sábado, 13 de diciembre de 2014

Acerca del hambre que se pasó en Fuerteventura en 1936-38

Aquel fue un año agrícola en que no llovió, la gente pasó hambre y la generosidad del resto de las islas, especialmente grancanarias y, en menor medida, tinerfeñas dicen que se desvivió por socorrer los gritos de auxilio de los majoreros… Como, salvando las distancias, lo hicieron en 1683 los náufragos de “El Griego” en Punta de Jandía.
Bueno. Que no lloviera resulta un hecho fortuito y, aunque atribuido a ciclos de un clima semidesértico, en una tierra en que la mayor parte de la población se dedica a la agricultura y a la ganadería, eso causaba estragos y las familias se disgregaban en busca de sustento.

Campesino majorero en Güimar, Tenerife.

Pero no es algo privativo ni específico de 1937 ni de la época de la II República. No, el majorero siempre tuvo preparada la maleta –por decir algo- y a poco que apretase la sequía vendía la mayor parte de su ganado de labor, hipotecaba su terruño y con algunas cabritas se marchaba a Tenerife, a Gran Canaria e incluso a Lanzarote, pero no para que le dieran de comer sino para trabajar, asentándose en La Isleta, en el barranquillo de don Zoilo, en el Barrio de La Salud o en Güimar…
Y cuando las cosas mejoraban volvía y con las tres perras que pudo hacerse en otras islas levantaba la hipoteca que le tenía trincada el cacique más cercano…
Otros, más aventureros, se metieron en renqueantes veleros y se lanzaron en pos de las tierras que sus antepasados habían ido a buscar al otro lado del Atlántico cuando, de verdad, el hambre asfixiaba; y aún así, tampoco rompieron los lazos con su terruño.
Lo que pasó en 1937 es algo mucho más complejo, creo yo. Para empezar, no pongo en dudas que el pueblo pasaba hambre, aunque estuviera lejos del teatro de operaciones militares; cualquier país en guerra la pasa y la Historia pasada y presente nos lo recuerda.
El apoyo decidido a uno de los bandos en contienda situó a las élites majoreras en un lado que no ofrece dudas: ocuparon cargos preeminentes de la administración (ayuntamientos convertidos en oficinas de reclutamiento…) junto a los militares y acabaron asumiendo la representación alzada en la isla y, por consiguiente, promoviendo campañas pro-combatientes, pro-mutilados y mesas petitorias para la compra de algún avión con destino al bando nacional. La prensa de la época está llena de las listas de donantes de oro y metálico no sólo en Puerto de Cabras, sino en toda la isla. ¿De qué hambre hablamos?
En una sociedad que basaba mayoritariamente su economía en la agricultura, la falta de lluvia, naturalmente les privó de óptimas cosechas y aquellas familias numerosas, cargadas de hijos y por tanto de peones para la tierra y aún para emplearse en el comercio, se vieron privadas de los varones que fueron movilizados en la Guerra Civil; una pérdida tanto o más importante que la ocasionada por la lluvia: la falta de mano de obra en el campo.
¿En qué situación quedaban las mujeres y las hijas de los majoreros movilizados? Pues al servicio doméstico unas, al tomate en el tablero de Maspalomas otras pues aquí podemos decir que el agro majorero andaba algo descapitalizado; y muchas con los pasajes de la Beneficencia a los Puertos de Gran Canaria y de Tenerife, que para algo servían los padrones municipales de beneficencia que el cabildo insular exigía actualizar anualmente.
Esta es, en fin, otra de las múltiples aristas de la situación social y económica de Fuerteventura en la que anidó la “hambruna” aireada en la prensa de 1937.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Puerto de Cabras en el corazón

Seguiremos paseando por el viejo Puerto de Cabras, caminando por la calle del Telégrafo, por la del Puente, la playa de las Escuevas o la playa de Los Pozos… Nos asomaremos a la Marina para percibir olores de mar antiguo, de sebas, de yodo; para sentir la espuma de las olas que baten el mentidero de la Explanada, junto al Muelle Chico y el “18 de Julio”, para escuchar el ruido que los carros y las pezuñas de sus bestias arrancan al adoquinado.


En el Paragüitas, en la Bola de Oro o en el kiosco de Antoñito nos detendremos mirando al mar, ese mar que otros prefieren otear desde la balaustrada de la Plaza de España…
Seguiremos, en fin, paseando por el viejo Puerto de Cabras, porque con el nombre perdimos o alteramos el frente marítimo de un pueblo con vocación marinera, al menos de gentes que recuerdan la vieja marina, que recuerdan los barquillos, las gabarras, las goletas, pailebotes y correillos
Que añoran el bullicio de la chiquillería en la playa del muellito, sus aventuras en botes de hojalata o en cámaras de ruedas, esquivando las vísceras que llamaban payos; sus acrobacias de improvisados saltadores desde el malecón, desde la cucaña en el día del Carmen…
Que se estregan los ojos con la humacera de la cal mezclada con los olores del ardiente carbón; con los aromas del pescaito frito y de los churros de Durante…
Que no se sorprenden con el estruendo de piedras volteadas por los camiones sobre el muelle grande, con rebuznos de las burros de algún carro que pasa…
Seguiremos escuchando los sones que se escapan del Pay-Pay, de La Sirena, del Unión Puerto o del Casino, mezclados en nuestra memoria con la música de la Banda de Municipal, seguramente aromados con la fritura de carne cochino en algún chiringuito de la fiesta…
Ya casi nadie escucha la escandalera de los bidones que, desde el muelle, rodaban los muchachos hasta la gasolinera de Don Teodomiro; las voces de Matarife ¡barreno y fuego! cuando se abrían las zanjas del saneamiento a fuego…
Casi nadie escucha ya el silencio de los cortejos que acarreaban a los difuntos hasta la iglesia o los que los llevaban desde ésta al viejo cementerio, serpenteando junto a paredes y tarajales, orillando viejos barranquillos…
Los adioses de quienes tuvieron que marchar a Villacisneros, a El Aium, a Sidi-Ifni se recuerdan en furtivos y efímeros retornos para el Carmen, para el Rosario…
Sordinas que la Historia grande de los países y naciones impusieron para atenuar el lamento: edificios de más de once pisos ¡también aquí!, faltaría más; piche para tapar viejos adoquines; ¡Legionario, Legionario…!...
Seguiremos paseando por el antiguo Puerto de Cabras; con el viejo Puerto en los corazones, echando la quiniela en el quiosco de Eugenio, yendo para el Cine Marga o caminando a Los Pozos para ver el partido Unión Puerto-Gran Tarajal, un encuentro que salpimienta la historia con viejas rivalidades…

