jueves, 23 de junio de 2016

La cuestión del arbitrio municipal sobre el Muelle Chico, 1923

En la época de Primo de Rivera, la fiscalidad sobre el muelle municipal se llevó al Pleno del Cabildo Insular de Fuerteventura


>> Ayer miércoles, día 28 de noviembre de 1923, asistí a una de mis últimas sesiones corporativas. La convoqué con carácter extraordinario a petición del Coronel Jefe del Batallón Cazadores de Fuerteventura 22, José Rueda Elías, quien dijo que actuaba en calidad de Delegado Especial del Gobierno de Su Majestad y en cuyo nombre nos traía el mensaje de los nuevos tiempos que se vislumbraban bajo los espadones de Primo de Rivera.

Todos acudimos al edificio de la calle Fernández Castañeyra donde el Cabildo y el Ayuntamiento comparten inmueble para sus respectivos quehaceres. Y hasta allí, mirando al mar y al muelle chico, fueron llegando los consejeros convocados: Antonio Bordón Melián, Manuel Morales García, Marcial Jordán Cabrera, Esteban López Rodríguez, Juan Peñate López, Fausto Carrión Arráez, Juan Torres Hernández, Juan Cabrera Aguilar, Cristóbal Cabrera, Luis Rodríguez Vera y yo, que estuve a punto de no acudir, pues razones de salud y achaques de la edad me obligan a guardar reposo.

Allí aguardamos a que llegara el delegado gubernativo durante casi media hora y eso que muchos de los consejeros venían desde Pájara, de Gran Tarajal, de Tuineje, de Antigua, de La Oliva, de la Villa y, los más cercanos, de Tetir y de Casillas del Ángel... todos esperábamos.

Hace diez años –oí comentar- que se constituyó el Cabildo por primera vez y nunca nos había presidido un militar, al menos con su uniforme de brega.

Al poco fuimos entrando a la sala de sesiones, donde el Coronel, para justificarse, nos mostró el oficio de su nombramiento como tal Delegado Especial, autorizado para presidir las instituciones de Fuerteventura, y largó, poco más o menos, la siguiente perorata:

"…un saludo a la Corporación haciendo un llamamiento a todos ustedes, señores consejeros, considerándolos igualmente respetables para que deponiendo posibles rencillas de agravios particulares y remotas disensiones de intereses privados, aporten todas sus energías a la obra patriótica, cuyo deseo representa mi modesta personalidad, cumpliendo el deber de salvaguardar los intereses legítimos españoles en el orden político y en el económico, como un conglomerado de hombres sensatos dispuestos a poner dique a la demasía de los de arriba como a la posible avalancha de ambiciones bastardas de los de abajo…"

Yo me quedé atónito. Escuchaba con respeto aquellas palabras que no dejaban de sorprenderme:

"…ha sonado la hora –siguió la autoridad militar- de la concordia no de la discordia nacional. Y la concordia en esta isla, rincón de España querido de todos, muy digno de sus respetos como todo cuanto cobija el glorioso pabellón español, requiere en primer término la solución del asunto que nos reúne, verdadera piedra angular o caballo de batalla en las sensibles disensiones que le han procurado el honor de venir investido de facultades extraordinarias y no ingerentes sino tan legítimas como dignas…"

Y lo soltó. El tema que nos concitaba aquí era abordar nada menos que el equilibrio de la fiscalidad insular: la exclusión del municipio de Puerto de Cabras de la exacción del arbitrio del Cabildo Insular y el fundamento del dicho ayuntamiento para percibir los arbitrios que viene aplicando por el uso del muelle de su puerto.

Entonces me levanté para, en el ejercicio de mis funciones como presidente, pedirle que me devolviera la vara, no sin agradecerle el alto honor con que nos regalaba al presenciar este acto como delegado gubernativo para mediar en lo que se presentía un choque de banderías localistas, y no se equivocaban. En especial le agradecí la cortesía, mesura y discreción, tan distintas y generosas como encrespadas fueron las de quien vino a disolvernos a finales de septiembre.

Y sabiendo la discrepancia que suscitaría en los representantes del sur, manifesté que el presupuesto del Cabildo ya se había aprobado con exclusión de Puerto de Cabras en el arbitrio de la Institución insular, reconociendo así la peculiaridad de la capital de Fuerteventura con su muelle.

Pero no tardó el señor Coronel presidente en contradecirme alegando que la superioridad no había aprobado el presupuesto con tales exenciones. Y leyó una Real Orden de 1918 para dejar clara su postura contraria a privilegios.

