción de Tuineje.

Y a la postura de Peñate se unieron otros del Sur y el propio Fausto Carrión, de Casillas del Ángel, siempre contrario a las desmesuradas apetencias de quienes gobernaban el Puerto, con mayúsculas.

Yo, como presidente, me mantuve firme en defensa de Puerto de Cabras y de su exclusión de la tarifa insular, frente a lo cual se opuso Esteban López, de Gran Tarajal, invocando, desde el respeto a los consejeros que nos habían precedido, una interpretación errónea de la Real Orden de 1918. Le apoyaron los otros representantes del sur.

Y como esperaban los que promovieron aquella reunión, fui finalmente derrotado al terciar el Coronel Presidente avisando que pondría el asunto en conocimiento del Gobernador Civil, y él mismo –dijo- defendía el final de la tributación del muelle de Puerto de Cabras como arbitrio municipal.

Así terminó aquella reunión, reabriendo la brecha del desequilibrio norte-sur, abono para futuras rivalidades.<<

Estampa del movimiento portuario en el muelle chico. La foto de los veleros del cabotaje en la bahía de Puerto de Cabras se recogía en el especial Bicentenario de la ciudad, publicada por el diario Canarias7, 1995
 
Quien me contó aquel episodio había presidido la Corporación Insular entre 1920 y 1924. Se llamaba Secundino Alonso y Alonso, fallecido en el ejercicio del cargo poco más de un mes después de la citada reunión, la víspera del Día de Reyes de 1924.

Se fue con su firme creencia en que cuanto defendía se ajustaba a derecho. A todos recordaba cuando podía que la imposición del arbitrio municipal a la importación y exportación por Puerto de Cabras databa de 1877; era anterior al muelle municipal, a cuya construcción contribuyeron varios comerciantes de la localidad.

Nos dejó recordando que dichos comerciantes pactaron unas bonificaciones en las operaciones portuarias, de suerte que no sabía si se habían recuperado de la inversión realizada.

Aún presidiendo el Cabildo, creía verdaderamente en la importancia de aquel arbitrio en la Hacienda Municipal del Puerto de Cabras, sin el cual posiblemente quebraría.

Y reconocía que el mantenimiento de aquella infraestructura era demasiado costosa para el municipio, razón por la cual, decía, en 1908 lo cedieron al Estado para su conservación. Y nada se dijo entonces de la exacción de los arbitrios que pesaban sobre el movimiento de mercancías en el malecón de nuestra ciudad.

Después vino la Ley de Cabildos de 1912, su Reglamento del mismo año y la Real Orden de 1918, que lo contrariaban al ver cómo la institución insular reclamaba aquellos arbitrios como fuente de su propia financiación y como fórmula para redistribuir equitativamente los beneficios entre todos los municipios, que era su verdadera función.

Dos años después de su muerte, don Secundino sería rescatado para el callejero de Puerto de Cabras por don Ángel González Brito, que logró convencer a la Comisión Permanente del verdadero sentido de la lucha de aquel presidente insular.
 




miércoles, 17 de febrero de 2016

El Ministro Eduardo Cobian en Puerto de Cabras, 1905

Eduardo Cobian y Rufignac, Ministro de Marina de Alfonso XIII en Puerto de Cabras, 1905
Si tuviéramos que describir el Puerto de Cabras de 1905 bien podríamos acudir a la descripción que nos hiciera un año antes el periodista conejero Isaac Viera:

Eduardo Cobián Rufignac, el Ministro de Marina que visitó Puerto de Cabras en mayo de 1905.


"Es un pueblo costeño, con rudo rostro de viejo lobo de mar en que todas las casas quieren asomarse a ver las olas. Las de la parte baja no tiene delante nada que las estorbe; el resto de las viviendas diríase que se empinan detrás de sus camaradas para atisbar la bahía.- Nada tan típico como la calle principal, que lleva el nombre de León y Castillo; es anchísima... la ascensión al pueblo, que se compone de veinte calles y una bonita plaza, junto a la cual se levanta un hermoso templo consagrado a la Virgen del Rosario... El muelle de Puerto de Cabras pertenece al municipio, es un rinconcito abrigado donde se recuestan a la baja marea las barcas... mientras algún pailebot duerme fuera del espigón, como corresponde a su dignidad naviera..."

Tiempo después sería el semanario local La Aurora quien en su edición de 29 de mayo de 1905, se hacía eco de la visita que hiciera aquel Ministro al archipiélago Canario, centrándose, por supuesto, en su estancia en nuestra capital.

Cañonero de la Armada Española "Álvaro de Bazán", escolta de "la Numancia".
 
Y es que nunca se vió tanto alarde de periodistas, cronistas y séquito: habían de cubrir la primera visita de un ministro español a Fuerteventura. Comisionados de todos los ayuntamientos, representantes de las corporaciones civiles y militares, una dispendiosa comida y de nuevo al barco.

