viernes, 26 de septiembre de 2014

Puerto de Cabras en el corazón

Seguiremos paseando por el viejo Puerto de Cabras, caminando por la calle del Telégrafo, por la del Puente, la playa de las Escuevas o la playa de Los Pozos… Nos asomaremos a la Marina para percibir olores de mar antiguo, de sebas, de yodo; para sentir la espuma de las olas que baten el mentidero de la Explanada, junto al Muelle Chico y el “18 de Julio”, para escuchar el ruido que los carros y las pezuñas de sus bestias arrancan al adoquinado.


En el Paragüitas, en la Bola de Oro o en el kiosco de Antoñito nos detendremos mirando al mar, ese mar que otros prefieren otear desde la balaustrada de la Plaza de España…
Seguiremos, en fin, paseando por el viejo Puerto de Cabras, porque con el nombre perdimos o alteramos el frente marítimo de un pueblo con vocación marinera, al menos de gentes que recuerdan la vieja marina, que recuerdan los barquillos, las gabarras, las goletas, pailebotes y correillos
Que añoran el bullicio de la chiquillería en la playa del muellito, sus aventuras en botes de hojalata o en cámaras de ruedas, esquivando las vísceras que llamaban payos; sus acrobacias de improvisados saltadores desde el malecón, desde la cucaña en el día del Carmen…
Que se estregan los ojos con la humacera de la cal mezclada con los olores del ardiente carbón; con los aromas del pescaito frito y de los churros de Durante…
Que no se sorprenden con el estruendo de piedras volteadas por los camiones sobre el muelle grande, con rebuznos de las burros de algún carro que pasa…
Seguiremos escuchando los sones que se escapan del Pay-Pay, de La Sirena, del Unión Puerto o del Casino, mezclados en nuestra memoria con la música de la Banda de Municipal, seguramente aromados con la fritura de carne cochino en algún chiringuito de la fiesta…
Ya casi nadie escucha la escandalera de los bidones que, desde el muelle, rodaban los muchachos hasta la gasolinera de Don Teodomiro; las voces de Matarife ¡barreno y fuego! cuando se abrían las zanjas del saneamiento a fuego…
Casi nadie escucha ya el silencio de los cortejos que acarreaban a los difuntos hasta la iglesia o los que los llevaban desde ésta al viejo cementerio, serpenteando junto a paredes y tarajales, orillando viejos barranquillos…
Los adioses de quienes tuvieron que marchar a Villacisneros, a El Aium, a Sidi-Ifni se recuerdan en furtivos y efímeros retornos para el Carmen, para el Rosario…
Sordinas que la Historia grande de los países y naciones impusieron para atenuar el lamento: edificios de más de once pisos ¡también aquí!, faltaría más; piche para tapar viejos adoquines; ¡Legionario, Legionario…!...
Seguiremos paseando por el antiguo Puerto de Cabras; con el viejo Puerto en los corazones, echando la quiniela en el quiosco de Eugenio, yendo para el Cine Marga o caminando a Los Pozos para ver el partido Unión Puerto-Gran Tarajal, un encuentro que salpimienta la historia con viejas rivalidades…

Caminaremos, en fin, por el paseo que hoy nos lleva a Playa Blanca, aunque no sé si es el salitre que me pica en los ojos, el murmullo de las olas, o el pregón de El Colorao el que me reaviva esta ristra de pensamientos, de sentimientos que me arrancan un hondo suspiro del alma, un lugar donde aún el Puerto sigue siendo de Cabras.