Lo mismo hizo Juan Peñate López, de Tiscamanita, agriando el debate contra Puerto de Cabras, a quien –dijo- además, no le asiste el derecho a cobrar por un muelle que era propiedad del Estado y que si se aplicaban beneficios a Puerto de Cabras, lo mismo debía aplicarse a otros de la isla que también tienen muelle, en clara alusión al pueblo de Gran Tarajal, perteneciente a la jurisdicción de Tuineje.

Y a la postura de Peñate se unieron otros del Sur y el propio Fausto Carrión, de Casillas del Ángel, siempre contrario a las desmesuradas apetencias de quienes gobernaban el Puerto, con mayúsculas.

Yo, como presidente, me mantuve firme en defensa de Puerto de Cabras y de su exclusión de la tarifa insular, frente a lo cual se opuso Esteban López, de Gran Tarajal, invocando, desde el respeto a los consejeros que nos habían precedido, una interpretación errónea de la Real Orden de 1918. Le apoyaron los otros representantes del sur.

Y como esperaban los que promovieron aquella reunión, fui finalmente derrotado al terciar el Coronel Presidente avisando que pondría el asunto en conocimiento del Gobernador Civil, y él mismo –dijo- defendía el final de la tributación del muelle de Puerto de Cabras como arbitrio municipal.

Así terminó aquella reunión, reabriendo la brecha del desequilibrio norte-sur, abono para futuras rivalidades.<<

Estampa del movimiento portuario en el muelle chico. La foto de los veleros del cabotaje en la bahía de Puerto de Cabras se recogía en el especial Bicentenario de la ciudad, publicada por el diario Canarias7, 1995
 
Quien me contó aquel episodio había presidido la Corporación Insular entre 1920 y 1924. Se llamaba Secundino Alonso y Alonso, fallecido en el ejercicio del cargo poco más de un mes después de la citada reunión, la víspera del Día de Reyes de 1924.

Se fue con su firme creencia en que cuanto defendía se ajustaba a derecho. A todos recordaba cuando podía que la imposición del arbitrio municipal a la importación y exportación por Puerto de Cabras databa de 1877; era anterior al muelle municipal, a cuya construcción contribuyeron varios comerciantes de la localidad.

Nos dejó recordando que dichos comerciantes pactaron unas bonificaciones en las operaciones portuarias, de suerte que no sabía si se habían recuperado de la inversión realizada.

Aún presidiendo el Cabildo, creía verdaderamente en la importancia de aquel arbitrio en la Hacienda Municipal del Puerto de Cabras, sin el cual posiblemente quebraría.

Y reconocía que el mantenimiento de aquella infraestructura era demasiado costosa para el municipio, razón por la cual, decía, en 1908 lo cedieron al Estado para su conservación. Y nada se dijo entonces de la exacción de los arbitrios que pesaban sobre el movimiento de mercancías en el malecón de nuestra ciudad.

Después vino la Ley de Cabildos de 1912, su Reglamento del mismo año y la Real Orden de 1918, que lo contrariaban al ver cómo la institución insular reclamaba aquellos arbitrios como fuente de su propia financiación y como fórmula para redistribuir equitativamente los beneficios entre todos los municipios, que era su verdadera función.

Dos años después de su muerte, don Secundino sería rescatado para el callejero de Puerto de Cabras por don Ángel González Brito, que logró convencer a la Comisión Permanente del verdadero sentido de la lucha de aquel presidente insular.
 




miércoles, 17 de febrero de 2016

El Ministro Eduardo Cobian en Puerto de Cabras, 1905

Eduardo Cobian y Rufignac, Ministro de Marina de Alfonso XIII en Puerto de Cabras, 1905
Si tuviéramos que describir el Puerto de Cabras de 1905 bien podríamos acudir a la descripción que nos hiciera un año antes el periodista conejero Isaac Viera:

Eduardo Cobián Rufignac, el Ministro de Marina que visitó Puerto de Cabras en mayo de 1905.


"Es un pueblo costeño, con rudo rostro de viejo lobo de mar en que todas las casas quieren asomarse a ver las olas. Las de la parte baja no tiene delante nada que las estorbe; el resto de las viviendas diríase que se empinan detrás de sus camaradas para atisbar la bahía.- Nada tan típico como la calle principal, que lleva el nombre de León y Castillo; es anchísima... la ascensión al pueblo, que se compone de veinte calles y una bonita plaza, junto a la cual se levanta un hermoso templo consagrado a la Virgen del Rosario... El muelle de Puerto de Cabras pertenece al municipio, es un rinconcito abrigado donde se recuestan a la baja marea las barcas... mientras algún pailebot duerme fuera del espigón, como corresponde a su dignidad naviera..."