Caminaremos, en fin, por el paseo que hoy nos lleva a Playa Blanca, aunque no sé si es el salitre que me pica en los ojos, el murmullo de las olas, o el pregón de El Colorao el que me reaviva esta ristra de pensamientos, de sentimientos que me arrancan un hondo suspiro del alma, un lugar donde aún el Puerto sigue siendo de Cabras.

lunes, 11 de agosto de 2014

La ermita de Tefía cumple trescientos años

De Casillas del Ángel a Tefía, pasando por Tao

También en Tao hubo un pequeño oratorio o ermita, si nos atenemos a lo que pregonan las escrituras al deslindar ciertas fincas de este asentamiento al sur de Tefía. Pero nada sabemos de su advocación ni de si llegó a estar consagrada, pues de momento el silencio documental se mantiene por ahora.
Quienes allí vivieron antes del siglo XVIII eran frecuentemente citados por el viejo cabildo de la isla para que acudieran en prestación vecinal para la limpieza de caminos y fuentes y, hasta no hace mucho, centenarias palmeras, hornos y casas, recordaban aquel sitio en las primeras cartografías de Fuerteventura.
Una vez más la microhistoria de los pueblos y sus gentes nos convida a investigar sobre lo que acabamos de insinuar, repasando las rutas y los caminos antiguos de la isla.
Más al norte de Tao, arrimadas a las faldas de las montañas que nos separan de Tetir, las casas de Tefía de Arriba pregonan con sus ruinas la existencia de viejas casonas (Bethencourt, Rugama…) en las lomadas aledañas. Y abajo, el poblado de La Alcogida, por donde se fue derramando el poblamiento hacia La Montañeta, en lo que hoy es Tefía.

La ermita de San Agustín, Tefía (Fuerteventura), en la actualidad. [foto aportada por Paco Cerdeña]

Y, en medio, la ermita de San Agustín, con sus trescientas festividades, conmemora este año su tricentenario. Atrás queda la larga historia de un caserío que mantuvo el uso ganadero de la Costa de Las Salinas y Jarugo, que vio surgir en sus inmediaciones la presa del barranco de Los Molinos y la Colonia Rural García Escámez, el primer aeropuerto de la isla, la penitenciaría y el acuartelamiento de la Legión; unas llanadas donde los molin@s harineros pregonan viejos cultivos junto a los aeromotores que intentaron también buscar aguas subterráneas…
La festividad que allí nos concita cada año, evoca una vez más su pasado como pueblo esforzado en mantener la tradición y la identidad. Y lo vienen haciendo con tal vocación desde que en marzo les fue concedida licencia para fabricar la ermita y, especialmente, a finales de agosto de 1713, cuando se personaron ante el escribano público Diego Cabrera Betancur los siguientes vecinos de Tefía:

Diego de Acosta
Francisco de Betancur
Andrés de Acosta
Jerónimo de Monroy y Juana de Saavedra
Joseph Francisco y Catalina de Barrios
Nicolás Pérez Sierra
Antonio Miguel y Juana de Saavedra
Juan de la Peña
Juan de Betancur Clavijo
Esteban Hernández Chaqueda y María de la Antigua
Fernando de la O y María de Franquis, viuda de Juan de Morales

Y en su nombre y por los que no asistieron, escrituraron la dotación de la ermita de San Agustín:

“Decimos que por cuanto movidos de la devoción que siempre hemos tenido y tenemos al glorioso doctor San Agustín, nuestro padre en virtud de despacho y licencia que obtenemos de los señores Deán y Cabildo de la Santa Iglesia Catedral de estas islas… estamos fabricando una ermita en este dicho lugar de Tefía con el título del glorioso San Agustín a nuestra propia costa que con efecto está acabada de paredes y cubriéndose de maderas que hemos de tejar, encalar y perfeccionar con la decencia necesaria, la cual habrá de estar... de ella quedará fenecida por todo el  mes de septiembre próximo que vendrá de este presente año y asimismo hemos de poner en ella ornamentos… hasta colocar en dicha ermita la imagen del glorioso doctor San Agustín…”

Entonces hipotecaron y comprometieron para el mantenimiento de la ermita, además de cierto número de reses de varios tipos, 17 fanegadas de tierra hechas y de pan sembrar en distintas suertes inmediatas a Tefía, cuyo valor conjunto ascendía a 680 reales, a 40 por fanegada, capaces de producir, unos años por otros, ocho fanegas y media de trigo.

El empeño de aquel vecindario se vio compensado cuando el 19 de marzo de 1714, día de San José, el vicario de Fuerteventura, Esteban González de Socueba, bajó desde Betancuria para estampar en el libro de la ermita la diligencia de su bendición y autorización para celebrar en ella los oficios religiosos, nombrando como mayordomo y custodio de las llaves a don Francisco Betancur.
Ha pasado trescientos años y el pueblo mantiene viva su llama para un templo que es Bien de Interés Cultural con categoría de Monumento de la Comunidad Autónoma de Canarias.


[Para conocer algo más de nuestro trabajo: La Ermita de San Agustín, Tefía (Fuerteventura), en Tebeto XII, Anuario del Archivo Histórico Insular de Fuerteventura, 1999, en coautoría]

jueves, 26 de junio de 2014

La prensa majorera antes de 1936

Ayer, 25 de junio, se presentó en Puerto del Rosario el libro de Mario Ferrer “Prensa, sociedad y cultura en Lanzarote y Fuerteventura. 1852-1936”. El libro recoge parte de su tesis doctoral en la que se extendió hasta 1982, para dar entrada a la prensa de la transición política en España.
Tuve el honor de leer aquel extenso trabajo en la parte correspondiente a Fuerteventura, razón por la que me comprometió a estar presente en el acto de presentación.
Cuarenta y pico cabeceras de la prensa conejera frente a las tres majoreras, se cuestionó alguno en el debate que siguió a las palabras del autor. Se extendió, como no podía ser de otro modo, en los tres periódicos editados en Fuerteventura: uno manuscrito y confeccionado totalmente manuscrito por Marcial Manuel Velázquez Curbelo, y dos confeccionados en Puerto de Cabras pero impresos en Gran Canaria.
La pregunta sobre la disparidad en el número de cabeceras no podía tener otra respuesta: los conejeros eran muchos más activos que los promotores de Fuerteventura, porque ¿cómo se iba a sostener un periódico rodeado del casi el noventa por ciento de analfabetismo?
Pero la abundancia querrá decir peso, pero no calidad y empaque. Muchos de los medios que se publicaron el Lanzarote fueron fugaces destellos del empeño de sus promotores por hacerse oír en las islas “centrales de Canarias”, Gran Canaria y Tenerife, hacía donde iba buena parte de los periódicos.


