viernes, 16 de mayo de 2014

San Isidro Labrador en Fuerteventura

La ermita de Triquivijate
(En blanco y negro)[i]


El patronazgo de los agricultores majoreros se reparte entre San Andrés y San Isidro Labrador.
El primero, como sabemos, fue elegido por sorteo en reunión cabildicia de principios del siglo XVII: se le intentó levantar ermita en El Esquey, paraje situado junto a antiguo linderos de vega, entre Antigua y Valle de Santa Inés; pero, al final, su santuario se erigió en el Valle de la Sargenta, Tetir, a mediados de aquel siglo.
San Isidro, por su parte, aquel que se festeja en la pradera madrileña, tiene su “casa” majorera en el pueblo de Triquivijate, a pocos kilómetros de Antigua, en rumbo nor-noreste. Se trata de un primitivo asentamiento que surgió también en los confines que deslindan la zona de vega y la zona de pastos en aquella parte de Fuerteventura.
Allí, ya desde principios del siglo XVIII, se apreció un cierto auge en la población que, por entonces, decidió erigir su propia ermita.
La inquietud vecinal la encabezaba, entre otros, Francisco Andrés Gopar, Ignacio González, Juan Pérez Coba y Diego Lara. Ellos fueron los que obtuvieron la licencia para levantar el templo el 6 de marzo de 1713.
El obispo Conejero de Molina, con fecha 19 de septiembre de 1714, dictaba auto para que don Esteban González de Socueba, vicario de la Isla de Fuerteventura, pasara desde la Villa de Betancuria al pago de Triquivijate y bendijera la ermita; lo que hizo el día 17 de marzo de 1715, dos años después de otorgada la licencia.
Entre sus vicisitudes administrativas desde el punto de vista religioso, esta ermita, junto con la de San Pedro de Alcántara, en la vecina Ampuyenta, estuvo encartada entre las posibles a convertirse en sede parroquial cuando se proyectaba la nueva distribución de jurisdicciones de finales del siglo XVIII; no obstante, aquella posibilidad solo anduvo por la mente del personero Miguel Blas Vázquez. Lo cierto es que, entre los lugares céntricos para la erección de la nueva parroquia fue elegido el de La Antigua en 1785, en cuya jurisdicción quedó integrada la aldea que nos ocupa.
Pero volvamos a los origines. La primera visita que cursó el obispado al templo de San Isidro Labrador la hizo a través del licenciado Baltasar Pérez Calzadilla, el 20 de marzo de 1718. Con ella se enlegajó su libro de fábrica, al que se fueron incorporando los documentos que harían la historia del pueblo.
De esa forma, el día del patrón de 1720, se hizo constar entre las notas que incorporaron al libro, que la ermita tenía como bienes suyos una marca de ganados donada por Amador de La Cruz, describiéndola del siguiente modo: “una higa al revés en una oreja y en la otra dos garabatos parejos”.
De las anotaciones que hacía el mayordomo de la ermita, se deduce, además, que el ganado, preferentemente camellos, constituyó la principal fuente de ingresos para el mantenimiento del templo. A finales del XVIII, en 1792, se contaban 19 camellas grandes con sus crías y 11 camellos entre grandes y pequeños; todos a cargo del pastor del pueblo que cuidaba también estas reses y cuyo pago del servicio todos contribuían.

Sobre la construcción del templo sabemos que ya en 1715 se había concluido la nave; que hacia 1740 se tapaba la sacristía, recordándonos que el mayordomo que el carpintero que allí trabajó cobró 109 reales.
Sin embargo, el piso de arenisca que colocaron los enlosadores Joseph y Pedro Machín en la década de 1740, fue arrancada y sustituida en 1980 por el piso de granito que hoy vemos en aquella ermita.
Por aquellos años del XVIII se levantó también la espadaña del campanario, que según nos cantaba su mayordomo, le costó 250 reales; y por los mismos años, 1753-1764, se levantó el muro almenado o barbacana que, al igual que la de Ampuyenta o Tefía, luce esta ermita en la actualidad. Les costó levantarlo 2.336 reales.