Tiempo después sería el semanario local La Aurora quien en su edición de 29 de mayo de 1905, se hacía eco de la visita que hiciera aquel Ministro al archipiélago Canario, centrándose, por supuesto, en su estancia en nuestra capital.

Cañonero de la Armada Española "Álvaro de Bazán", escolta de "la Numancia".
 
Y es que nunca se vió tanto alarde de periodistas, cronistas y séquito: habían de cubrir la primera visita de un ministro español a Fuerteventura. Comisionados de todos los ayuntamientos, representantes de las corporaciones civiles y militares, una dispendiosa comida y de nuevo al barco.

La flotilla venía de Gran Canaria, la integraban un cañonero y una fragata. Llegarían a la bahía de Puerto de Cabras entre las 9 y las 10 de la mañana del día 7 de mayo, que para comunicarlo se había adelantado el cañonero Álvaro de Bazán que con su bocinazo despertó a la población del viejo Puerto; todavía no había llegado aquí el telégrafo, así es que la noticia mejor confirmarla a las autoridades locales y a las guarniciones de la plaza para que todo estuviese preparado.

Y se sucedieron los acontecimientos:

A las nueve y media ya fondeaba en la bahía "La Numancia", aquel remodelado buque del que Pérez Galdós recreó la vuelta al mundo. Al recibimiento se sumaron el alcalde de la localidad, el Teniente Coronel del recién creado Batallón Fuerteventura, Santiago Cúllen Verdugo, un capitán, el subdelegado de Marina, Juan Castro, y el director de La Aurora, José Castañeyra Carballo.

La fragata "Numancia", donde viajó Eduardo Cobián en su visita a Canarias, 1905. [Foto Paco Cerdeña, tomada en el Museo Naval de Las Palmas de Gran Canaria]
 
En cubierta les recibió el Gobernador Civil e hijo adoptivo de Puerto de Cabras, Joaquín Santos Ecay, que les presentó al Ministro de Marina.

Castañeyra, orgulloso de su periódico, cumplimentó a su amigo Ricargo Ruiz y Benítez de Lugo para que le presentara a los corresponsales que cubrían la visita ministerial a Canarias: Fernando Soldevilla, de "La Correspondencia de España": Clodoaldo Peñal, del "Ejército y Armada"; Francisco Barler, de "El Imparcial"; Rafael Maroto, del "Diario Universal"; Ricardo Flores, de "La época"; Prudencio Rovira, de "El Correo Español", de Buenos Aires, y Domingo Tejera, del "Diario de Las Palmas".

La lejanía de la metrópoli, periferia de la periferia, los cronistas se inspiraron... De aquella visita datan las primeras postales de Puerto de Cabras y las primeras fotos que trascendieron con vocación artística y, por supuesto, documental.

Les avisó el Ministro Cobian que la estancia sería corta, que el Rey viajaba al extranjero y quería pasarse por Lanzarote lo antes posible, para despedirse allí de Canarias. Así que a los botes -les dijo.

En el primero de aquellos botes saltaron a tierra el propio Ministro junto a su hijo, el General de marina señor García Vega, su secretario particular y un ayudante, el Teniente Coronel de la Guardia Civil, Cónsul francés, Gobernador Civil, Santos Ecay y el señor Gutiérrez Sobral; les acompañaba el alcalde accidental anfitrión y el teniente coronel Santiago Cúllen Verdugo. El otro bote venía atestado con los periodistas mencionados, junto a un capitán de infantería del Batallón Fuerteventura que no cupo el primero.

Las pitadas de ordenanza sonaron a sus espaldas, provenientes de La Numancia. En el muelle la compañía con bandera del Batallón Fuerteventura rindió los honores al son de la sociedad filarmónica que allí tocaba la marcha real bajo la batuta de Claudio López Hernández o Juan Peñate Quevedo. Todos arropados por el gentío que pudo llegar a las inmediaciones para recibirles: hacia ellos se adelantaron en la Explanada con la mano tendida, los señores Presidente de Cruz Roja, Ramón Fernández, el médico civil, Domingo Hernández González, y el sacerdote, luego primer párroco, Teófilo Martínez de Escobar y Luján.