Pero ¿y los de Fuerteventura? El primero, el manuscrito de Marcial Manuel nace Tiscamanita en 1881, un lugar que ni siquiera era capital municipal, alentado más por la inquietud intelectual de uno de los miembros de la familia Velázquez que por auténtica necesidad de hacer de vocero del sur. Como una centella, “El Eco de Tiscamanita”, que así se llamaba aquel periódico, duró muy poco.
El segundo, La Aurora, hecho Puerto de Cabras y dirigido por José Castañeyra Carballo con el respaldo intelectual de Ramón Fernández Castañeyra, personaje de muy amplia trayectoria intelectual y política; A nadie se le esconde que era un cacique; en palabras del recordado Francisco Navarro, un cacique que hizo cuanto pudo por Fuerteventura, siempre que no perjudicase sus intereses propios. Pero el periódico y sus creadores se movieron en la línea liberal del partido de Fernando León y Castillo y eso, aún hoy, parece merecer el silencio impuesto por quienes todavía siguen mirando con cristal teñido.
El autor del libro que se presentaba ayer tarde ponderó a “La Aurora” como el de mayor calidad por su diseño y contenido. Fue de los de más larga duración: se editó desde 1900 a 1906, unos 295 ejemplares y algo más de mil páginas de historia majorera.
El tercero de los periódicos de Fuerteventura que trató Mario en su obra, fue “La Voz Majorera”, y también se hizo en Puerto de Cabras, lo administraba Ángel González Brito, aunque se imprimía en Las Palmas de Gran Canaria. La corta vida de esta cabecera sitúa su nacimiento en noviembre o diciembre de 1922, si nos atenemos a la noticia que de ella dio el republicano “El Progreso”, de Santa Cruz de Tenerife; y su muerte en la primavera de 1923.
Algunos se cuestionaron la falta de contestación a las reivindicaciones de periódicos como los tratados, caso de “La Voz Majorera”, que nació para morir con los estertores de la Restauración, cuando sonaron los sables que hicieron efectiva la dictadura de Primo de Rivera y la censura impuesta a la prensa.


¿Dónde pueden consultarse estos periódicos? ¿Son conocidos por el gran público? Por más que uno busca, los escasos números de “El Eco de Tiscamanita”, del que ya diera noticia María Dolores de la Fe en la década de 1980, parecen estar en la Fundación Manuel Velázquez; los de “La Voz Majorera” sé que los conservaba Guillermo Sánchez Velázquez en su archivo: pude ver algunos que el me mostró en su casa.
La Aurora”, en cambio, ha tenido otro camino: lo donó don Ramón Castañeyra Schamann, hijo y nieto de sus promotores, al Ayuntamiento de Puerto del Rosario con su biblioteca; cuyo legado se menciona en la primera cláusula del testamento del amigo de Unamuno en Fuerteventura.
Archivos de prensa digital como los de las universidades de La Laguna y Las Palmas de Gran Canaria, apenas recogen dos años de “La Aurora”, 1900 y 1901, coincidentes con una de las carpetas en que el viejo Ramón encuadernó esta magnífica colección. Nada más. Todavía, en pleno siglo XXI tenemos que desplazarnos incluso de isla para poder consultar nuestra historia.
Y hay quien desde esta precisa atalaya cronológica se conforma con mantener la fijación por estos pocos hitos de la prensa en Fuerteventura: unos para difundirlos, otro para silenciarlo, sin convidar y animar a los nuevos estudiosos a investigar y rastrear la existencia de otras empresas periodísticas de Fuerteventura que, de seguro, las hubo.
Mirándonos el ombligo no avanzaremos y seguramente vamos en contra de la filosofía de aquellos medios que aspiraban justamente a todo lo contrario: hablar de nuestra isla, que se oyera su voz no sólo en las islas centrales de Canarias, sino en la Península y aún en el extranjero. No es extraño que algún día aparezca otra colección de “La Aurora” en otro punto de la mundial geografía y se sorprendan muchos del porqué sigue tapada en el lugar que nació.

Mi enhorabuena, una vez más, a Mario Ferrer por su trabajo, ojalá su ejemplo cunda y abra vías de investigación a futuros majoreros que, de verdad, busquen, rastreen e investiguen con la vocación difusora de este conejero.

viernes, 16 de mayo de 2014

San Isidro Labrador en Fuerteventura

La ermita de Triquivijate
(En blanco y negro)[i]


El patronazgo de los agricultores majoreros se reparte entre San Andrés y San Isidro Labrador.
El primero, como sabemos, fue elegido por sorteo en reunión cabildicia de principios del siglo XVII: se le intentó levantar ermita en El Esquey, paraje situado junto a antiguo linderos de vega, entre Antigua y Valle de Santa Inés; pero, al final, su santuario se erigió en el Valle de la Sargenta, Tetir, a mediados de aquel siglo.
San Isidro, por su parte, aquel que se festeja en la pradera madrileña, tiene su “casa” majorera en el pueblo de Triquivijate, a pocos kilómetros de Antigua, en rumbo nor-noreste. Se trata de un primitivo asentamiento que surgió también en los confines que deslindan la zona de vega y la zona de pastos en aquella parte de Fuerteventura.
Allí, ya desde principios del siglo XVIII, se apreció un cierto auge en la población que, por entonces, decidió erigir su propia ermita.
La inquietud vecinal la encabezaba, entre otros, Francisco Andrés Gopar, Ignacio González, Juan Pérez Coba y Diego Lara. Ellos fueron los que obtuvieron la licencia para levantar el templo el 6 de marzo de 1713.
El obispo Conejero de Molina, con fecha 19 de septiembre de 1714, dictaba auto para que don Esteban González de Socueba, vicario de la Isla de Fuerteventura, pasara desde la Villa de Betancuria al pago de Triquivijate y bendijera la ermita; lo que hizo el día 17 de marzo de 1715, dos años después de otorgada la licencia.
Entre sus vicisitudes administrativas desde el punto de vista religioso, esta ermita, junto con la de San Pedro de Alcántara, en la vecina Ampuyenta, estuvo encartada entre las posibles a convertirse en sede parroquial cuando se proyectaba la nueva distribución de jurisdicciones de finales del siglo XVIII; no obstante, aquella posibilidad solo anduvo por la mente del personero Miguel Blas Vázquez. Lo cierto es que, entre los lugares céntricos para la erección de la nueva parroquia fue elegido el de La Antigua en 1785, en cuya jurisdicción quedó integrada la aldea que nos ocupa.
Pero volvamos a los origines. La primera visita que cursó el obispado al templo de San Isidro Labrador la hizo a través del licenciado Baltasar Pérez Calzadilla, el 20 de marzo de 1718. Con ella se enlegajó su libro de fábrica, al que se fueron incorporando los documentos que harían la historia del pueblo.
De esa forma, el día del patrón de 1720, se hizo constar entre las notas que incorporaron al libro, que la ermita tenía como bienes suyos una marca de ganados donada por Amador de La Cruz, describiéndola del siguiente modo: “una higa al revés en una oreja y en la otra dos garabatos parejos”.
De las anotaciones que hacía el mayordomo de la ermita, se deduce, además, que el ganado, preferentemente camellos, constituyó la principal fuente de ingresos para el mantenimiento del templo. A finales del XVIII, en 1792, se contaban 19 camellas grandes con sus crías y 11 camellos entre grandes y pequeños; todos a cargo del pastor del pueblo que cuidaba también estas reses y cuyo pago del servicio todos contribuían.

