lunes, 10 de febrero de 2014

Carreteras y toponimia: barrancos de nombre desconocido

Barrancos y playas de Puerto del Rosario

En nuestros paseos motorizados o a bordo de nuestros zapatos nos topamos con una serie de accidentes geográficos a los que mentalmente damos nombre, los conocemos, sin caer en la cuenta que otros más jóvenes, visitantes o no nacidos aquí, no tienen por qué conocerlos.
Si imaginamos que la trama urbana y viaria de Puerto del Rosario es un inmenso tapiz que se tiende sobre el territorio, es fácil suponer que una buena cantidad de topónimos quedarían ocultos, olvidados, subterráneos.
Pero ellos, durante mucho tiempo, sirvieron de hitos o mojones que ayudaron a nuestros antepasados a delimitar sus fincas y solares, a orientarse en el trazado de caminos, a referenciar acontecimientos pasados en su entorno con una exactitud propia de los tiempos antiguos, de los tiempos pasados; pero es de mucho interés recordarlos aún en la actualidad.
Por eso aquella toponimia también resulta de gran utilidad a quienes intentan narrar hechos del pasado, ubicar edificios, delimitar caminos, situar accidentes geográficos y sucesos que allí acontecieron…

Barranco Viejo o de La Herradura, cerca de la Garganta del Diablo, en el municipio de Puerto del Rosario, lo cortan caminos y carreteras sin identificarlo. (Foto aportada por Paco Cerdeña)
Nuestro frente marítimo pregona con unos visibles cantiles de basalto dónde estaba la orilla del mar, con muchas de sus playas enterradas y que partiendo, por ejemplo, de la Explanada en dirección sur, por la Avenida Reyes de España, podemos recordar: La de la Carnicería, la de Encarnación Hormiga o de los Jorge, la de Las Cuevas, Escuevas o Mastrantos, la de Juanito El Cojo o del Lastre, La de Los Pozos, la Caleta de Los Pozos y el Carnadero de Los Pozos…
Y aquí me quiero detener. En Los Pozos, porque todo este último entorno alude a los antiguos socavones que permitieron beber a nuestra gente. El barranco del mismo nombre, como el de otros que ahora no vamos a citar, marcó hondamente la toponimia circundante que llegó a bautizar el propio Estadio Municipal.
Sin embargo, el barranco que nos ocupa no aparece identificado en la señalética de carreteras y, como algunos otros, tampoco en el callejero que los soterró.
Acompáñenme, si no, en un recorrido por su cauce desde la desembocadura hasta los cuchillos que separan Casillas del Ángel de Tetir y Las Atalayas del Viso, donde nace.
Poco antes de recibir las aguas de los barrancos de Lugo y Risco Prieto, la carretera del Aeropuerto lo cruza sin pregonar a los curiosos que puentea dicho cauce.
Sigamos el de Risco Prieto hasta las Atalayas del Viso para volvernos a encontrar con que la carretera FV20 y la Circunvalación de Puerto del Rosario saltan por encima sin mencionar su nombre.
Y si ascendemos por el Barranco de Lugo, volvemos a toparnos con la Circunvalación de Puerto del Rosario justo en el punto donde confluye con los Valichuelos o Barichuelos, el Barranco de Jaifa y El Canalizo que, con fuerza viene relevando al de Lucas Méndez hendiéndose en el basalto suelo.

El Barranco del Canalizo, ya citado por  Ramón Castañeyra en en su memoria de costumbres de Fuerteventura en el siglo XIX, lleva las aguas del Barranco Lucas Méndez hasta la confluencia con el de Jaifa-Lugo... Lo vemos impetuoso, por debajo del puente de la antigua carretera de Puerto del Rosario a Tuineje. (Foto aportada por Paco Cerdeña)
Unos y otros vuelven a ser puenteados por la carretera FV20 hacía Antigua en el barranco de Jaifa y en el barranco de El Canalizo donde aquella confluye otra vez con la Circunvalación de Puerto del Rosario, cerca de la Rosa Vila; y en ningún caso la señalética viaria informa de aquellos encuentros, de aquellos topónimos que siguen y seguirán bullendo en la memoria colectiva, siquiera documental o escrita, tan necesaria a los Registradores de la Propiedad, por ejemplo.

El barranco Pilón es un ejemplo que desaparece bajo el proceso de urbanización. Una calle paralela a su cauce perpetua este toponónimo. (Foto aportada por Paco Cerdeña)
Y lo mismo podríamos decir de otros tantos barrancos y barranquillos del municipio de Puerto del Rosario, algunos tan importantes como El de Los Molinos, el de Río Cabras, la Muley, Juana Sánchez o el de La Herradura que permanecen huérfanos de nombre en la señalización viaria, anónimos accidentes de una geografía que intentamos explicar en excursiones de todo tipo porque nos sentimos orgullosos de nuestro patrimonio y también la toponimia forma parte de él.
Concluyo apuntando que cuanta más información se traslade desde el esfuerzo cartográfico a la red de carreteras, caminos y calles, tanto más se enriquecerá nuestra toponimia y por consiguiente, nuestro patrimonio.