Se oyeron vivas y silvaron los voladoras hasta estallar en un cielo que escuchaba el bullicio de aquella novelería, justo cuando los botes arrimaron a las escalinatas del muelle chico.

El muelle y la explanada mostraban adornos de flores y palmas donde, entre banderas, se divisaban consignas que mostraban el aparente contento de todos. Y banderas que pendian de las ventanas a ambos lados de la calle León y Castillo, por donde la comitiva subió hasta la plaza de Nuestra Señora del Rosario, donde Iglesia y Ayuntamiento compartían un mismo edificio para sus respectivos quehaceres.

En la casa prevista para el breve reposo del Ministro, departió con el alcalde Puerto de Cabras o,mejor dicho, por quien le sustituía, José Castañeyra, pues a Juan Domínguez Peña ni se le vio, y con el representante municipal de Tuineje, y allí al ladito, en la redacción de La Aurora, hicieron lo propio la gente de la prensa, haciendo tiempo para pasar al comedor donde se ofreció un banquete para cuarenta comensales, si descontamos los comisionados de La Oliva, que llegaron algo tarde.

No hubo brindis, tan solo un agradecimiento del Ministro que, a las doce, se puso en pie para salir corriendo para el muelle donde el gentío y la tropa volvió a repetir lo de un par de horas antes mientras los botes se acercaban a las amuras de La Numancia que inmediatamente levó anclas para abandonar nuestra bahía seguida del Álvaro de Bazán, rumbo a Lanzarote y, desde allí, hacia Cádiz.

Puerto de Cabras en los albores del siglo XX. [foto facilitada por Jesús Hormiga Hormiga, 1994]
 
Y Puerto de Cabras se volvió a adormecer otros doce meses más, acunando entre las aguas de su bahía a los veleros de travesía y del cabotaje de siempre, a los vapores que esporádicamente recalaban por aquí para dar trabajo a los lanchones de don Agustín Pérez, a los la Viuda de Martín e Hijos...

Volvieron a humear los hornos de cal y yeso y el olor del millo tostado y de las moliendas se escapaba por los resquicios de los molinos... El pueblo volvió a replegarse y las fuerzas vivas a especularon con el verdadero sentido de la visita que acababan de cerrar: el año que viene -se decían- nos visitará El Rey.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

La Calle "Guanchinerfe"

Puerto del Rosario cuenta en su callejero con este curioso nombre. Se ubica en el vial que, en rampa, se sitúa a la salida del muelle comercial o muelle grande, uniendo las calles de Ruperto González Negrín y Almirante Lallemand con la del Comandante Díaz Trayter.

Ingeniero de Caminos que diseñó el primer frente marítimo del Puerto, uno; militares los otros dos. En medio, El motovelero "Guanchinerfe".

Perteneciente a la flotilla del armador chicharrero oriundo de Fuerteventura, Rodríguez González, este buque fue el beneficiario de cuantos transportes marítimos hizo la Comisaría de Abastecimientos y Transportes en tiempos del Mando Económico de Canarias, década de 1940, cuando la gente se alimentaba con las cartillas de racionamiento y cuando surgió un buen número de comerciantes que ampliaron sus negocios en torno a los organismos derivados del abastecimiento a la isla, aún terminadas las funciones de aquellas instituciones a partir de 1953, alrededor del Consorcio cuyo almacén se situaba en la calle León y Castillo, cerca de la Explanada del Muelle Chico.

 
El "Guanchinerfe" fue uno de tantos veleros que, a lo largo de la década de 1920, fueron aparejados con motor para darles mayor rapidez y para seguir haciendo lo de siempre: el cabotaje entre islas y el cabotaje interior en unas islas con pésimas carreteras y donde era más fácil utilizar camellos que llevaran las mercancías desde los lugares de producción a los embarcaderos y viceversa. Y en las playas se vio recortar las velas de todos estos buques en lo que denominaban "escalas", pues si el manifiesto de la singladura era, por ejemplo desde cualquiera de los puertos de Tenerife con Puerto de Cabras y escalas, la principal se hacía en La Luz y, desde allí Jandía (por Morro Jable), Matas Blancas, Tarajalejo, Gran Tarajal, Las Playas, Pozo Negro, La Torre, Las Salinas y el Puerto… y regreso por los mismos sitios cuando para ello se los requería.

