sábado, 13 de diciembre de 2014

Acerca del hambre que se pasó en Fuerteventura en 1936-38

Aquel fue un año agrícola en que no llovió, la gente pasó hambre y la generosidad del resto de las islas, especialmente grancanarias y, en menor medida, tinerfeñas dicen que se desvivió por socorrer los gritos de auxilio de los majoreros… Como, salvando las distancias, lo hicieron en 1683 los náufragos de “El Griego” en Punta de Jandía.
Bueno. Que no lloviera resulta un hecho fortuito y, aunque atribuido a ciclos de un clima semidesértico, en una tierra en que la mayor parte de la población se dedica a la agricultura y a la ganadería, eso causaba estragos y las familias se disgregaban en busca de sustento.

Campesino majorero en Güimar, Tenerife.

Pero no es algo privativo ni específico de 1937 ni de la época de la II República. No, el majorero siempre tuvo preparada la maleta –por decir algo- y a poco que apretase la sequía vendía la mayor parte de su ganado de labor, hipotecaba su terruño y con algunas cabritas se marchaba a Tenerife, a Gran Canaria e incluso a Lanzarote, pero no para que le dieran de comer sino para trabajar, asentándose en La Isleta, en el barranquillo de don Zoilo, en el Barrio de La Salud o en Güimar…
Y cuando las cosas mejoraban volvía y con las tres perras que pudo hacerse en otras islas levantaba la hipoteca que le tenía trincada el cacique más cercano…
Otros, más aventureros, se metieron en renqueantes veleros y se lanzaron en pos de las tierras que sus antepasados habían ido a buscar al otro lado del Atlántico cuando, de verdad, el hambre asfixiaba; y aún así, tampoco rompieron los lazos con su terruño.
Lo que pasó en 1937 es algo mucho más complejo, creo yo. Para empezar, no pongo en dudas que el pueblo pasaba hambre, aunque estuviera lejos del teatro de operaciones militares; cualquier país en guerra la pasa y la Historia pasada y presente nos lo recuerda.
El apoyo decidido a uno de los bandos en contienda situó a las élites majoreras en un lado que no ofrece dudas: ocuparon cargos preeminentes de la administración (ayuntamientos convertidos en oficinas de reclutamiento…) junto a los militares y acabaron asumiendo la representación alzada en la isla y, por consiguiente, promoviendo campañas pro-combatientes, pro-mutilados y mesas petitorias para la compra de algún avión con destino al bando nacional. La prensa de la época está llena de las listas de donantes de oro y metálico no sólo en Puerto de Cabras, sino en toda la isla. ¿De qué hambre hablamos?
En una sociedad que basaba mayoritariamente su economía en la agricultura, la falta de lluvia, naturalmente les privó de óptimas cosechas y aquellas familias numerosas, cargadas de hijos y por tanto de peones para la tierra y aún para emplearse en el comercio, se vieron privadas de los varones que fueron movilizados en la Guerra Civil; una pérdida tanto o más importante que la ocasionada por la lluvia: la falta de mano de obra en el campo.
¿En qué situación quedaban las mujeres y las hijas de los majoreros movilizados? Pues al servicio doméstico unas, al tomate en el tablero de Maspalomas otras pues aquí podemos decir que el agro majorero andaba algo descapitalizado; y muchas con los pasajes de la Beneficencia a los Puertos de Gran Canaria y de Tenerife, que para algo servían los padrones municipales de beneficencia que el cabildo insular exigía actualizar anualmente.
Esta es, en fin, otra de las múltiples aristas de la situación social y económica de Fuerteventura en la que anidó la “hambruna” aireada en la prensa de 1937.