La flotilla venía de Gran Canaria, la integraban un cañonero y una fragata. Llegarían a la bahía de Puerto de Cabras entre las 9 y las 10 de la mañana del día 7 de mayo, que para comunicarlo se había adelantado el cañonero Álvaro de Bazán que con su bocinazo despertó a la población del viejo Puerto; todavía no había llegado aquí el telégrafo, así es que la noticia mejor confirmarla a las autoridades locales y a las guarniciones de la plaza para que todo estuviese preparado.

Y se sucedieron los acontecimientos:

A las nueve y media ya fondeaba en la bahía "La Numancia", aquel remodelado buque del que Pérez Galdós recreó la vuelta al mundo. Al recibimiento se sumaron el alcalde de la localidad, el Teniente Coronel del recién creado Batallón Fuerteventura, Santiago Cúllen Verdugo, un capitán, el subdelegado de Marina, Juan Castro, y el director de La Aurora, José Castañeyra Carballo.

La fragata "Numancia", donde viajó Eduardo Cobián en su visita a Canarias, 1905. [Foto Paco Cerdeña, tomada en el Museo Naval de Las Palmas de Gran Canaria]
 
En cubierta les recibió el Gobernador Civil e hijo adoptivo de Puerto de Cabras, Joaquín Santos Ecay, que les presentó al Ministro de Marina.

Castañeyra, orgulloso de su periódico, cumplimentó a su amigo Ricargo Ruiz y Benítez de Lugo para que le presentara a los corresponsales que cubrían la visita ministerial a Canarias: Fernando Soldevilla, de "La Correspondencia de España": Clodoaldo Peñal, del "Ejército y Armada"; Francisco Barler, de "El Imparcial"; Rafael Maroto, del "Diario Universal"; Ricardo Flores, de "La época"; Prudencio Rovira, de "El Correo Español", de Buenos Aires, y Domingo Tejera, del "Diario de Las Palmas".

La lejanía de la metrópoli, periferia de la periferia, los cronistas se inspiraron... De aquella visita datan las primeras postales de Puerto de Cabras y las primeras fotos que trascendieron con vocación artística y, por supuesto, documental.

Les avisó el Ministro Cobian que la estancia sería corta, que el Rey viajaba al extranjero y quería pasarse por Lanzarote lo antes posible, para despedirse allí de Canarias. Así que a los botes -les dijo.

En el primero de aquellos botes saltaron a tierra el propio Ministro junto a su hijo, el General de marina señor García Vega, su secretario particular y un ayudante, el Teniente Coronel de la Guardia Civil, Cónsul francés, Gobernador Civil, Santos Ecay y el señor Gutiérrez Sobral; les acompañaba el alcalde accidental anfitrión y el teniente coronel Santiago Cúllen Verdugo. El otro bote venía atestado con los periodistas mencionados, junto a un capitán de infantería del Batallón Fuerteventura que no cupo el primero.

Las pitadas de ordenanza sonaron a sus espaldas, provenientes de La Numancia. En el muelle la compañía con bandera del Batallón Fuerteventura rindió los honores al son de la sociedad filarmónica que allí tocaba la marcha real bajo la batuta de Claudio López Hernández o Juan Peñate Quevedo. Todos arropados por el gentío que pudo llegar a las inmediaciones para recibirles: hacia ellos se adelantaron en la Explanada con la mano tendida, los señores Presidente de Cruz Roja, Ramón Fernández, el médico civil, Domingo Hernández González, y el sacerdote, luego primer párroco, Teófilo Martínez de Escobar y Luján.

Se oyeron vivas y silvaron los voladoras hasta estallar en un cielo que escuchaba el bullicio de aquella novelería, justo cuando los botes arrimaron a las escalinatas del muelle chico.

El muelle y la explanada mostraban adornos de flores y palmas donde, entre banderas, se divisaban consignas que mostraban el aparente contento de todos. Y banderas que pendian de las ventanas a ambos lados de la calle León y Castillo, por donde la comitiva subió hasta la plaza de Nuestra Señora del Rosario, donde Iglesia y Ayuntamiento compartían un mismo edificio para sus respectivos quehaceres.

En la casa prevista para el breve reposo del Ministro, departió con el alcalde Puerto de Cabras o,mejor dicho, por quien le sustituía, José Castañeyra, pues a Juan Domínguez Peña ni se le vio, y con el representante municipal de Tuineje, y allí al ladito, en la redacción de La Aurora, hicieron lo propio la gente de la prensa, haciendo tiempo para pasar al comedor donde se ofreció un banquete para cuarenta comensales, si descontamos los comisionados de La Oliva, que llegaron algo tarde.