El protagonismo insinuado para el caso del "Guanchinerfe" tiene especial relevancia en la memoria colectiva porque especialmente se movió en las condiciones dichas cuando la gente de verdad pasó hambre en Fuerteventura, soportando mas de cinco mil militares de los batallones expedicionarios en sus pueblos, y ver recortarse la silueta de aquel velero en las bahías suponía reponer abastos, utilizar la cartilla de racionamiento, llenarse los almacenes del Consorcio e incrementar el movimiento de las tienditas con cartillas adscritas… Pero también la salida del queso, del pescado salado, de las viejas secas y del marisco; del estiércol, de la tierra blanca, de la piedra cal, la cal y el yeso…

Pero la estela del "Guanchinerfe", como la de los Correíllos y otros vapores que nos visitaron, no debería ocultar otros muchos barcos que hicieron exactamente las mismas funciones, como el "Taburiente", "la Inés", "el Arlequín", "la Enriqueta", "la Juanita", "la Dolores", "María del Rosario", "La Rosa", "El Telémaco", "El Rosario", "el Asterope", "la Bella Lucía", "el Diana", "la Estrella", "el Cazón", "La Evelia", "la Estelena", "el Capitán Pírez", "El Marte", "El San Miguel" y tantos otros… especialmente los vinculados a los también oriundos de Fuerteventura "Cotillo-Oliva" o el "Pájaro", este ultimo de Manuel Saavedra. Todos con cargas generales pero, la mayoría, relegados a la carga de la piedra de cal y sus derivados. Todos renquearon haciendo posible las comunicaciones cuando las carreteras ni se imaginaban… ¡Bueno! Algunas sí, que para algo sirvieron los presos de la compañía del Batallón de Castigo en la isla, pero eso es otra historia.

jueves, 23 de julio de 2015

El Grupo Escolar "Primo de Rivera" en Puerto de Cabras

Desde la década de 1920 andaba por los presupuestos un proyecto de Grupo Escolar para Puerto de Cabras. Pero feneció la dictadura de Primo de Rivera, pasó la II República y la Guerra Civil y, en la posguerra, mientras el mundo se debatía en su II Gran Guerra del siglo XX... Mientras Canarias sobrevivía bajo el Mando Económico presidido por el Capitán General de la Región, bajo el racionamiento y la austeridad; además de fortificar la Fuerteventura, de acoger en su suelo prisioneros y deportados del bando republicano, de construirse pistas de aterrizaje y cuarteles, presas y "barriadas obreras", se construyó el colegio que nos ocupa.

El "Grupo escolar Primo de Rivera", Puerto de Cabras 1946 (Foto publicada en la revista La Voz de Fuerteventura, 1987-88)
Lo recordamos como Colegio del Charco, en el barrio del mismo nombre, en Puerto del Rosario. Y fue inaugurado el 4 de julio de 1946 por el entonces Capitán General de Canarias y Jefe del Mando Económico de la Región, Francisco García Escámez e Iniesta, con asistencia del Teniente Coronel y Comandante Militar de Fuerteventura, Antonio González Sánchez, del Presidente del Cabildo, Lorenzo Castañeyra, del transitorio alcalde, Teodomiro Pérez Martín, y de Ceferino Erdozain Elizalde, Jefe Insular de Falange Española y de las JONS, entre otras personalidades.
La Barriada Militar surgida para alojar los mandos y cuadros del Cuartel recién construido, aconsejaron la construcción de este centro escolar y de algunas plazas que supusieron el ensanche definitivo de Puerto de Cabras/Puerto del Rosario que daría origen al hoy populoso barrio de El Charco.
Desde marzo de 1945 la Capitanía, el Cabildo y el propio ayuntamiento de Puerto de Cabras, afrontaron este proyecto de construcción escolar para el que el municipio aportó un solar donado por el armador Andrés Rodríguez González (de ANDROGON), no sin resolverse la tercería de dominio bosquejada por Antonio Abad Martín Alonso en favor del primero, al que hubo de hacérsele un aljibe de las mismas características del que había en aquel solar y que había usado para la aguada de sus barcos.
El grupo escolar de El Charco, identificado con una rotulación en azulejos bajo el hastial que enmarcaba el escudo preconstitucional, funcionó durante algunas décadas, hasta que fue demolido en la década de 1990.
Varias generaciones de majoreros que forjaron el barrio, estudiaron en sus aulas durante varias décadas, a cuya memoria se dedica este recuerdo.

viernes, 1 de mayo de 2015

Percances aéreos en Fuerteventura



Desde que los hidroaviones de la década de 1920 sobrevolaron Fuerteventura y la escuadrilla de la compañía francesa Latecoere amerizó en la bahía de Puerto de Cabras; desde que el primer avión en tomar tierra lo hiciera en los llanos de El Viso en 1930; desde entonces se han producido incidentes que, no por sonados, resultan casi olvidados en la historia de la aviación en nuestra isla.