Sobre la construcción del templo sabemos que ya en 1715 se había concluido la nave; que hacia 1740 se tapaba la sacristía, recordándonos que el mayordomo que el carpintero que allí trabajó cobró 109 reales.
Sin embargo, el piso de arenisca que colocaron los enlosadores Joseph y Pedro Machín en la década de 1740, fue arrancada y sustituida en 1980 por el piso de granito que hoy vemos en aquella ermita.
Por aquellos años del XVIII se levantó también la espadaña del campanario, que según nos cantaba su mayordomo, le costó 250 reales; y por los mismos años, 1753-1764, se levantó el muro almenado o barbacana que, al igual que la de Ampuyenta o Tefía, luce esta ermita en la actualidad. Les costó levantarlo 2.336 reales.

En 1980-82 visité por primera vez a esta ermita. Nada más entrar me atrajo la mirada su retablito, concebido en tres cuerpos verticales y decorado en abundante filigrana dorada sobre fondo rojo; una hornacina ocupaba y ocupa el centro, flanqueada por sendos lienzos sobre tabla. A los pies, en su basamento, una inscripción pregonaba el año de ejecución y el mayordomo que lo pagó.
Lo contrasté con la documentación y, efectivamente, dicho retablo se construyó en 1756, siendo mayordomo Diego León Borges; le costó, según escribía, 12 fanegas de trigo por la madera, 3 fanegas del mismo cereal por los clavos, 48 fanegas de trigo los jornales del carpintero por su hechura, y 120 fanegas el oro y los colores, donde incluyó el salario del pintor que lo doró.
Casi de las mismas dimensiones del retablo fueron dos grandes cuadros de la vida de San Isidro labrador que se compraron en 1753 y que se colocaron a ambos lados del altar, en las paredes laterales. Me consta que allí estaban los dos en 1980, aunque uno de ellos estaba enrollado en la sacristía.
Y junto a los lienzos que acabamos de mencionar, los del retablo: uno de San José con el Niño, al lado de la epístola, y otro de San Juan Bautista, al lado del evangelio; ambos, como se dijo, lienzos sobre tabla.
Junto a la imagen del santo patrono, la hechura de ángel presente en la ermita desde al menos 1740: se representa con una yunta en ademán de arar, sobre peana de palo y su reja de plata, actualmente a los pies de San Isidro.
Algunos de los cuadritos de una larga serie que aparecía registrada en un inventario de 1764, recogía, entre otros, los de la Virgen del Rosario, el Señor de la Humildad y Paciencia, Santo Domingo, dos de San Antonio, dos de la Inmaculada Concepción, la Candelaria, las Ánimas. De un total de 14 lienzos inventariados no había ninguno en 1980.

El grupo comunitario del pueblo, a principios de la década del 2000, acuñó un nuevo término para contar sus vivencias y la historia del caserío: “triquivijateando”, y lo llevaron a la cubierta y portada del libro que coordinó, entre otros, María del Ángel Sánchez, publicándolo el ayuntamiento de Antigua en 2004, con un añadido, “de Tirajana al Espino del Cuervo.




[i] De nuestro trabajo: Recorrido histórico por nuestras ermitas. Publicado en el semanario La Voz de Fuerteventura, nº 24, el 27 de mayo de 1988.

jueves, 8 de mayo de 2014

San Francisco Javier y su ermita en Fuerteventura

San Francisco Javier y su templo en Las Pocetas, Antigua

Cuando hace algunos años me ocupaba de rastrear en la documentación los orígenes de la ermita de San Francisco Javier, su aspecto no era ni mucho menos el que hoy vemos. Los yerbajos crecían a su alrededor, colándose entre las toscas del empedrado que ennoblecía el pavimento próximo a los poyos que rodeaban el conjunto. No tenía tejas y alguien, en un impulso de dignidad, sobrecogido por la soledad y el abandono, seguramente escuchando el silbido del viento sobre sus paredes, sobre su maltrecho calvario, pintó las cubiertas a la manera que presentan algunas ermitas de Lanzarote o, en nuestra isla, la de El Cotillo.
Quienes nos visitaban, como muchos de los que por aquí vivíamos, no dudaban en aventar el indudable valor que éste, como muchos otros de nuestros templos, imprimían a nuestro eremitorio. Pero pensar en unidades de Patrimonio Histórico en nuestra isla era un sueño, aún no se había redactado la Ley de Patrimonio Histórico de Canarias y la de Patrimonio Histórico Español, apenas se había ocupado del conjunto arquitectónico de Betancuria, elevándolo a la categoría monumental.
Me conformé con recrear su imagen tomando algunas modestas fotografías, sorprendido por los dos estribos del costado del Evangelio y, sobre todo, con deleitarme en la transcripción de la documentación histórica que pude consultar en los archivos parroquiales.
La foto de la ermita de Las Pocetas en 1980. [Colaboración de Paco Cerdeña]

Y la documentación me decía que la ermita había sido construida con licencia del obispo Valentín Morán y Estrada, a mediados del siglo XVIII; aunque la licencia para su bendición y colocación de imagen en el altar no se dictó hasta 1771 en que otro obispo, Juan Bautista Servera, autorizó al vicario de Fuerteventura para que “constándole haberse hecho escritura de dotación para los reparos y ornamentos, pasara a bendecirla”, hecho que tuvo lugar en diciembre de 1775.
En el acto de bendición estuvieron presente el vicario insular, Juan Jacinto Cabrera Betancurt, y los testigos Fray Matía Zurita, predicar jubilado, y Fray Mariano del Carmen Albertos, padre lector de gramática, Francisco Antonio de Córdoba, presbítero, y Jerónimo del Castillo, también presbítero.
Aquel fue, digamos, el acto protocolario. La escritura se acercaba más a lo mundano y a la forma de sufragar los gastos del templo y su mantenimiento. Firmaron así el documento de dotación económica, entre otros, Blas de Soto Cabrera Llerena, Juan Vicente Umpiérrez y Manuel Sánchez, ante el escribano Nicolás Antonio Campos.
También nos recordaban aquellos papeles que, al año siguiente, 1776, la ermita estaba totalmente concluida, aunque pese a su juventud, ya amenazaba ruina en 1800, conforme nos reseñaba su mayordomo José Marichal, quien nos decía que había remediado la situación colocando placas de hierro en las tijeras rotas en la armazón de su techumbre; que entre 1801 y 1807 había comprado tejas para su reconstrucción, así como vigas y tirantes nuevos, pagándose al maestro Antonio, carpintero, 18 pesos y 12 reales por las obras.
Y en los inventarios de cuanto tenía la ermita, anotaba el sacrificio que tuvieron que hacer al desprenderse de algunos elementos de su decoración interior. En 1832 el beneficiado de la parroquia de La Antigua, pedía al mayordomo de la ermita una serie de maderas que varios vecinos habían garantizado para la construcción del retablo de San José en la nueva iglesia parroquial.