No hubo brindis, tan solo un agradecimiento del Ministro que, a las doce, se puso en pie para salir corriendo para el muelle donde el gentío y la tropa volvió a repetir lo de un par de horas antes mientras los botes se acercaban a las amuras de La Numancia que inmediatamente levó anclas para abandonar nuestra bahía seguida del Álvaro de Bazán, rumbo a Lanzarote y, desde allí, hacia Cádiz.

Puerto de Cabras en los albores del siglo XX. [foto facilitada por Jesús Hormiga Hormiga, 1994]
 
Y Puerto de Cabras se volvió a adormecer otros doce meses más, acunando entre las aguas de su bahía a los veleros de travesía y del cabotaje de siempre, a los vapores que esporádicamente recalaban por aquí para dar trabajo a los lanchones de don Agustín Pérez, a los la Viuda de Martín e Hijos...

Volvieron a humear los hornos de cal y yeso y el olor del millo tostado y de las moliendas se escapaba por los resquicios de los molinos... El pueblo volvió a replegarse y las fuerzas vivas a especularon con el verdadero sentido de la visita que acababan de cerrar: el año que viene -se decían- nos visitará El Rey.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

La Calle "Guanchinerfe"

Puerto del Rosario cuenta en su callejero con este curioso nombre. Se ubica en el vial que, en rampa, se sitúa a la salida del muelle comercial o muelle grande, uniendo las calles de Ruperto González Negrín y Almirante Lallemand con la del Comandante Díaz Trayter.

Ingeniero de Caminos que diseñó el primer frente marítimo del Puerto, uno; militares los otros dos. En medio, El motovelero "Guanchinerfe".

Perteneciente a la flotilla del armador chicharrero oriundo de Fuerteventura, Rodríguez González, este buque fue el beneficiario de cuantos transportes marítimos hizo la Comisaría de Abastecimientos y Transportes en tiempos del Mando Económico de Canarias, década de 1940, cuando la gente se alimentaba con las cartillas de racionamiento y cuando surgió un buen número de comerciantes que ampliaron sus negocios en torno a los organismos derivados del abastecimiento a la isla, aún terminadas las funciones de aquellas instituciones a partir de 1953, alrededor del Consorcio cuyo almacén se situaba en la calle León y Castillo, cerca de la Explanada del Muelle Chico.

 
El "Guanchinerfe" fue uno de tantos veleros que, a lo largo de la década de 1920, fueron aparejados con motor para darles mayor rapidez y para seguir haciendo lo de siempre: el cabotaje entre islas y el cabotaje interior en unas islas con pésimas carreteras y donde era más fácil utilizar camellos que llevaran las mercancías desde los lugares de producción a los embarcaderos y viceversa. Y en las playas se vio recortar las velas de todos estos buques en lo que denominaban "escalas", pues si el manifiesto de la singladura era, por ejemplo desde cualquiera de los puertos de Tenerife con Puerto de Cabras y escalas, la principal se hacía en La Luz y, desde allí Jandía (por Morro Jable), Matas Blancas, Tarajalejo, Gran Tarajal, Las Playas, Pozo Negro, La Torre, Las Salinas y el Puerto… y regreso por los mismos sitios cuando para ello se los requería.

El protagonismo insinuado para el caso del "Guanchinerfe" tiene especial relevancia en la memoria colectiva porque especialmente se movió en las condiciones dichas cuando la gente de verdad pasó hambre en Fuerteventura, soportando mas de cinco mil militares de los batallones expedicionarios en sus pueblos, y ver recortarse la silueta de aquel velero en las bahías suponía reponer abastos, utilizar la cartilla de racionamiento, llenarse los almacenes del Consorcio e incrementar el movimiento de las tienditas con cartillas adscritas… Pero también la salida del queso, del pescado salado, de las viejas secas y del marisco; del estiércol, de la tierra blanca, de la piedra cal, la cal y el yeso…

Pero la estela del "Guanchinerfe", como la de los Correíllos y otros vapores que nos visitaron, no debería ocultar otros muchos barcos que hicieron exactamente las mismas funciones, como el "Taburiente", "la Inés", "el Arlequín", "la Enriqueta", "la Juanita", "la Dolores", "María del Rosario", "La Rosa", "El Telémaco", "El Rosario", "el Asterope", "la Bella Lucía", "el Diana", "la Estrella", "el Cazón", "La Evelia", "la Estelena", "el Capitán Pírez", "El Marte", "El San Miguel" y tantos otros… especialmente los vinculados a los también oriundos de Fuerteventura "Cotillo-Oliva" o el "Pájaro", este ultimo de Manuel Saavedra. Todos con cargas generales pero, la mayoría, relegados a la carga de la piedra de cal y sus derivados. Todos renquearon haciendo posible las comunicaciones cuando las carreteras ni se imaginaban… ¡Bueno! Algunas sí, que para algo sirvieron los presos de la compañía del Batallón de Castigo en la isla, pero eso es otra historia.