No están todos, seguramente, pero éstos son algunos de los que conviene recordar; no todos directamente relacionados con los aeropuertos, aeródromos o pistas de aterrizaje porque se produjeron en el contexto de unas maniobras militares, no siempre cerca de aquellas instalaciones.


De tiempos del Mando Económico de Canarias, cuando se idearon los planes de defensa de la isla y su fortificación en el contexto de posguerra civil y guerra mundial, datan las dos pistas de Jandía, una de las cuales, coincidente con la propia carretera del faro y del Puertito de la Cruz, aprovechaba aquella luz de señales marítimas para operar; la otra obedeció al empeño de Winter. Una y otra llegaron a utilizarse por jerifaltes del régimen en Gran Canaria, aficionados a la caza y a la pesca en nuestra isla.

De aquellos años también data el primer aeródromo que se abrió al tráfico civil en Tefía y que, dado el peligro y la persistencia de los vientos, se trasladó a Los Estancos, donde funcionó durante casi dos décadas, cortes puntuales de carretera incluidos, pues la pista la atravesaba perpendicularmente y los coches debían ceder el paso. Muchos recordarán la cadenita que nos hacía parar para convertirnos en espectadores de las operaciones de tráfico aéreo.

La foto publicada en grantarajal.es ilustra el accidente sufrido por un JU-52 de la Fuerza Aérea en Rosa los James (Tarajalejo), el 19 de diciembre de 1968.

La historia de la aviación en Fuerteventura recuerda distintos accidentes, alguno especialmente grave, muertos incluidos (tragedias de 1972 en Tefía y 1994 en La Herradura).

Los hubo civiles, frecuentes y de escasa entidad, cuando los junkers trimotores se salían de pistas o les fallaban los motores en Los Estancos, provocando que algún asustado pasajero saliese corriendo del aparato sin escalerilla ni nada. No hay que olvidar que Los Estancos se concibieron inicialmente como pista de socorro y en él efectuaron emergencias los aviones que cubrían la ruta Sahara (Ifni y El Aaiun)-Gando…

Andando el tiempo, también en el aeropuerto internacional de El Matorral, se salió de pista un DC-9 de Iberia que no llegó a asomarse al barranco de Río Cabras porque ya anochecía.

Y desde El Matorral a Suiza, otro DC-9 de Iberia fue secuestrado por tres desorteros de la Legión que lo capturaron recién llegado de Gran Canaria, reteniendo a la tripulación, parte del pasaje y las limpiadoras que fueron liberadas en Lisboa. Fue el primer secuestro aéreo de Canarias, un episodio que se escribió en agosto de 1979.

Pero hubo muchos otros, la mayoría, protagonizados por aparatos militares, sin olvidar los bombardeos que se llegaron a efectuar en sitios tan cercanos a Puerto del Rosario como los Valichuelos, los Lomos de Lesque o la Montaña de Las Veredas que nos separan del actual vertedero que llaman de Zuritas, donde los DC-3 y los cazabombarderos "saeta" dejaron caer sus bombas en la década de 1960.

El primero de que tenemos noticia se produjo el 17 de agosto de 1952, cuando un JU-52 que había despegado logró regresar a Los Estancos al notar su tripulación un fallo en dos de sus motores, acabando el peligro sin mayores consecuencias.

De similares características fue la avería que provocó el aterrizaje forzoso de otro JU-52 del Ejército del Aire que tuvo que echarse sobre la panza en el valle de Tarajalejo para deslizarse sobre su propio fuselaje hasta la Rosa de los James el 19 de diciembre de 1968. El aparato viajaba desde El Aaiun hasta la Base Aérea de Gando y, en esta ocasión, sí hubo heridos leves que fueron trasladados a Gran Tarajal y desde allí evacuados a Gran Canaria.

En octubre de 1969 el incidente fue protagonizado por un caza T-6 de las Fuerzas Aéreas Españolas con base en Gando, cuando viajaba en escuadrilla desde Lanzarote a Gran Canaria. Detectada la avería de su único motor, el piloto optó por forzar el aterrizaje sobre Los Jablitos, cerca de Lajares (La Oliva), resultado herido y trasladado a la Clínica Virgen de la Peña, hospital viejo del Puerto, y desde allí evacuado a Gran Canaria.