lunes, 3 de febrero de 2014

Las cruces de 1900 en Fuerteventura

Las Cruces del siglo en Fuerteventura

Aquella noche ardieron hogueras en muchas montañas de la isla y se levantaron maderos en otros tantos cruces de caminos en llanadas y lomas...
El que fuera párroco de Puerto del Rosario en la década de 1960-70, don Leonilo Molina Ruiz (+), nos regaló un artículo que se publicó con este título en El Eco de Canarias por el día de la Cruz de 1970; allí justificó algunos de los hitos que aún vemos en algunas de nuestras montañas, levantados siguiendo el deseo del papa León XIII en el tránsito del siglo XIX al XX, como monumentos perpetuos a la Fe Cristiana. Dice así:
“…Estas cruces tomaron el nombre de cruz del siglo.- En Fuerteventura tuvieron especial relieve las de Tetir, Pájara y Tuineje que con profundo espíritu religioso se alzaron en lo alto de sus respectivas montañas, sobre el cadáver del siglo que expiraba, para que desde sus cimas fueran el testimonio perenne de la fe del pueblo majorero.
En Tetir, en esa noche última del año, se encendieron gigantescas hogueras en seis de sus montañas. La del Aceitunal, nos cuentan las crónicas, recordaba al Sinaí, porque velada por la niebla en su parte más alta, no se veía sino sus vívidos e imponentes fulgores. Llegada la media noche, se celebró la Santa Misa, que había de abrazar los siglos pasados y futuros, ante una multitud de fieles que con gran fervor religioso llenaba el templo dominicano. Terminada la misa en la que se distribuyeron centenares de comuniones, el párroco, don Antonio Collado, recitó en alta voz la profesión de fe, dictada por el Santo Padre y entre el gran júbilo de aquel inmenso gentío, mientras tronaban los cohetes cruzando el aire y se sentían los repiques de campanas desde lo alto de la torre, fue colocada aquella misma noche una cruz de seis metros de altura, en firme roca, sobre la montaña de San Andrés. Desde entonces, allí con los brazos abiertos como tocando a los dos siglos, y su cabezal elevado por encima como divino pararrayos atrayendo del cielo las gracias y bendiciones para tan fértil vega y piadosa feligresía que todos los años acude hasta ella por el día de San Andrés, patrono de los labradores de la isla. [En el Castillejo de La Asomada hay quien aún sigue la tradición de la hoguera en la cumbre].
Los vecinos de Pájara vivieron el día 31, último del siglo, dando pruebas inequívocas de su inquebrantable fe. A las tres y treinta de la tarde y entre prolongados repiques del campanario de Nuestra Señora de Regla, templo parroquial de fachada de estilo mejicano, llevaron una cruz de siete varas de alto por tres varas de brazo hasta el Pico de la Pila. Al toque de oración del mismo día se encendieron dos grandes hogueras a los lados del misterioso madero que a semejanza de dos grandes lámparas ardieron hasta la madrugada del día primero en la que el pueblo volvió de nuevo en romería. Todo el trayecto de ida  vuelta nos apunta con fidelidad un cronista minucioso: fue amenizado con instrumentos músicos y algunos tiros de escopeta en sustitución a los cohetes que se habían pedido y no llegaron a tiempo.
Es indescriptible también el entusiasmo habido en el pueblo de Tuineje en la tarde del 31 de diciembre de 1899. Se salió en procesión solemne desde el templo parroquial, presidiendo los estandartes de las congregaciones religiosas establecidas en el parroquia, con sus respectivos cofrades, y una multitud innumerable de fieles. La gran cruz de madera, donada por el señor don Sebastián Ramos Medina, comerciante de Las Palmas y propietario en este pueblo, era llevada a hombros por los más ancianos. Una vez colocada en la montaña de Tamasite, terminó el acto ya entrada la noche, con una gran hoguera a la que los pastores contestaron con nuevas hogueras en los montes más altos, haciendo una en el llamado Pico del Caracol, adonde difícilmente se cree aún hoy, que pudieran subir la leña. Entre tanto, con un entusiasmo que rayaba el delirio, prorrumpió la multitud en acalorados vivas ala religión y a sus defensores, a la cruz, a la Iglesia, a  España y al prelado de la diócesis.
De este modo –concluía don Leonilo- vivió Fuerteventura los últimos y primeros días de los siglos XIX y XX, dando público testimonio de su fe, religiosidad y respeto al santo Madero de la Cruz”.

La Cruz del siglo en el morro de su nombre, Betancuria. [foto aportada por Paco Cerdeña]


Pero el mismo homenaje y con procedimientos similares se hizo en Antigua, La Oliva y Betancuria, en cuyas montañas, encrucijadas de caminos y llanuras aún vemos testimonios de tan singular celebración del tránsito del viejo al nuevo siglo XX.
Y en los albores del siglo XXI los caminantes y montañeros seguirán viendo los restos de aquella conmemoración, confundidas con los "descansaderos de los muertos"; incluso arder la leña en alguna de aquellas cimas.