En 1980-82 visité por primera vez a esta ermita. Nada más entrar me atrajo la mirada su retablito, concebido en tres cuerpos verticales y decorado en abundante filigrana dorada sobre fondo rojo; una hornacina ocupaba y ocupa el centro, flanqueada por sendos lienzos sobre tabla. A los pies, en su basamento, una inscripción pregonaba el año de ejecución y el mayordomo que lo pagó.
Lo contrasté con la documentación y, efectivamente, dicho retablo se construyó en 1756, siendo mayordomo Diego León Borges; le costó, según escribía, 12 fanegas de trigo por la madera, 3 fanegas del mismo cereal por los clavos, 48 fanegas de trigo los jornales del carpintero por su hechura, y 120 fanegas el oro y los colores, donde incluyó el salario del pintor que lo doró.
Casi de las mismas dimensiones del retablo fueron dos grandes cuadros de la vida de San Isidro labrador que se compraron en 1753 y que se colocaron a ambos lados del altar, en las paredes laterales. Me consta que allí estaban los dos en 1980, aunque uno de ellos estaba enrollado en la sacristía.
Y junto a los lienzos que acabamos de mencionar, los del retablo: uno de San José con el Niño, al lado de la epístola, y otro de San Juan Bautista, al lado del evangelio; ambos, como se dijo, lienzos sobre tabla.
Junto a la imagen del santo patrono, la hechura de ángel presente en la ermita desde al menos 1740: se representa con una yunta en ademán de arar, sobre peana de palo y su reja de plata, actualmente a los pies de San Isidro.
Algunos de los cuadritos de una larga serie que aparecía registrada en un inventario de 1764, recogía, entre otros, los de la Virgen del Rosario, el Señor de la Humildad y Paciencia, Santo Domingo, dos de San Antonio, dos de la Inmaculada Concepción, la Candelaria, las Ánimas. De un total de 14 lienzos inventariados no había ninguno en 1980.

El grupo comunitario del pueblo, a principios de la década del 2000, acuñó un nuevo término para contar sus vivencias y la historia del caserío: “triquivijateando”, y lo llevaron a la cubierta y portada del libro que coordinó, entre otros, María del Ángel Sánchez, publicándolo el ayuntamiento de Antigua en 2004, con un añadido, “de Tirajana al Espino del Cuervo.




[i] De nuestro trabajo: Recorrido histórico por nuestras ermitas. Publicado en el semanario La Voz de Fuerteventura, nº 24, el 27 de mayo de 1988.

jueves, 8 de mayo de 2014

San Francisco Javier y su ermita en Fuerteventura

San Francisco Javier y su templo en Las Pocetas, Antigua

Cuando hace algunos años me ocupaba de rastrear en la documentación los orígenes de la ermita de San Francisco Javier, su aspecto no era ni mucho menos el que hoy vemos. Los yerbajos crecían a su alrededor, colándose entre las toscas del empedrado que ennoblecía el pavimento próximo a los poyos que rodeaban el conjunto. No tenía tejas y alguien, en un impulso de dignidad, sobrecogido por la soledad y el abandono, seguramente escuchando el silbido del viento sobre sus paredes, sobre su maltrecho calvario, pintó las cubiertas a la manera que presentan algunas ermitas de Lanzarote o, en nuestra isla, la de El Cotillo.
Quienes nos visitaban, como muchos de los que por aquí vivíamos, no dudaban en aventar el indudable valor que éste, como muchos otros de nuestros templos, imprimían a nuestro eremitorio. Pero pensar en unidades de Patrimonio Histórico en nuestra isla era un sueño, aún no se había redactado la Ley de Patrimonio Histórico de Canarias y la de Patrimonio Histórico Español, apenas se había ocupado del conjunto arquitectónico de Betancuria, elevándolo a la categoría monumental.
Me conformé con recrear su imagen tomando algunas modestas fotografías, sorprendido por los dos estribos del costado del Evangelio y, sobre todo, con deleitarme en la transcripción de la documentación histórica que pude consultar en los archivos parroquiales.
La foto de la ermita de Las Pocetas en 1980. [Colaboración de Paco Cerdeña]