A finales de 1994, el 16 de noviembre, fue un helicóptero de la Base de Los Rodeos, en Tenerife, el que tuvo la mala suerte de caer enredado en los cables del tendido eléctrico en el barranco de La Herradura, al noroeste de Puerto del Rosario. Debido a las graves heridas, allí perecieron sus siete tripulantes, en sufragio de cuyas almas se ofició una misa de campaña en el patio de armas del acuertelamiento de La Legión.
 

Antonio Félix, uno de los pioneros del vuelo libre en Puerto del Rosario (Foto publicada en "La Voz de Fuerteventura", 1987-1988)

 Y no podemos cerrar este artículo sin un recuerdo a un pionero del deporte del vuelo libre en Fuerteventura, Antonio Félix Pérez Barrera, que falleció con su pasión de volar cuando su ultraligero se precipitó al suelo en las pistas del viejo aeropuerto de Los Estancos, alboreando el año 1988.

 

domingo, 26 de abril de 2015

La heráldica de Puerto del Rosario

Buscando elementos y señas de identidad

Cuentan los documentos de nuestra historia que, poco después del cambio de nombre de la localidad y municipio, la corporación intentó identificarse con su propia bandera; que consultaron al Comisario de Excavaciones Arqueológicas de Las Palmas, tan asiduo por esta isla en otras décadas, y que recibieron una contundente respuesta: no había más bandera que la Enseña Nacional bicolor. No se volvió a suscitar aquel tema.

Pero sí el del escudo heráldico en un afán de constreñir en él elementos de raigambre histórica que justificaran su propia identidad. En la isla se continuaba rastreando el pasado épico, se hacían excavaciones en Betancuria, en el suelo de la iglesia conventual de San Buenaventura y aún en el de la matriz de la isla.

Roldán Verdejo trabajaba en la trascripción de los papeles viejos del antiguo ayuntamiento insular y había incursionado en otro episodio histórico: la lucha de los majoreros contra el invasor inglés de mediados del siglo XVIII.
 
Bosquejo del escudo heráldico propuesto por Roldán Verdejo para Puerto del Rosario.
 
Y a don Roberto acudieron los munícipes del Puerto para que "diseñase" un posible escudo heráldico que reflejase las inquietudes capitalinas de Puerto del Rosario. Aquel juez no dudó en describir un blasón que llegó al pleno en estos términos:

"La forma del escudo es partida y a su vez hendida la mitad inferior. La parte superior izquierda ostenta un sol en oro sobre campo de gules, representativo de las condiciones turísticas de la zona. La parte superior derecha ostenta un anclote en sable sobre fondo de plata, demostrativo de la importancia comercial de la ciudad y de su puerto, al que hace alusión su nombre de Puerto del Rosario. La parte inferior representa un delfín heráldico en plata sobre fondo de azur, por la importancia pesquera de su costa. Como timbre lleva el escudo la corona condal en oro, ya que fueron señores territoriales de la isla los García de Herrera, condes de la Gomera, Como leyenda, cinta en sinople con letras en oro y en latín "capuz et porta Erbaniae", cabeza y puerto de Fuerteventura."

Aunque aprobado por el Pleno en sesión de 1 de diciembre de 1965, no tuvo, que sepamos, tramitación posterior como blasón municipal, aunque sí como medalla de la ciudad, que lucieron por algún tiempo los miembros de la corporación a partir de la alcaldía de Santiago Mederos González.

Más tarde, ya en tiempos de Matías González García, bibliófilo, liberal, consejero de cabildo y concejal municipal desde los tiempos del cambio de nombre, se rescató otro diseño de medalla realizado por el técnico municipal Victorio Rodríguez Cabrera, aunque sin mucho convencimiento de que llegase a convertirse en escudo del Municipio, por lo que se llevó a la cubierta del programa de las fiestas patronales de octubre de 1980. En este diseño y en el definitivo se incorporó a la cabra como elemento histórico indiscutible de nuestra heráldica.
 
Boceto propuesto por Victorio Rodríguez como escudo heráldico de Puerto del Rosario.
 
Pero fue la segunda corporación de la Democracia la encargada de abrir y culminar el expediente de escudo heráldico de Puerto del Rosario en 1986, cuando aceptó el diseño encargado al especialista en Nobiliaria y Genealogía Miguel Rodríguez Díaz de Quintana, que lo propuso en estos términos:

"Escudo medio partido y cortado: 1º, en plata, tres fajas ajedrezadas de gules y oro, cargada una de otra faja de oro; 2º, en oro, una cabra andante de su color natural, y 3º, en azur, un barco de oro. Timbre; Corona Real cerrada"

Este escudo que actualmente rige, fue aprobado por el Gobierno de Canarias el 24 de marzo de 1986, visto el informe favorable de la Comisión de Heráldica de la Consejería de la Presidencia.
Escudo oficial de Puerto del Rosario, aprobado en 1986.
 