Retablo de San Francisco Javier, en la ermita de Las Pocetas, Antigua.

Del mismo modo, en 1794, el obispo autorizaba la venta de una serie de cuadros que se encontraban “perdiendo” en la sacristía de la ermita de San Francisco Javier, preferentemente a quienes los habían donado. Dichos cuadros, 19 en total, figuraban –como decimos- en el inventario de 1776. Entre estas pinturas se mencionaban:
La Magdalena, de 2 varas,
Nuestra Señora de la Concepción, de vara y media,
San Bartolomé, de una vara,
San Agustín, de una vara,
Nuestra Señora de Candelaria, de vara y media
Santo Domingo, de vara y media,
San Francisco Javier, de vara y media,
El Prendimiento de Jesús, de vara y media,
San Marcos, de vara y media,
San Lorenzo, de una vara,
El Señor de la Humildad y Paciencia, de una vara,
San Miguel, de una vara y media,
Nuestra Señora del Carmen, de vara y media,
Santa Rosalía, también de vara y media.

De estos cuadros apenas se nos insinúan sus donantes, pero dejan clara las devociones que  los primeros vecinos de Las Pocetas profesaban a estas imágenes.

Hoy he vuelto a visitar el lugar de las Pocetas para darme cuenta que el tiempo y los acontecimientos han sido exquisitos con su templo: Se ha restaurado primorosamente y se le han devuelto sus tejas y remozado su calvario, dotándola esta vez con figuras de protección jurídica que la han elevado a la categoría de Bien de Interés Cultural catalogándola como monumento en un proceso que, iniciado en 1985, se culminaba en 2008.


[De nuestro trabajo “Noticias Históricas sobre algunas ermitas de Fuerteventura”, presentado a las primeras Jornadas de Historia de Fuerteventura y Lanzarote, 1984]

domingo, 13 de abril de 2014

El último alcalde del Ayuntamiento de Casillas del Ángel

Juan Nolasco Morales se opone a las pretensiones de Puerto de Cabras, 1924-1926

Uno de los últimos episodios en la configuración territorial de la capital de Fuerteventura permanece casi olvidado en algún rincón de la memoria colectiva. Pero no cabe duda de que incidió en las ilusiones, en el trabajo y en la autonomía política de los vecinos del antiguo municipio de Casillas del Ángel y del que apenas suele recordarse la fecha en que se agregó al de Puerto de Cabras.
Pero la extinción de Casillas como municipio se acarició por Puerto de Cabras mucho antes de 1926…
Don Juan Nolasco Morales, entrevistado en momentos próximos a las fiestas patronales de Santa Ana 1970, confesó al corresponsal del diario La Provincia en Fuerteventura que la iniciativa de Puerto de Cabras prosperó arropada por toda una trama político administrativa en los primeros tiempos de la dictadura de Primo de Rivera.
El Estatuto Municipal de 1924 sirvió a los burgueses de Puerto de Cabras para articular el plan de anexión de los municipios colindantes de Casillas del Ángel y de Tetir. En rigor, conforme a lo establecido en aquel texto legal, tanto Tetir como Puerto de Cabras debían ser anexionados por Casillas en base a un censo que superaba los 2.000 habitantes y una extensión superficial lo suficientemente importante para proporcionar los ingresos con que atender sus necesidades. Así lo hizo saber el propio Nolasco Morales y don Fausto Carrión a la Corporación Municipal a mediados de 1924.

Don Fausto apoyó al alcalde don Juan Nolasco Morales en su oposición a la extinción del municipio en 1924. [Foto del libro perfiles de los presidentes del Cabildo de Fuerteventura, coordinado por Inmaculada de Armas Morales, 2013]

Contestaron así –dijo Nolasco Morales- al plan remitido por el Delegado del Gobierno de S.M. en Puerto de Cabras que rediseñaba una isla con tres grandes términos municipales con capitalidades en Gran Tarajal, Antigua y en Puerto de Cabras.
Además –insinuó el entrevistado- Los únicos ingresos del Puerto se basaban en los arbitrios sobre el muelle y, como la institución insular los reclamó como propios en base a la Ley y Reglamento de Cabildos, “el presupuesto quedó más pobre que el nuestro”.
Y Batallaron cuanto pudieron para llevarse el ayuntamiento. Casi dos años duró el asedio: en el camino sucumbió Tetir. Y contra Casillas del Ángel se alentó la insumisión fiscal: los requerimientos que el recaudador ejecutivo mandaba a residentes en Tetir y en Puerto de Cabras llegaban a destiempo gracias a la ralentización de un servicio postal en manos de quienes promovían el asunto anexionista desde el Puerto.
Económicamente estrangulado en el Ayuntamiento de las Casillas del Ángel “seguimos trabajando –se lamentaba el señor Nolasco Morales- como siempre lo habíamos hecho, quintando nuestros mozos, elaborando censos de animales, intentando ejecutar a los deudores residentes en otros municipios…” hasta septiembre de 1926.
Se nos destituyó por vía gubernativa. En enero el Gobernador Civil interino, don Antonio Ribot, nombró delegado de Gobierno en Fuerteventura a don Santiago Cúllen y fue éste el encargado de desmontar el ayuntamiento para constituir otro proclive a la anexión, colocando como alcalde a Juan Vera Carrión.
El resultado –dijo- ya todos lo saben, acordaron disolverse como ayuntamiento y extinguir el Municipio de Casillas por agregación al de Puerto de Cabras.
“¿El pueblo? … [sí que se opuso]… pues porque el pueblo tenía más terrenos propios [y comunales, La Costa de Las Salinas y Jarugo] que constituían un patrimonio de riqueza que entonces desaparecería y nosotros cobrábamos unos impuestos con los que atendíamos a muchas necesidades ... Y aunque nos prometieron muchas cosas, la verdad es que no todas se cumplieron”.