Y la documentación me decía que la ermita había sido construida con licencia del obispo Valentín Morán y Estrada, a mediados del siglo XVIII; aunque la licencia para su bendición y colocación de imagen en el altar no se dictó hasta 1771 en que otro obispo, Juan Bautista Servera, autorizó al vicario de Fuerteventura para que “constándole haberse hecho escritura de dotación para los reparos y ornamentos, pasara a bendecirla”, hecho que tuvo lugar en diciembre de 1775.
En el acto de bendición estuvieron presente el vicario insular, Juan Jacinto Cabrera Betancurt, y los testigos Fray Matía Zurita, predicar jubilado, y Fray Mariano del Carmen Albertos, padre lector de gramática, Francisco Antonio de Córdoba, presbítero, y Jerónimo del Castillo, también presbítero.
Aquel fue, digamos, el acto protocolario. La escritura se acercaba más a lo mundano y a la forma de sufragar los gastos del templo y su mantenimiento. Firmaron así el documento de dotación económica, entre otros, Blas de Soto Cabrera Llerena, Juan Vicente Umpiérrez y Manuel Sánchez, ante el escribano Nicolás Antonio Campos.
También nos recordaban aquellos papeles que, al año siguiente, 1776, la ermita estaba totalmente concluida, aunque pese a su juventud, ya amenazaba ruina en 1800, conforme nos reseñaba su mayordomo José Marichal, quien nos decía que había remediado la situación colocando placas de hierro en las tijeras rotas en la armazón de su techumbre; que entre 1801 y 1807 había comprado tejas para su reconstrucción, así como vigas y tirantes nuevos, pagándose al maestro Antonio, carpintero, 18 pesos y 12 reales por las obras.
Y en los inventarios de cuanto tenía la ermita, anotaba el sacrificio que tuvieron que hacer al desprenderse de algunos elementos de su decoración interior. En 1832 el beneficiado de la parroquia de La Antigua, pedía al mayordomo de la ermita una serie de maderas que varios vecinos habían garantizado para la construcción del retablo de San José en la nueva iglesia parroquial.

Retablo de San Francisco Javier, en la ermita de Las Pocetas, Antigua.

Del mismo modo, en 1794, el obispo autorizaba la venta de una serie de cuadros que se encontraban “perdiendo” en la sacristía de la ermita de San Francisco Javier, preferentemente a quienes los habían donado. Dichos cuadros, 19 en total, figuraban –como decimos- en el inventario de 1776. Entre estas pinturas se mencionaban:
La Magdalena, de 2 varas,
Nuestra Señora de la Concepción, de vara y media,
San Bartolomé, de una vara,
San Agustín, de una vara,
Nuestra Señora de Candelaria, de vara y media
Santo Domingo, de vara y media,
San Francisco Javier, de vara y media,
El Prendimiento de Jesús, de vara y media,
San Marcos, de vara y media,
San Lorenzo, de una vara,
El Señor de la Humildad y Paciencia, de una vara,
San Miguel, de una vara y media,
Nuestra Señora del Carmen, de vara y media,
Santa Rosalía, también de vara y media.

De estos cuadros apenas se nos insinúan sus donantes, pero dejan clara las devociones que  los primeros vecinos de Las Pocetas profesaban a estas imágenes.

Hoy he vuelto a visitar el lugar de las Pocetas para darme cuenta que el tiempo y los acontecimientos han sido exquisitos con su templo: Se ha restaurado primorosamente y se le han devuelto sus tejas y remozado su calvario, dotándola esta vez con figuras de protección jurídica que la han elevado a la categoría de Bien de Interés Cultural catalogándola como monumento en un proceso que, iniciado en 1985, se culminaba en 2008.


[De nuestro trabajo “Noticias Históricas sobre algunas ermitas de Fuerteventura”, presentado a las primeras Jornadas de Historia de Fuerteventura y Lanzarote, 1984]