jueves, 26 de junio de 2014

La prensa majorera antes de 1936

Ayer, 25 de junio, se presentó en Puerto del Rosario el libro de Mario Ferrer “Prensa, sociedad y cultura en Lanzarote y Fuerteventura. 1852-1936”. El libro recoge parte de su tesis doctoral en la que se extendió hasta 1982, para dar entrada a la prensa de la transición política en España.
Tuve el honor de leer aquel extenso trabajo en la parte correspondiente a Fuerteventura, razón por la que me comprometió a estar presente en el acto de presentación.
Cuarenta y pico cabeceras de la prensa conejera frente a las tres majoreras, se cuestionó alguno en el debate que siguió a las palabras del autor. Se extendió, como no podía ser de otro modo, en los tres periódicos editados en Fuerteventura: uno manuscrito y confeccionado totalmente manuscrito por Marcial Manuel Velázquez Curbelo, y dos confeccionados en Puerto de Cabras pero impresos en Gran Canaria.
La pregunta sobre la disparidad en el número de cabeceras no podía tener otra respuesta: los conejeros eran muchos más activos que los promotores de Fuerteventura, porque ¿cómo se iba a sostener un periódico rodeado del casi el noventa por ciento de analfabetismo?
Pero la abundancia querrá decir peso, pero no calidad y empaque. Muchos de los medios que se publicaron el Lanzarote fueron fugaces destellos del empeño de sus promotores por hacerse oír en las islas “centrales de Canarias”, Gran Canaria y Tenerife, hacía donde iba buena parte de los periódicos.


Pero ¿y los de Fuerteventura? El primero, el manuscrito de Marcial Manuel nace Tiscamanita en 1881, un lugar que ni siquiera era capital municipal, alentado más por la inquietud intelectual de uno de los miembros de la familia Velázquez que por auténtica necesidad de hacer de vocero del sur. Como una centella, “El Eco de Tiscamanita”, que así se llamaba aquel periódico, duró muy poco.
El segundo, La Aurora, hecho Puerto de Cabras y dirigido por José Castañeyra Carballo con el respaldo intelectual de Ramón Fernández Castañeyra, personaje de muy amplia trayectoria intelectual y política; A nadie se le esconde que era un cacique; en palabras del recordado Francisco Navarro, un cacique que hizo cuanto pudo por Fuerteventura, siempre que no perjudicase sus intereses propios. Pero el periódico y sus creadores se movieron en la línea liberal del partido de Fernando León y Castillo y eso, aún hoy, parece merecer el silencio impuesto por quienes todavía siguen mirando con cristal teñido.
El autor del libro que se presentaba ayer tarde ponderó a “La Aurora” como el de mayor calidad por su diseño y contenido. Fue de los de más larga duración: se editó desde 1900 a 1906, unos 295 ejemplares y algo más de mil páginas de historia majorera.
El tercero de los periódicos de Fuerteventura que trató Mario en su obra, fue “La Voz Majorera”, y también se hizo en Puerto de Cabras, lo administraba Ángel González Brito, aunque se imprimía en Las Palmas de Gran Canaria. La corta vida de esta cabecera sitúa su nacimiento en noviembre o diciembre de 1922, si nos atenemos a la noticia que de ella dio el republicano “El Progreso”, de Santa Cruz de Tenerife; y su muerte en la primavera de 1923.
Algunos se cuestionaron la falta de contestación a las reivindicaciones de periódicos como los tratados, caso de “La Voz Majorera”, que nació para morir con los estertores de la Restauración, cuando sonaron los sables que hicieron efectiva la dictadura de Primo de Rivera y la censura impuesta a la prensa.


¿Dónde pueden consultarse estos periódicos? ¿Son conocidos por el gran público? Por más que uno busca, los escasos números de “El Eco de Tiscamanita”, del que ya diera noticia María Dolores de la Fe en la década de 1980, parecen estar en la Fundación Manuel Velázquez; los de “La Voz Majorera” sé que los conservaba Guillermo Sánchez Velázquez en su archivo: pude ver algunos que el me mostró en su casa.
La Aurora”, en cambio, ha tenido otro camino: lo donó don Ramón Castañeyra Schamann, hijo y nieto de sus promotores, al Ayuntamiento de Puerto del Rosario con su biblioteca; cuyo legado se menciona en la primera cláusula del testamento del amigo de Unamuno en Fuerteventura.
Archivos de prensa digital como los de las universidades de La Laguna y Las Palmas de Gran Canaria, apenas recogen dos años de “La Aurora”, 1900 y 1901, coincidentes con una de las carpetas en que el viejo Ramón encuadernó esta magnífica colección. Nada más. Todavía, en pleno siglo XXI tenemos que desplazarnos incluso de isla para poder consultar nuestra historia.
Y hay quien desde esta precisa atalaya cronológica se conforma con mantener la fijación por estos pocos hitos de la prensa en Fuerteventura: unos para difundirlos, otro para silenciarlo, sin convidar y animar a los nuevos estudiosos a investigar y rastrear la existencia de otras empresas periodísticas de Fuerteventura que, de seguro, las hubo.
Mirándonos el ombligo no avanzaremos y seguramente vamos en contra de la filosofía de aquellos medios que aspiraban justamente a todo lo contrario: hablar de nuestra isla, que se oyera su voz no sólo en las islas centrales de Canarias, sino en la Península y aún en el extranjero. No es extraño que algún día aparezca otra colección de “La Aurora” en otro punto de la mundial geografía y se sorprendan muchos del porqué sigue tapada en el lugar que nació.

Mi enhorabuena, una vez más, a Mario Ferrer por su trabajo, ojalá su ejemplo cunda y abra vías de investigación a futuros majoreros que, de verdad, busquen, rastreen e investiguen con la vocación difusora de este conejero.