Vecinos de Casillas en una romería, década de 1960, según foto de F. Pérez Lima.

“Fíjese que uno de los secretarios [el penúltimo], Pepe Luís Domínguez Clavijo, tuvo que marcharse con dinero prestado porque no ganaba ni para comer, ya que el Ayuntamiento [ya agobiado por la presión] no le pagaba y tuve que ir al comercio de don José Castañeyra Carballo para hacerme responsable del dinero que debía por cosas de comida”.

Finalmente no prosperó el plan de 1924, pero la distribución de fuerzas ya estaba consolidada en la Fuerteventura de 1926: se confirmó el Cabildo como ente insular y se consiguió que los tres municipios de Casillas del Ángel, Tetir y Puerto de Cabras formaran una sola jurisdicción con capital en el Puerto que ya tenía la capitalidad insular desde la creación del Partido Judicial en 1913.

[De Nuestro trabajo: “Reajustes jurisdiccionales de los municipios majoreros en el primer cuarto del siglo XX”, presentado a las XIII Jornadas de Estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote, septiembre de 2007].

jueves, 27 de marzo de 2014

La renovación del Ayuntamiento de Puerto de Cabras en 1914

Hace cien años, cuando Puerto de Cabras renovaba su Ayuntamiento, integraban la corporación 8 concejales frente a los 7 vocales que formaban parte de la Junta Municipal de Asociados. Quince personas regían los destinos del que entonces era el municipio más pequeño de Fuerteventura.
En la sesión constitutiva del 1 de enero de aquel año se procedió a la renovación parcial y bianual del Ayuntamiento: cesaban los cuatro más viejos en el cargo y, para sustituirlos, tomaban posesión José Pérez Medina, Francisco del Toro Rivero, Juan Martín Alonso y Francisco García Rodríguez. Y éstos, junto a los que permanecían, Claudio López Hernández, Victoriano González Carballo y José Fernández Espino, constituyeron la nueva corporación municipal.
Presidía el acto el alcalde saliente, José Castañeyra Carballo que, además, leyó el nombramiento que le había remitido el Gobernador Civil en favor de Juan Martín Alonso como nuevo presidente de la Corporación.
El alcalde entrante, hijo del empresario Juan Martín Morales y de Agustina Alonso era sobrino del también empresario y político local Secundino Alonso Alonso y permaneció en el cargo hasta el 18 de junio en que siendo cesado por el mismo Gobierno Civil, fue sustituido por Francisco del Toro Rivero.
Como Teniente de Alcalde designaron a José Pérez Medina y como Síndico, a José Castañeyra Carballo.
Siete días después de constituida la corporación se nombraron las cuatro comisiones municipales:
- De presupuestos, intergrada por Victoriano González Carballo, Claudio López Hernández y Francisco del Toro Rivero.
- De hacienda, integrada por José Pérez Medina, Francisco García Rodríguez y José Castañeyra Carballo.
- De Higiene, obras públicas y ornato, integrada por Victoriano González Carballo, José Pérez Medina y José Castañeyra Carballo.
- De arbolado y aguas, integrada por Juan Martín Alonso, Victoriano González Carballo y Francisco García Rodríguez.


Y para la elaboración de presupuestos, ordenanzas fiscales y arbitrios como los establecidos sobre la piedra de cal, la cal y el yeso, en sesiones conjuntas con el Ayuntamiento, se formó el 14 de febrero la Junta Municipal de Asociados, integrada por los siguientes vocales:
Pedro Hernández Barrios, Agustín Medina Rodríguez, Agustín Pérez Rodríguez, Felipe Martos Santana, Vicente Felipe Bravo, Manuel Oramas Martín y Juan Domínguez Peña.
Durante 1914 Cabildo y Ayuntamiento siguieron compartiendo sede en la Casa Consistorial de la Calle del Puente, muy cerca de la Explanada.

sábado, 15 de marzo de 2014

El servicio postal y los carteros rurales

Reapertura de la oficina postal de Puerto de Cabras, 1914

Hace cien años, en 1914, se puso en funcionamiento la oficina postal de Puerto de Cabras, siendo su primer administrador don Juan Salvá y Pons, al que sucedió el majorero don José Medina Berriel y, a su jubilación, el hijo de este pueblo, don Alfonso Felipe Domínguez; luego llegarían los trasladados don Rodrigo García Poves, que inauguró las dependencias que se abrieron en 1968 y quienes le sucedieron en el cargo.

Con anterioridad ya había funcionado en Puerto de Cabras aquella dependencia postal desde al menos 1873 a 1891 en que fue suprimida.
En 1909 se había organizado el servicio postal estableciendo conducciones a caballo desde Puerto de Cabras a La Oliva por Tetir, y desde Puerto de Cabras a Antigua Por Casillas del Ángel.
Diez años después, en 1919, la Dirección General de Correos creó la administración central de Las Palmas de Gran Canaria (más tarde de Las Palmas, en consonancia con el decreto de división provincial de 1927) y reorganizó el servicio postal de Fuerteventura con una conducción de Puerto de Cabras a Gran Tarajal y carterías rurales en Tetir, Casillas del Ángel, La Ampuyenta y la de Puerto de Cabras… después llegarían las Carterías de Enlace Puerto del Rosario-Salinas del Carmen por el Matorral y la de Puerto del Rosario-Guisguey-Time, por Puerto Lajas, entre otras; convertida ya la de Puerto del Rosario en Oficina Técnica de Correos y Telégrafos.
Aquellas fueron las líneas de reparto cubiertas por nuestros carteros rurales que se han ido simplificando y modernizando.

Pero la figura del “cartero rural” en sentido tradicional, de persona cercana y entrañable está en trance de desaparición, seguramente esperando un sentido homenaje; aunque ya pocos quedan de la época en que nuestro municipio y nuestra isla eran deficitarios en carreteras; los tiempos a que nos referimos (décadas de 1940-1970).