Mas tarde se le añadió el cuero sobre el que reposa nuestro blasón, el que hoy ondea en la bandera municipal tricolor que se aprobó en 2005.

jueves, 12 de marzo de 2015

El Matorral y la zafra del tomate

En los orígenes de un caserío de Puerto del Rosario
 
Los barrancos de La Muley y Jenejey, Goroy, los pozos de agua de Antoñito Martín, los de los Franquiz, la finca de La Marina, la Rosa de Abajo, el Llano de la Mareta o el Tablero de la Vista, son algunos de los topónimos que adornaron este pago de la capital insular, cuando comenzó a despegar, a medio camino entre el Puerto y la Playa de Caleta de Fustes, en la década de 1920, junto al lindero que separaba las jurisdicciones municipales de Antigua y Casillas del Ángel, porque aquella zona era parte del antiguo municipio, hoy perteneciente a Puerto del Rosario.

Trabajadoras del campo. Archivo fotográfico FEDAC
 
Entre los primeros pobladores se encontraban las familias Perdomo-Arocha, Ramos-Morales, Cruz-Morales, Martín-Hernández, Martín-Rodríguez, Acosta-Barrera, Hernández-Martín, Hormiga Martín, Martín-Marichal, Fulgencio-Jorge, Álvarez-Melo, Hormiga-Marichal…

Apenas medio centenar de personas lo poblaban en la década de 1930, en su mayoría dedicadas a la agricultura y la ganadería, pero también a la pesca en algún que otro barquillo; y veinte años después se habían duplicado…

Nuevas familias procedentes de Antigua y La Oliva, fundamentalmente, se sumaron al proyecto de pueblo: Franquiz González, Franquiz Martín, Franquiz Suárez, Franquiz Fleitas, Hernández-Franquiz…

El agua, abundante en la finca de La Marina, permitía regar pequeñas parcelas que se dedicaban a la plantación de alfalfa y, sobre todo, de tomates que, en época de zafra, atraía a gran número de braceros que procedían, fundamentalmente, de las zonas centro y norte de Fuerteventura.

En 1965 las cifras oficiales del Instituto Nacional de Estadística sitúan los efectivos demográficos de El Matorral en torno a los cuatrocientos, unos 365 habitantes; muchos de los cuales eran temporeros ocupados en las plantaciones de tomate que se extendieron por los tableros hasta la desembocadura del barranco de Río de Cabras.

Darias-Hernández, Espinel de Vera, Rodríguez-Cabrera, Alonso-Umpiérrez, Darias-Peña, Pérez-Rodríguez, Figueroa-De León, González-Benítez, González-Hierro, Santana-De León, Padilla-González, Suárez-Cabrera, Ramírez Melián, Padilla-Ruiz, Hierro-Benítez, Montelongo-Reyes, García-Hernández, Pérez-Benítez, Benítez-De León, González Guerra, Hernández García, Gutiérrez Viera, García-Benítez o Vera-Barrios… fueron algunas de las personas y familias que se desplazaron a este caserío del Puerto en la década de 1960, atraídos por la zafra.

Se construyeron cuarterías por los empresarios agrícolas y muchos peones vivían a pie de finca, en casetas temporales acondicionadas por los primeros.

Por aquellos años, y a raíz de este auge poblacional, se acondicionaba el camino vecinal de Puerto del Rosario a Salinas del Carmen que, naturalmente, pasaba por El Matorral. Y, junto a la tiendita se puso en marcha la escuela que pasó de estar en locales alquilados por el ayuntamiento al nuevo centro construido junto a la playa con el plan de construcciones escolares de 1962, con un modelo idéntico al de Tefía o Tesjuates.

Las casas del pueblo en aquellos años se situaban al naciente de la actual carretera, junto al camino vecinal que entonces discurría junto a la orilla, en dirección a Caleta de Fustes y Salinas del Carmen; en aquella zona, frente a la escuela, se construyó la primera ermita que, como todo el barrio estuvo condicionada por el crecimiento de las instalaciones aeroportuarias y se trasladó a la zona que hoy vemos, consolidando así el Barrio Nuevo de El Matorral o, simplemente, El Matorral.