"Juanito el Cartero", escultura de Silverio López Márquez en la rotonda de entrada al valle de Tarajalejo (Tuineje). [Foto de Berto García Méndez]
 

Este funcionario conocía a todos y cada uno de los habitantes de los pagos en que ejercía su trabajo repartiendo la correspondencia y adivinando muchas veces quién era el destinatario de tal o cual envío por el simple apodo o por una anécdota que quedó en la memoria colectiva.
A él acudían los suministradores de servicios o de reparto de mercancías en demanda de ayuda, a los que respondía planteándose reflexiones como ésta, poco más o menos: “Curbelo…y cómo dice que es el segundo apellido… Ah, claro, este viene a ser el chico de Eulalio…pero… ¡ahora está en Villa Cisneros!”; todo un ejercicio de genealogista y conocedor de las familias del lugar, parangonable con el cura o el maestro.
El cartero rural llegaba a ser un auténtico “perito conocedor”, siendo buscado para esclarecer propiedades, porque no sólo conocía las familias: también las tierras y hasta las marcas de ganado y, como decíamos, hasta los nombretes, que usaba discrecionalmente para amueblar su memoria.
Hacía de escribano y lector a domicilio ayudando a quienes no tuvieron posibles o les faltó tiempo para aprender a leer y escribir, no por desidia, sino por tener que ayudar a la familia en las tierras, con el ganado y hasta en la casa…
Aguardado en los pueblos, el traía las pensiones y subsidios de los mayores y les entregaba los giros que los muchachos les mandaban desde sus lugares de trabajo cuando emigraban o estaban en el cuartel…
Por eso muchas veces ejerció también de comisionado cuando no de alcalde de barrio.
Eran nuestros carteros rurales los antiguos peatones que “circulaban” los oficios y la correspondencia oficial y particular primero a pie, luego a caballo, después en bicicleta y más tarde motorizándose con motocicletas y coches, hasta nuestros días.


La “casa del correo” o la “casa del teléfono” en nuestro pagos fue señalizada con un cartelito y se acompañaba la primera con el oportuno buzón.

El primer edificio postal de Fuerteventura se construyó en Gran Tarajal, Tuineje, en la década de 1950, con fondos de Regiones Devastadas. Una obra que contrarrestaba las inversiones de otro edificio oficial en Fuerteventura: La Delegación Insular de Gobieno de Puerto de Cabras.

lunes, 10 de febrero de 2014

Carreteras y toponimia: barrancos de nombre desconocido

Barrancos y playas de Puerto del Rosario

En nuestros paseos motorizados o a bordo de nuestros zapatos nos topamos con una serie de accidentes geográficos a los que mentalmente damos nombre, los conocemos, sin caer en la cuenta que otros más jóvenes, visitantes o no nacidos aquí, no tienen por qué conocerlos.
Si imaginamos que la trama urbana y viaria de Puerto del Rosario es un inmenso tapiz que se tiende sobre el territorio, es fácil suponer que una buena cantidad de topónimos quedarían ocultos, olvidados, subterráneos.
Pero ellos, durante mucho tiempo, sirvieron de hitos o mojones que ayudaron a nuestros antepasados a delimitar sus fincas y solares, a orientarse en el trazado de caminos, a referenciar acontecimientos pasados en su entorno con una exactitud propia de los tiempos antiguos, de los tiempos pasados; pero es de mucho interés recordarlos aún en la actualidad.
Por eso aquella toponimia también resulta de gran utilidad a quienes intentan narrar hechos del pasado, ubicar edificios, delimitar caminos, situar accidentes geográficos y sucesos que allí acontecieron…

Barranco Viejo o de La Herradura, cerca de la Garganta del Diablo, en el municipio de Puerto del Rosario, lo cortan caminos y carreteras sin identificarlo. (Foto aportada por Paco Cerdeña)
Nuestro frente marítimo pregona con unos visibles cantiles de basalto dónde estaba la orilla del mar, con muchas de sus playas enterradas y que partiendo, por ejemplo, de la Explanada en dirección sur, por la Avenida Reyes de España, podemos recordar: La de la Carnicería, la de Encarnación Hormiga o de los Jorge, la de Las Cuevas, Escuevas o Mastrantos, la de Juanito El Cojo o del Lastre, La de Los Pozos, la Caleta de Los Pozos y el Carnadero de Los Pozos…
Y aquí me quiero detener. En Los Pozos, porque todo este último entorno alude a los antiguos socavones que permitieron beber a nuestra gente. El barranco del mismo nombre, como el de otros que ahora no vamos a citar, marcó hondamente la toponimia circundante que llegó a bautizar el propio Estadio Municipal.
Sin embargo, el barranco que nos ocupa no aparece identificado en la señalética de carreteras y, como algunos otros, tampoco en el callejero que los soterró.
Acompáñenme, si no, en un recorrido por su cauce desde la desembocadura hasta los cuchillos que separan Casillas del Ángel de Tetir y Las Atalayas del Viso, donde nace.
Poco antes de recibir las aguas de los barrancos de Lugo y Risco Prieto, la carretera del Aeropuerto lo cruza sin pregonar a los curiosos que puentea dicho cauce.
Sigamos el de Risco Prieto hasta las Atalayas del Viso para volvernos a encontrar con que la carretera FV20 y la Circunvalación de Puerto del Rosario saltan por encima sin mencionar su nombre.
Y si ascendemos por el Barranco de Lugo, volvemos a toparnos con la Circunvalación de Puerto del Rosario justo en el punto donde confluye con los Valichuelos o Barichuelos, el Barranco de Jaifa y El Canalizo que, con fuerza viene relevando al de Lucas Méndez hendiéndose en el basalto suelo.

El Barranco del Canalizo, ya citado por  Ramón Castañeyra en en su memoria de costumbres de Fuerteventura en el siglo XIX, lleva las aguas del Barranco Lucas Méndez hasta la confluencia con el de Jaifa-Lugo... Lo vemos impetuoso, por debajo del puente de la antigua carretera de Puerto del Rosario a Tuineje. (Foto aportada por Paco Cerdeña)
Unos y otros vuelven a ser puenteados por la carretera FV20 hacía Antigua en el barranco de Jaifa y en el barranco de El Canalizo donde aquella confluye otra vez con la Circunvalación de Puerto del Rosario, cerca de la Rosa Vila; y en ningún caso la señalética viaria informa de aquellos encuentros, de aquellos topónimos que siguen y seguirán bullendo en la memoria colectiva, siquiera documental o escrita, tan necesaria a los Registradores de la Propiedad, por ejemplo.

El barranco Pilón es un ejemplo que desaparece bajo el proceso de urbanización. Una calle paralela a su cauce perpetua este toponónimo. (Foto aportada por Paco Cerdeña)
Y lo mismo podríamos decir de otros tantos barrancos y barranquillos del municipio de Puerto del Rosario, algunos tan importantes como El de Los Molinos, el de Río Cabras, la Muley, Juana Sánchez o el de La Herradura que permanecen huérfanos de nombre en la señalización viaria, anónimos accidentes de una geografía que intentamos explicar en excursiones de todo tipo porque nos sentimos orgullosos de nuestro patrimonio y también la toponimia forma parte de él.
Concluyo apuntando que cuanta más información se traslade desde el esfuerzo cartográfico a la red de carreteras, caminos y calles, tanto más se enriquecerá nuestra toponimia y por consiguiente, nuestro patrimonio.

lunes, 3 de febrero de 2014

Las cruces de 1900 en Fuerteventura

Las Cruces del siglo en Fuerteventura

Aquella noche ardieron hogueras en muchas montañas de la isla y se levantaron maderos en otros tantos cruces de caminos en llanadas y lomas...
El que fuera párroco de Puerto del Rosario en la década de 1960-70, don Leonilo Molina Ruiz (+), nos regaló un artículo que se publicó con este título en El Eco de Canarias por el día de la Cruz de 1970; allí justificó algunos de los hitos que aún vemos en algunas de nuestras montañas, levantados siguiendo el deseo del papa León XIII en el tránsito del siglo XIX al XX, como monumentos perpetuos a la Fe Cristiana. Dice así:
“…Estas cruces tomaron el nombre de cruz del siglo.- En Fuerteventura tuvieron especial relieve las de Tetir, Pájara y Tuineje que con profundo espíritu religioso se alzaron en lo alto de sus respectivas montañas, sobre el cadáver del siglo que expiraba, para que desde sus cimas fueran el testimonio perenne de la fe del pueblo majorero.
En Tetir, en esa noche última del año, se encendieron gigantescas hogueras en seis de sus montañas. La del Aceitunal, nos cuentan las crónicas, recordaba al Sinaí, porque velada por la niebla en su parte más alta, no se veía sino sus vívidos e imponentes fulgores. Llegada la media noche, se celebró la Santa Misa, que había de abrazar los siglos pasados y futuros, ante una multitud de fieles que con gran fervor religioso llenaba el templo dominicano. Terminada la misa en la que se distribuyeron centenares de comuniones, el párroco, don Antonio Collado, recitó en alta voz la profesión de fe, dictada por el Santo Padre y entre el gran júbilo de aquel inmenso gentío, mientras tronaban los cohetes cruzando el aire y se sentían los repiques de campanas desde lo alto de la torre, fue colocada aquella misma noche una cruz de seis metros de altura, en firme roca, sobre la montaña de San Andrés. Desde entonces, allí con los brazos abiertos como tocando a los dos siglos, y su cabezal elevado por encima como divino pararrayos atrayendo del cielo las gracias y bendiciones para tan fértil vega y piadosa feligresía que todos los años acude hasta ella por el día de San Andrés, patrono de los labradores de la isla. [En el Castillejo de La Asomada hay quien aún sigue la tradición de la hoguera en la cumbre].
Los vecinos de Pájara vivieron el día 31, último del siglo, dando pruebas inequívocas de su inquebrantable fe. A las tres y treinta de la tarde y entre prolongados repiques del campanario de Nuestra Señora de Regla, templo parroquial de fachada de estilo mejicano, llevaron una cruz de siete varas de alto por tres varas de brazo hasta el Pico de la Pila. Al toque de oración del mismo día se encendieron dos grandes hogueras a los lados del misterioso madero que a semejanza de dos grandes lámparas ardieron hasta la madrugada del día primero en la que el pueblo volvió de nuevo en romería. Todo el trayecto de ida  vuelta nos apunta con fidelidad un cronista minucioso: fue amenizado con instrumentos músicos y algunos tiros de escopeta en sustitución a los cohetes que se habían pedido y no llegaron a tiempo.
Es indescriptible también el entusiasmo habido en el pueblo de Tuineje en la tarde del 31 de diciembre de 1899. Se salió en procesión solemne desde el templo parroquial, presidiendo los estandartes de las congregaciones religiosas establecidas en el parroquia, con sus respectivos cofrades, y una multitud innumerable de fieles. La gran cruz de madera, donada por el señor don Sebastián Ramos Medina, comerciante de Las Palmas y propietario en este pueblo, era llevada a hombros por los más ancianos. Una vez colocada en la montaña de Tamasite, terminó el acto ya entrada la noche, con una gran hoguera a la que los pastores contestaron con nuevas hogueras en los montes más altos, haciendo una en el llamado Pico del Caracol, adonde difícilmente se cree aún hoy, que pudieran subir la leña. Entre tanto, con un entusiasmo que rayaba el delirio, prorrumpió la multitud en acalorados vivas ala religión y a sus defensores, a la cruz, a la Iglesia, a  España y al prelado de la diócesis.
De este modo –concluía don Leonilo- vivió Fuerteventura los últimos y primeros días de los siglos XIX y XX, dando público testimonio de su fe, religiosidad y respeto al santo Madero de la Cruz”.

La Cruz del siglo en el morro de su nombre, Betancuria. [foto aportada por Paco Cerdeña]


Pero el mismo homenaje y con procedimientos similares se hizo en Antigua, La Oliva y Betancuria, en cuyas montañas, encrucijadas de caminos y llanuras aún vemos testimonios de tan singular celebración del tránsito del viejo al nuevo siglo XX.
Y en los albores del siglo XXI los caminantes y montañeros seguirán viendo los restos de aquella conmemoración, confundidas con los "descansaderos de los muertos"; incluso arder la leña en alguna de aquellas cimas.

domingo, 19 de enero de 2014

El vapor francés "Nada" encalla en El Cotillo, 1899

El vapor francés “Nada” encalla en la punta de Tostón

También los franceses vinieron a degustar nuestro marisco, yendo a embarrancar en un punto próximo al que llegaron a finales del siglo XVIII los tripulantes de la fragata “Mars”, de la misma nacionalidad, en su encontronazo con otra de la armada británica.
El 20 de agosto de 1899 el vapor “Nada” hacía el trayecto desde Lisboa a la costa de África cuando vino a tocar fondo en los bajos de la punta de El Cotillo, donde naufragó, trasladándose sus tripulantes al Puerto de la Luz y de Las Palmas. Los del “Nada”, nada quisieron saber de los majoreros que intentaron auxiliarles pues, cuando los vieron acercarse en los botes, optaron por dispararles varias andanadas… Y los pobres marineros de El Cotillo, acostumbrados a la solidaridad en el rescate de los muchos naufragios que se produjeron en sus costas, recogieron sus barcas y dieron cuenta a la capitanía marítima de Puerto de Cabras. Llegado el asunto a conocimiento del Delegado de Gobierno en Gran Canaria y advertido por el alcalde de Arrecife de la posibilidad de contagios, mandó a las autoridades majoreras que evitaran cualquier contacto con la gente del buque siniestrado.

Y es que los "sucios" fueron los gabachos, no sólo por la ingratitud demostrada, sino porque procedía de puerto apestado, razón por la cual la autoridad grancanaria, tan pronto llegó el bote con los náufragos, mandó su ingreso en el Lazareto de Gando, no sin antes dar cuenta al Gobernador Civil en Santa Cruz de Tenerife. Y a otra cosa “mes enfants”.